El silencio que siguió a la tormenta era denso, cargado del olor a sexo, sudor y fluidos que se enfriaban sobre la piel. Amanda seguía allí, de rodillas sobre la alfombra, con la cabeza gacha y el cabello pegado a la cara por el sudor. Era una visión de derrota absoluta: su rostro, sus pechos y sus hombros estaban salpicados por la espesa y blanca huella de la victoria de Marko. El semen de él goteaba lentamente, recorriendo las curvas de su cuerpo como un recordatorio viscoso de quién poseía a quién. Ella temblaba, no de frío, sino por la sobrecarga sensorial que aún hacía que sus músculos sufrieran espasmos involuntarios. Marko, por el contrario, estaba de pie frente a ella, una estatua de bronce bañada en una fina capa de sudor que hacía brillar sus hombros anchos bajo la luz de la lun

