El teléfono de Pablo parecía arder entre sus manos, emitiendo una luz azulada que iluminaba su rostro sudoroso en la oscuridad de la habitación. La Coach Verónica, su entrenadora de básquetbol, la mujer que personificaba la disciplina, el rigor y la autoridad moral en su vida, acababa de cuestionar la veracidad de la imagen. La duda de ella, cargada de una suspicacia que ya no sonaba a enojo justiciero sino a una curiosidad oscura y punzante, golpeó el orgullo juvenil de Pablo de una manera visceral. No era solo el miedo a ser descubierto; era la necesidad de demostrar que su virilidad era real, que el "pequeño" Pablo había quedado atrás para dar paso a un semental. —"No es ninguna foto de internet, Coach" —tecleó Pablo con los dedos aún temblorosos por la descarga de adrenalina—. "No es

