Se levantó de la cama y se puso la chaqueta de cachemira. Era invierno y su madre estaba siendo muy frugal con la calefacción. Dejemos que el sol haga su trabajo, decía. ¿Qué sol? Aunque se dejara ver, no llegaría a la ventana de su habitación hasta la tarde. Sin encender la luz, cogió el portátil del pequeño escritorio que había junto a la ventana y se sentó de nuevo en la cama. Harriet insistía en que guardara "el maldito cacharro" en su habitación, pues su aversión por todo lo tecnológico rayaba en la histeria. Ni siquiera tenía una batidora. Los móviles, los ordenadores, de hecho todo lo electrónico, por no hablar de lo digital, era anatema para su modo de vida preferido, que Ginny situaba en algún lugar de la Edad Media. Había tenido que comprar a escondidas una llave de prepago cuan

