Ana Paula tenía diecisiete años, cuando su corazón se descontroló por la mirada dulce de Martín Lisboa, un niño rico de la Universidad Católica del Perú. Pese a que no asistía a dicha institución, el destino quiso unir sus caminos, haciéndolos vivir un amor tan intenso como prohibido.
La inocente Ana vivió a lo grande su primer amor, hasta que su padre, Francisco Romero, los descubrió y le prohibió volverlo a ver. Para ese entonces no fue difícil que se olvidara de Marín Lisboa, pues el acaudalado millonario había viajado a España para estudiar.
Pasarían seis años y las dificultades económicas obligaron a Ana Paula a buscar un empleo más estable que vender desayunos de forma ambulatoria junto a su abuela. Su hermano Héctor y su esposa, trabajan desde hace algunos años en una mansión en el centro de la capital, ellos recomendaron a Ana para el puesto de sirvienta que buscaban.
Cuando es recibida con amabilidad por sus nuevos patrones, descubre que son los padres de Martín y que el destino se encargaba de mantenerla cerca de su verdadero amor.
Por algunos meses, Ana manejo muy bien ese secreto, hasta que Martín regresó al país y entonces su nerviosismo la delató, tuvo que confiarle la verdad a su hermano.
Héctor conocía muy bien el romance que vivió con un millonario. Ahora al saber quién era, la persuadió para dejar el trabajo lo antes posible. Sin embargo, Ana le metió para mantenerse en su puesto, pues en verdad su familia necesitaba de ese sueldo. Aunque lo hacía más por la tentación de lo prohibido.
—Ya no lo amo ¡Mírame, hermano! No me quites el empleo solo porque él ha regresado. —suplica Ana.
—No quiero que crea que puede seguir pretendiéndote y que tu debilidad por ese sentimiento de ayer pueda ponernos en peligro. Conoces a sus padres, ellos jamás te aceptarían, ni siquiera estando soltero tú podrías aspirar a estar con él. No quiero que te lastimen.
—¿Acaso crees que aún estoy interesado en sus palabras faltas? ¡Por favor, Héctor! Ya tiene un hijo, es un hombre comprometido. ¿Crees que sea capaz de remover el pasado teniendo a su esposa en casa?
—Tú no conoces a los hombres. Los millonarios como él no se conforman únicamente con su esposa, ¡no seas ingenua!
—No te meteré en problemas hermano, lo juro. Podre manejarlo. —Se oye muy convencida.
Héctor no pudo decir que no a esa mirada tierna y la dejo continuar en esa casa, a cambio de ser vigilada por él o su esposa. Por algunas semanas Ana manejo muy bien ese aspecto, hasta que su amor fue inevitable y la tragedia tiño de rojo su destino. Unas semanas después la familia salió a una reunión, aparentemente todos se habían ido, pero no fue así, Martín regresó a los cinco minutos. Ana se había quedado sola en la cocina sin la supervisión, fregaba unos paltos cuando Martin aparece por detrás y la sujeta por la cintura.
—Necesitamos hablar —le susurra al oído.
Ana se estremece y lo aparta de inmediato.
—No te vayas—La toma del brazo para evitar que se aleje.
—¡Por favor! Suélteme —Suplica ella.
—Dame un minuto —. Insiste él sin soltar su brazo.
—No es correcto, señor. Usted…
—¿Hasta cuándo dejarás de tratarme como a un desconocido?
—Ahora somos dos extraños. —Aparta su brazo. —Y le suplico que no me ponga en estas situaciones incómodas. Necesito el trabajo.
—¡Está bien! ¡Tú ganas! —Se aleja un poco —Solo quiero saber, si en verdad me olvidaste.
— ¿Usted qué cree? Que me quedaría toda la vida esperando algo que jamás llegaría. Lo nuestro fue nada más que una ilusión, un sueño, nunca tuvo futuro y lo sabía de sobra, una mujer como yo nunca podría aspirar a un puesto tan alto como ser la señora Lisboa.
Martín la toma por la cintura y corta sus palabras con un beso inesperado que Ana Paula no puede frenar. Su corazón lo deseaba, se desvaneció entre el calor de su cuerpo, volvió a sentirse parte de su alma, mientras saboreaba esos labios dulces que la llevaban al mismo cielo.
Podría engañar al mundo entero, pero jamás a su corazón, lo seguía amando, ¿Y cómo no hacerlo? Si ha sido el único amor en su vida. Sin embargo, ahora ninguno de los dos tenía la libertad para mirarse, ella por la oposición de su familia y él, por estar casado con Manuela, con quien ya tenía un hijo de apenas tres meses de nacido. Más, ninguno había olvidado aquellos años de amor intenso vividos. Después de todo solo han sido seis años separados, recordándose y muriendo por dentro mientras fingían ser atrapados por el olvido.
—¡No! —Dice ella apartándolo, sintiendo que muere su corazón—No me arrastres a esta locura. ¡Por favor! ¡No! —Suplica entre susurros.
—Te sigo amando Ana, eres mi único amor, lo sabes. —Vuelve acercarse a sus labios temblorosos y a robarse el néctar de la vida entre esos besos de fuego que van devorando sus almas.
Saben que no deben cruzar la línea del pecado, pero ese amor inmenso que aún no olvidan, los lleva a recordar esas horas de pasión.
Viéndose solos en el mundo, Martín la lleva a su recámara se siente libre y ella se deja llevar sabiendo que podría cometer el peor error de toda su vida. A pesar de que nada importa cuando se ama de verdad.
Se entregaron al amor que sentían sin remordimiento.
—Te amo— Vuelve a repetirle Martín mirándola a los ojos.
—Sé que me arrepentiré de esto.
—No lo harás— le sonríe.
—Tienes esposa, estás siendo infiel y yo, convirtiéndome en tu amante.
—Me divorciaré de Manuela.
—Esa es la peor mentira que te he escuchado decir.
—No es mentira, ya estoy tramitando los papeles, no la amo, no quiero lastimarla más. Los dos nos estamos haciendo daño con esta farsa de matrimonio.
—Tu padre no dejará que te divorcies para estar con una campesina como yo.
—No soy un niño a quien pueda manipular.
—¿Y todos estos años, que ha pasado? ¿A dónde quedó tu voluntad?
—Cedí porque creí que no me amabas. Ahora que tengo una razón para luchar, no voy a desaprovecharla.
—Quisiera creer que puede ser posible.
—Lo será amor.
Más, esa noche no era como aquellos días de luna, cuando dejándose llevar por el deseo se fundían en una sola sombra, sin temor a ese peligro que los asechaba. Hoy ese demonio tenía nombre; Manuela, ella sabía de las intenciones de Martín por Ana y sospechaba de sus intenciones de abandono. Había luchado tanto para conseguir ser su esposa, que no pretendía dejar de serlo, únicamente por una empleada.
Esa noche era fría y la luna oculta tras las nubes anunciaba el final de ese romance prohibido.
Ellos seguían en la cama cuando la puerta de su habitación se abre y los padres de Martín y la misma Manuela con su hijo en brazos entraban y a la alcoba. Los amantes se sobresaltan, pero no había nada que defender, Manuela se hizo la víctima, lloro y culpo a Ana de su posible separación.
—No puedo creer que hayas llegado tan bajo—. Expresa la madre de Federico llena de indignación —Cómo se te ocurre meter a tu cama a esta mujer y lastimará a tu esposa.
—¡Basta mamá! Esto no es lo que aparece— dice Martín intentando arreglar la escena.
—¿Qué quieres hacernos creer? —Grita Manuela— Si acabas de engañarme con esta arribista, bajo el mismo techo que nuestro hijo y de tus padres —deja correr sus lágrimas— eres un…
—¡Cálmate hija! — le manifiesta Augusto Lisboa a su nuera —déjame arreglar esta situación.
La pesadilla de Ana Paula se hizo realidad cambiando el destino de toda su familia. Fue echada de la mansión Lisboa, desnuda, junto a su hermano Héctor y su esposa Margarita. Y como si esto fuera poco, Manuela se encargaría de hacerle vivir un verdadero infierno.
El acoso de Manuela y los Lisboa no tendrían fin hasta saber que Ana y su familia estuviesen extintas.
Unos meses después, los padres de Ana fueron asesinados en su puesto de trabajo en el mercado, cuando sufrieron un robo. Nunca dieron con los asaltantes, misteriosamente, nadie fue testigo del hecho, nadie vio nada como para llamar a una ambulancia y salvarles la vida.
Para Héctor, las cosas estaban claras, eran los Lisboa y esa arpía de Manuela. Pues sus palabras aún resonaban en su cabeza haciéndola culpable.
“No descansaré hasta hacerles pagar por cada una de las lágrimas que hoy he derramado. A donde vayan, no tendrán paz, porque lo que han hecho conmigo, no tiene perdón”
Quizás tenía razón, fue su maldición la que los persiguió desde entonces, o su venganza por sentirse humillada ante el hombre que juró amarla.
Más los días negros de la familia Romero apenas empezaban, días después de enterrar a sus padres, los abuelos de Ana también murieron.
Sin embargo, lo peor llega cuando Ana descubre que está embrazada. Héctor estaba muy deprimido, se sentía muy culpable por la muerte de sus padres que, al saber del embarazo, discute acaloradamente con su hermana persuadiéndola a abortar.
—¡No te das cuenta de que ese niño será nuestra perdición! —Grita Héctor.
—Es mío —llora Ana—. No puedes quitármelo.
—¡Carajo! ¡No seas terca! Cuando se enteren de que estás esperando un hijo del millonario, te matarán como lo hicieron con nuestros padres y los abuelos —Llora dejándose caer de rodillas. Intentando convencer a su hermana de desistir en su decisión de tenerlo.
—No me pidas que mate al fruto de un gran amor —dice ella —. Es un crimen.
—Crimen será vivir escondiéndote toda la vida, en cuanto lo sepa esa mujer, te matará para que tu hijo no herede nada, es un bastardo ¡recuérdalo!
—No me convertiré en asesina. No Puedo, no me obligues hacer lo que no quiero —Se aferra a ese fruto de su amor, sin medir las consecuencias de su terquedad.
—Entonces, vete, si vas a tener ese bebé no quiero que estés en esta casa.
—¿Me echarás a la calle hermano?
—Sí, no cuidaré del hijo de un asesino.
— Entiendo el dolor que vives, yo también lo siento, pero debes aceptar mi decisión, Martin no es como ellos y no nos consta que sean unos asesinos—Camina a la salida.
—¡Ana! Si das un paso más te juro que me olvido que existes — le grita Héctor, con el corazón haciéndose pedazos.
—Has lo que creas correcto, hermano. —Abre la puerta. —Cuídate mucho.
Nada pudo hacer para detenerla. Sin embargo, siendo su única hermana y estando en peligro de muerte, se mantuvo cerca de sus necesidades sin que ella lo supiera, después de todo tenía que seguir fingiendo esa dura indiferencia por su mala elección.
¡Si! Una pésima decisión que marcaría el fatídico destino de su hija. Pues, Manuela al enterarse de su embarazó lo único que quería era matarla. Y tras varios meses de búsqueda, la encontró.
Entonces Ana Paula, como último recurso le confiesa que sabe su secreto y si no la deja tranquila, le contará todo a Martín. Sin embargo, sería su palabra contra la suya y tenía todas las de perder.
—¡Maldita perra! ¿Piensas que puedes hacerlo? ¿Tienes alguna prueba? Por si se te olvida, tu palabra de zorrita no tiene valor alguno. Aquí yo soy la ama y señora, tú la mugrienta lavaplatos con quien el estúpido de mi marido se divirtió una noche —le dice Manuela.
—Martín me ama y aunque te duela aceptarlo, tú con tus millones nunca lograste hacer que te amé y te embarace —Le grita Ana Paula.
Manuela la abofeteó con toda su fuerza que la hizo caer al piso, se encontraba fuera de sí. La tomó por los cabellos y la arrastró unos metros, hasta que, para defenderla, apareció Margarita, esposa de su hermano Héctor. No obstante, eso no la detuvo, la señora de sociedad podía con las dos, sin importar despeinarse y romperse las uñas, las atacó con todo hasta que Ana le mordió la mano para poder escapar.
No pudieron ir lejos, ya que, tras recibir los golpes, Ana empezó a sentir fuertes contracciones, ya estaba en los últimos meses de embarazo. Manuela sin embargo estaba dispuesta a terminar con la amante y ese pequeño bastardo que llevaba en su vientre. Las sigue en su auto y las embiste, siendo Margarita la que recibiera el mayor impacto al tratar de proteger a Ana, sin embargo, eso no fue suficiente para evitar que ella sufriera el mismo destino.
El lugar en el que estaban era usado de basurero, la caída sobre el desmonte regado fue mortal para ambas mujeres. Un pedazo de fierro atravesó el vientre de Ana.
Cuando los vecinos se percataron de lo sucedido fue tarde, Margarita había muerto antes de que Héctor llegara al sitio de los hechos.
—¡Ana! ¡Por Dios santo! ¿Quién lo hizo? —interroga su hermano sintiendo tanto dolor en el corazón.
—Manuela nos atacó… —susurra con sus últimas fuerzas —No dejes que ellos sepan de mi bebé.
—No hables.
—¡Promételo!, ¡promételo! No dejarás que ellos la encuentren.
—Ana… —Mira su vientre herido y deja correr sus lágrimas, quizás esa bebé nunca viviría.
—Si vive, la protegerás de ellos —tira del cuello de su polo para obligarlo a mirarla — Promételo… Martin, él
—Lo juro, ya no hables, la ambulancia ya acude.
—Martin, él no… —intentaba decir que él era bueno que Manuela era la bruja de su cuento de amor, peor perdió el conocimiento.
—No dejaré que ningún Lisboa se le acerque, lo juro herma.
Ana llegó casi muerta al hospital, donde solo lograron salvar a su niña.
Mientras tanto en otro punto de la capital, Manuela también moría en sala de emergencia. Se había estrellado contra un poste, al perder el control de su vehículo intentando huir de su crimen.
Y es así que Leonela, logra a ocupar el lugar de Manuela dos años después, al casarse con el afligido viudo. Cree tenerlo todo para apoderarse del imperio Lisboa, pero ignora la existencia de la verdadera hija de Martín, la única que puede frustrar todo su malévolo plan.