Año 2021 d.C., 22 d.G. Territorio de Swihaniz, Düster
Llegar a casa siempre era una mierda… Ver a su «perfecta familia», a su «adorado padre». ¿Por cuánto tiempo más tendría que seguir haciendo esto?, ¿por qué debía regresar a este lugar?
Ah… era un simple desgraciado, ¿qué otras opciones le quedaban?
Sylor apretó los dientes, y sus colmillos superiores, más largos de lo normal, chocaron con los inferiores, y el golpeteo se extendió en su mente como el galope de un caballo descarriado. Pasó los dedos de la diestra entre sus rojizos, brillantes y largos cabellos, y apretó los de los pies dentro de los zapatos al bajar del auto con una gracia que detestaba.
Era de noche, tal vez las once pasadas, y la casa familiar de los Bernadotte lucía tan imponente como siempre. Era una gran mansión de anchas dimensiones y tres plantas, de brillante estuco blanco y techos oscuros. Un camino de piedras atravesaba el jardín frontal, con un impecable césped artificial, pues su padre jamás pagaría para que alguien arreglara esa nimiedad inútil para una criatura de la noche.
Él atravesó ese camino con firmeza y llegó hasta la entrada, donde una puerta de hierro n***o y vidrio lo recibió. Esta se abrió apenas un segundo después, y un paliducho varón de cabellera entrecana y traje de tres piezas le hizo una pronunciada reverencia.
—Señora Sylor, es un placer volver a verla en casa —saludó con voz señorial y profunda.
«Señora». La simple mención de esa palabra hacia él lo hizo arrugar el cejo con profundidad. Jamás dejaba de molestarle que se refirieran a él de esa forma, pero no podía quejarse. En cambio, relajó su expresión al instante, cuidadoso de que ese hombre frente a él no se diese cuenta de sus pensamientos, o lo volvería todo peor.
—Damon, también es bueno verte —respondió muy casual, su voz era muy neutra, lo que favorecía que todo aquel acto pudiese seguir ejecutándose—, ¿está mi padre en casa esta noche?
—Oh… lo está, señora Sylor. Espera por usted en la sala de juegos.
—Ya veo… —Asintió él y se adentró.
Detrás, el chofer cargó con su maleta y la llevó hasta su habitación designada.
«Ah… cómo me arrepentiré de esto», se quejó para sus adentros y recorrió la casa hasta el final.
La decoración no era mucha, pues su padre era un tipo egoísta, y su madre ya no vivía aquí desde el final de la guerra. Esta casa tampoco servía para mucho… a su entender, solo apariencias.
Al repasar los derredores con sus sentidos vampíricos, se dio cuenta de que ninguno de sus hermanos se hallaba en el lugar. Además del servicio, solo se encontraban él y su padre. No podía decir que eso era bueno.
Vestía ropa no muy ceñida al cuerpo, ya que no lo tenía permitido y, a pesar de que él era un hombre en toda regla, usaba prendas de mujer: pantalones altos y anchos azul marino, una camisa de mangas largas con estampado abstracto y escote pronunciado, y zapatos de punta con unos tacones de aguja que lo estaban matando.
Al llegar casi al final de la estancia de la planta baja, de pisos de madera oscura, encontró una puerta negra. Alzó la mano para tocar, pero una voz desde dentro lo detuvo: «Entra».
Dudó por dos segundos, en los que el temor se le regó por dentro, pero llevó la mano a la manija y la giró, abrió, y encontró a su padre jugando con un mazo de cartas de póker en la mesa. Se encontraba solo, lo que no era de extrañar.
—Padre, he llegado —murmuró Sylor, y se detuvo a un costado de la puerta.
Emyr Bernadotte, varón pelinegro y de facciones angulosas, miró a su hijo con desprecio apenas este apareció, y su ceño se frunció.
—¡Y bien que te dignas! —exclamó el mayor. Su voz áspera inundó el cuarto.
Sylor cerró la puerta y permaneció erguido, tan quieto como pudo.
—Estuve ejecutando tu última orden, padre —dijo con serenidad.
—¡¿Mi última orden?! ¡No pudiste matar al desgraciado, ¿crees que eso es obedecer, Sylor?!
—Llegué a un acuerdo beneficioso con él, padre, ¿no es eso suficiente? —La voz monótona del vástago resonó con calma.
—¡No te pedí que dialogaras, te pedí que lo mataras, j***r! —Emyr soltó las cartas y golpeó la mesa con ambas palmas, lo que hizo retumbar el suelo.
Sylor tragó con dureza y apretó los dientes. Las piernas se le enfriaron más de lo normal, y sintió un raro cosquilleo en sus pies.
Su padre le había ordenado matar a un hombre, un humano que regía como patriarca en las propiedades que la familia poseía en una antigua dependencia de la Corona Inglesa, que ahora les pertenecía. Él esperaba que lo asesinara, y que eso acabara con el movimiento humano en la zona… tal vez matarlos a todos, y hacerlo pasar por una pequeña guerra civil.
Pero… Sylor no era de ese tipo de personas, no podía solo ir y matar.
Y sí, se refería a sí mismo como una «persona».
—Obtuve el mejor resultado para ambos, padre —declaró sin sonar demasiado duro, pero con firmeza.
Su progenitor frunció el ceño y gruñó:
—¡Ya no sé ni para qué mierda te mando a hacer algo, si eres una maldita porquería! —Pasó la vista por los alrededores—. ¡Vas a tener que pagar por esto, tenlo seguro! —bramó molesto.
Sylor pensó que, si él fuese un humano que respirase, y cuya sangre circulara a libertad por sus venas, de seguro las tendría todas marcadas en sus sienes y cuello.
Por otro lado, lo sabía, sobre el castigo.
—Vine preparado para eso, padre —manifestó con calma, manteniendo su máscara de serenidad.
Una maliciosa sonrisa pintó los labios de Emyr, que se levantó de su silla.
—Bien. Quítate la ropa y ven aquí, maldita puta.
Los dedos de Sylor se apretaron con fuerza dentro de sus zapatos, y un calosfrío subió hasta sus rodillas.
Estaba preparado para ser castigado, siempre era así, pero eso no significaba que le agradara.o no significaba que le agradara.