La habitación del hotel en Guadalajara estaba sumida en una penumbra espesa, rota únicamente por el haz de luz amarillento y quirúrgico de la pequeña lámpara de lectura sobre el escritorio. Era la una de la mañana y Gustavo estaba sentado con la espalda recta, revisando las planillas de puntajes de las otras competidoras. Pero las cifras bailaban ante sus ojos sin sentido. Sus oídos, entrenados para detectar la más mínima irregularidad en la respiración de sus atletas, estaban enfocados en una sola cosa: el sonido de las sábanas revolviéndose en la cama situada a tres metros de él. Vero no dormía. Lo sabía porque el ritmo de su respiración era demasiado errático, demasiado consciente. Desde su posición, el Coach podía ver la silueta de su pupila recortada contra la tenue claridad que se

