El eco de los pasos de Marko se alejó hacia la entrada, un sonido rítmico que marcaba el fin de su papel como "entrenador" y el inicio de algo mucho más oscuro. Elena, tirada en el suelo frío del gimnasio, escuchó el sonido metálico de la cerradura al girar. El "clac" final retumbó en las paredes vacías como una sentencia de aislamiento absoluto. Estaba encerrada. Sola con él en un santuario de hierro que ahora se sentía como una jaula. Sus músculos seguían convulsionando bajo la piel, un baile involuntario de fibras agotadas; el sudor se enfriaba sobre su cuerpo, mezclándose con las lágrimas que le corrían por las mejillas, producto de la pura extenuación y de una excitación química que la hacía sentir sucia, degradada y más viva que nunca. Marko regresó de la puerta con una parsimonia d

