JULIA —Será mejor que te vayas. No tenía que permitir que me hiciera las cosas más difíciles. Con toda la fuerza de mi corazón había tomado una difícil decisión que esperaba, él aceptara. Esa mirada suplicante me rogó que le escuchara pero no tenía el valor de hacerlo, pues temía que ceder. —Sabes que puedo obligarte a que te quedes. —¿Y sabes que provocarías con ello? —Estaría dispuesto a correr el riesgo. Negué. —Estás cansado, también lo estoy y como no tienes ni idea y es por esa razón que no queda mucho que decir entre ambos. ¿Para qué quedarme si nuestra vida no deja de ser un simple infierno?—pregunté en voz baja recordando todas las discusiones, todos los malos ratos y cada lágrima que derramé. Bajó la mirada y suspiró. Creí que se iría, pero llamó a la esclava con

