Amanda cruzó el umbral de la terraza con la ligereza de quien ha pasado años cargando un peso invisible y, de repente, se encuentra flotando. A sus cincuenta y un años, poseía esa clase de belleza que no se compra en clínicas de estética, sino que se cultiva con una genética privilegiada y una disciplina silenciosa. Era alta, de una delgadez aristocrática que recordaba a las modelos de pasarela de los años noventa; sus curvas eran sutiles, casi inexistentes, pero su elegancia natural llenaba cualquier espacio. El palazzo de color arena que vestía fluía con cada uno de sus pasos, ocultando y revelando rítmicamente la longitud de sus piernas, mientras que las sandalias de tacón alto le daban un aire de autoridad que contrastaba con la timidez de su mirada. A diferencia de la mayoría de las

