El sol del sábado por la mañana bañaba la terraza del restaurante con una luz engañosamente pura, de esa que parece prometer comienzos honestos y tardes tranquilas. Marko, sentado en una mesa apartada del bullicio y protegida por una sombrilla de lona gruesa, observaba el ir y venir de la gente con la mirada gélida de quien estudia un tablero de ajedrez en un torneo de alta tensión. No había ni rastro del entrenador entusiasta, el "coach" motivador y el protector empático que Elena creía haber conocido entre el sudor y las máquinas de pesas. En su lugar, allí sentado, se encontraba un hombre cuya mandíbula firme y ojos de acero reflejaban una ambición calculadora, una sed de ascenso social que no se saciaba con simples rutinas de gimnasio ni con el reconocimiento vacío de sus pares. Para

