El reloj marcaba las siete de la tarde cuando Alberto introdujo la llave en la cerradura. El silencio habitual de la casa estaba impregnado esta vez de una fragancia familiar pero excitante: el perfume de Carla, una mezcla de sándalo y jazmín que siempre anunciaba una noche de intenciones claras. Al entrar, la encontró en la cocina. Como siempre, no llevaba ropa de casa; lucía un vestido corto color esmeralda que se deslizaba por sus curvas como agua, sujeto solo por unos tirantes finísimos que nacían de sus hombros perfectamente esculpidos. —Bienvenido a casa, amor —dijo ella, dándole un beso que sabía a vino tinto y a promesa. Durante la cena, el tema de Lucía no tardó en surgir. Alberto, todavía procesando la electricidad de la oficina, le relató paso a paso el encuentro. Le contó cóm

