Capítulo 1: Elena, parte 1

1154 Words
El gimnasio se sentía como una catedral profana a esa hora de la noche. Eran las diez y cuarto, y el silencio solo era interrumpido por el zumbido eléctrico de las luces de emergencia, que bañaban las máquinas de musculación con un tono ámbar sucio y mortecino, creando sombras alargadas que parecían cobrar vida propia. El aire estaba saturado, denso, cargado con ese aroma inconfundible y punzante de las pesas de hierro oxidado mezclado con la humedad salada de mi propio cuerpo en movimiento. Me miré en el espejo de pared completa mientras intentaba concentrarme en la última serie de sentadillas profundas, pero mi reflejo me devolvía la imagen de una mujer que apenas reconocía. Mis mallas negras, ajustadas hasta la asfixia, estaban empapadas de un sudor frío que las hacía brillar bajo la luz mortecina, marcando con una precisión obscena e involuntaria la hendidura de mi sexo. Podía sentirlo latir, un pulso rítmico y urgente que parecía responder al esfuerzo físico de mis muslos. Eran gruesos, blancos y poderosos, pero ahora temblaban bajo el peso de la barra, una vibración que nacía en mis fibras musculares y terminaba en mis entrañas. Mis nalgas, pesadas y redondas, se sentían desbordantes bajo la presión de la licra húmeda, moviéndose con cada flexión en una danza que, aunque yo intentaba mantener profesional, se sentía cargada de una lascivia latente. —Baja más esa pelvis, Elena. No tengas miedo del peso. Quiero que sientas cómo se abre tu cadera, cómo se rinde tu cuerpo ante la gravedad —la voz de Marko llegó desde mis espaldas, rompiendo el silencio como un latigazo. Era una voz cargada de una vibración animal, profunda y dominante, una frecuencia que no solo llegaba a mis oídos, sino que hacía vibrar mi útero con una intensidad que me hizo perder el equilibrio por un segundo. Marko no era como los otros instructores; había algo en su presencia, una seguridad brutal, que me hacía sentir pequeña a pesar de mi estatura y mi carácter fuerte. Sentí sus manos, desproporcionadamente grandes y callosas, apoyarse con una autoridad incuestionable en mis caderas anchas para corregir mi postura. Sus dedos se hundieron en mi carne blanda, apretando con una fuerza que me arrancó un gemido involuntario, una mezcla de dolor sordo y un placer incipiente que me quemó la piel a través de la ropa. El miedo fue mi primera reacción. Un miedo instintivo, ancestral, la alarma interna de una mujer que sabe que está cruzando una línea sin retorno. Yo era una mujer casada, una esposa devota de quince años, y el simple hecho de que el contacto de otro hombre me provocara ese escalofrío me hacía sentir como una traidora. Pero tras el miedo, llegó la duda. Una duda insidiosa que me preguntaba cuándo había sido la última vez que Ricardo me había tocado con esa urgencia, con esa falta de respeto tan necesaria. Su cuerpo era un muro de calor seco y abrasador justo detrás del mío, una presencia que anulaba el resto del mundo. Podía sentir su erección, dura como el acero de las barras olímpicas que nos rodeaban, presionando sin ninguna sutileza justo en la rabadilla de mi espalda, buscando mi calor a través de las mallas. —Sé que estás chorreando, Elena. Puedo oler tu deseo desde aquí, se mezcla con tu sudor y me dice exactamente lo que estás pensando —susurró muy cerca de mi oído, tanto que pude sentir el roce de sus labios calientes y la aspereza de su barba incipiente contra mi lóbulo. Me quedé paralizada, con la barra sobre los hombros, incapaz de moverme. El deseo desbordante empezó a ganar la batalla contra mi moralidad. Veía mi reflejo en el espejo: mis ojos estaban dilatados, mis mejillas encendidas por un rubor que no era solo por el ejercicio. Veía cómo mis piernas temblaban, no por el peso del hierro, sino por la expectativa de lo que Marko pudiera hacerme. Me sentía observada de una manera que me desnudaba el alma. —Te mueres porque este joven te destroce —continuó él, con una voz que era puro veneno y miel—, porque te trate como la perra que escondes bajo esa ropa cara y esa vida perfecta, ¿verdad? Veo cómo se te ponen duros los pezones cada vez que me acerco a corregirte el peso. Estás gritando por dentro que te tome aquí mismo, en este suelo sucio. Me giré con torpeza, dejando la barra en el soporte con un estruendo metálico que resonó en todo el gimnasio vacío. Estaba jadeando, con el pecho subiendo y bajando violentamente bajo el top deportivo blanco, que se había vuelto casi transparente por el sudor, revelando la silueta oscura de mis areolas y la dureza de mis pezones, que se marcaban como diamantes afilados. La incomodidad de sentirme deseada por él era un fuego que me consumía; me sentía expuesta, vulnerable y asquerosamente excitada. —Soy una mujer casada, Marko... mi marido me espera en casa para cenar —balbuceé, una excusa débil, una última línea de defensa que se disolvía en el aire como humo. Mis manos, traicioneras y con voluntad propia, ya buscaban el relieve rocoso de sus abdominales bajo la camiseta empapada, necesitando tocar la realidad de ese hombre que me estaba rompiendo la vida con solo hablarme. —Tu marido no tiene ni idea de qué hacer con toda esta carne desatada, Elena —respondió él, dando un paso más hacia mi espacio personal, obligándome a retroceder hasta que mi espalda chocó contra la estructura de hierro de la máquina de sentadillas—. Ricardo te ve como una propiedad, como un mueble más de su casa. Yo te veo como una bestia que necesita ser domada. Si quieres ser una buena esposa, vete ahora mismo. Cruza esa puerta y olvida que existo. Hizo una pausa, dejando que el silencio y la tensión s****l se volvieran insoportables. Su mirada recorría mi cuerpo con una lascivia que me hacía sentir que me estaba tocando físicamente. —Pero si quieres sentir lo que es un hombre de verdad, si quieres que te llenen de la forma en que tu cuerpo clama a gritos, quédate aquí. Quédate y deja de mentirte. Abre las piernas para mí y deja que te enseñe lo que es el verdadero placer, ese que duele y te hace olvidar hasta tu propio nombre. Me quedé allí, atrapada entre el hierro y su cuerpo, sintiendo cómo mi cordura se evaporaba. El miedo se había transformado en una sumisión absoluta, la duda en una certeza oscura. Quería que me tomara, quería que me humillara, quería ser suya en ese momento sin importar las consecuencias. Mi respiración era corta y errática, y mi sexo, empapado y palpitante, ya había tomado la decisión por mí. Me sentía como una mujersuela, sí, pero por primera vez en quince años, me sentía una mujer viva.
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