Era el primer día de verano, tenía muchas ilusiones de pasarlo de maravilla junto a Lukas, cuando llegara de Alemania. El calor veraniego en Madrid ya comenzaba a broncear mi piel, con una sutileza que atraía los ojos de más de un transeúnte, a Lukas le fascinaba verme más morena de lo habitual, y estaba muy contenta con eso. Ya iban a dar las ocho de la noche y aguardaba por él, en la misma heladería de siempre. En nuestra mesa favorita, la que daba a la vereda, ahí me relajada viendo a las personas pasar de largo, que en un insistente vaivén, iban chocando o rozándose con otros, debía ser por la hora, o por el calor, lo que los ponía irritables, e intolerantes con los demás, mientras que yo, que me sentía congelada en el tiempo y espacio no era más que una testigo que lo admiraba todo

