Cling… cling… cling…
Se escucha en todo el salón; el público está a la expectativa, mientras que Demian se debate entre hacerlo o no.
Todos en el lugar piensan que está allí para comprometerse, así que besarla sería lo natural. El único que sabe que vino con otras intenciones es su primo, así que solo él entendería su renuencia.
Si no lo hace, sospecharán, y si lo hace, se traiciona.
Aún los ojos avellana de Amira lo observan; él no sabe si ella entiende su lucha interna; sin embargo, en su mirada ve algo que lo incita a hacerlo.
La decisión del príncipe tarda, pero todo da un giro cuando él siente que la princesa se remueve entre sus brazos; está intentando salirse de su agarre; él no la deja.
—Está bien, no tenemos que…
Las palabras de Amira son pausadas cuando Demian se apodera de sus labios. Son dulces y suaves. Él no pretende que dure más de unos cortos segundos; sin embargo, no logra detenerlo hasta que en su mente llega la imagen de una mujer de cabello largo rubio y ojos grises. Eso lo hace separar sus labios de los de la princesa.
Como si viniesen de muy lejos, se empiezan a escuchar los aplausos de los presentes. Mientras la pareja permanece inmóvil en medio del salón. Ninguno de los dos sabe qué decir para cortar el silencio que hay entre ellos.
Demian comienza a verse atribulado, así que Amira, aun bajo los efectos del beso, decide romperlo…
—Demian, yo no…
Otra vez sus palabras son cortadas; esta vez Demian la suelta e intenta hacer dominio de todo su ser para disimular.
—Yo tengo que salir a tomar aire, si me disculpas —le dice y sale en dirección donde se visualiza el balcón.
Amira se queda en el mismo lugar desorientada, pero de inmediato retoma el control. Sonríe y camina hacia su mesa. Su hermana se acerca a ella con discreción y le pregunta:
—¿Qué pasó, por qué salió?
—¿Tú por qué crees?
Le responde mientras un torrente de emociones la invade. Ella nunca imaginó que la iba a besar; asume que la reacción de los presentes lo hizo tomar la decisión. No obstante, ahora está ella sentada en la mesa tratando de sonreír para no levantar chismorreos, cuando lo único que quiere es salir corriendo también.
—¿Estás bien? —pregunta Amara. Aunque sabe qué respuesta ella dará.
—Sí, lo estoy; será mejor que disfrutemos el banquete, aunque el festejado haya huido.
Los ojos de Amira se desvían hacia Esteban, quien le brinda una mirada de comprensión. Él sabía que algo así pasaría si decidía besarla. Que nada de lo que imagino ver en Catleya esté pasando no borra el hecho de que en Vaelkaris dejó una vida. Por eso no lo siguió; sabe que necesita su espacio.
Por su parte, el fugitivo termina en un balcón, uno que da justo al jardín del laberinto. Eso describe mucho su estado.
Para su infortunio, la luz de la luna está más vívida que nunca, el cielo está repleto de estrellas mientras que resopla una abrazadora brisa. Todo se alinea para hacerlo ver algo; ha traicionado a su amor. Solo lleva medio día conociendo a Amira y ya la besó.
No quiere inventar excusas, no se comportará como un niño y justificará el beso con la presión de los invitados. Él ha resistido cosas peores, ¿por qué no pudo resistir besarla?
—¡Maldición! —grita molesto.
Sabe lo que siente por Isabella; aunque ella no haya sido la primera mujer con la que estuvo, es la primera a la que le dijo “te amo”, con la que se imaginó casado y convirtiéndola en su reina. —Y olvidaste eso, Demian —se dice en voz alta.
—Atribulado príncipe.
La voz de una mujer mayor hace que Demian dé un respingo. Esperaba que nadie lo siguiera y pudiese respirar un poco.
Él se da la vuelta y allí ve a la mujer; es como de la edad y porte de su abuela. Cabello cano, tez morena y la típica sonrisa de abuela consentidora.
—Ah… no, solo necesitaba tomar un poco de aire —responde tratando de sonar amigable, aunque lo único que quiere es estar solo.
—Me imagino que todo lo de allá es abrumador para ti —comenta, llegando hasta las barandas del balcón. Ella mira hacia el jardín; Demian hace lo mismo al darse cuenta de que su compañera no pretende irse. —Este jardín tiene muchas historias. Aún recuerdo cuando los chicos venían de vacaciones y corrían por todo el lugar; siempre se perdían, los guardias tenían que ir a rescatarlos, excepto a una hermosa castaña. Ella era muy inteligente; siempre sabía cómo salir de las dificultades.
Demian frunce el ceño. Algo en esa historia le hace pensar que se refiere a su madre.
—Sí, estoy hablando de tu madre.
Él voltea a ver a la mujer sorprendido, como si esta pudiese leer su mente.
—¿Usted es…?
—Soy la reina Mariam —le revela. —La lamento, no haberme presentado antes, pero actualmente no vivo en el palacio. Hace mucho decidí dejar a las nuevas generaciones construir su legado; era más beneficioso que intentar dirigirlos. Por eso decidí retirarme.
—Tendrá que recomendarle lo mismo a mi abuela; ella aún tiene sus ideologías bien marcadas de cómo hacer las cosas —comenta.
Miriam respira profundo al escuchar al joven.
—Fátima siempre tuvo una responsabilidad mayor a la de nosotros, pero créeme que ama a sus nietos, así como yo amo a los míos. Por lo que no puedo evitar preguntarme: ¿quién es Demian II, un hombre que se debe a la razón o al corazón?
El príncipe suelta una risa seca. La pregunta le recuerda a su abuela. Esa interrogante que tanto detesta y le recuerda que siempre saldrá perdiendo.
—Esa pregunta no tiene respuesta correcta.
—Claro que la tiene —dice ella—.
Pero ninguna es fácil.
Demian voltea a ver a Miriam.
—Quererlo todo… es la forma más rápida de perderlo —continúa diciendo y él frunce el ceño. —Tu madre también tuvo que tomar grandes decisiones.
Eso lo golpea aún más.
—Parece que conoció muy bien a mi madre —dice confundido.
—Lo hice, digamos que ella…
—Madre, te estaba buscando —habla el rey, ocasionando que los dos volteen a verlos.
Khennel mira a su madre como si intentara reprenderla. Ella solo niega con la cabeza e ignora a su hijo. Nunca ha querido ser partícipe de los enredos familiares, pero estos parecen ser algo esencial de sus vidas como parte de la realeza.
—Al parecer es el momento donde aguardo silencio otra vez y dejo que todo siga su curso, aunque no dirigido por el corazón —dice mirando a su hijo.
—Madre —vuelve a hablar el rey.
Ella hace un ademán de rendición. Se despide de Demian y sale del balcón.
—Espero que no te haya abrumado con sus preguntas; ella puede ser… solo espero que no te lo tomes personal.
Habla Khennel, posicionándose al lado de Demian.
—No lo hago, aunque, para ser franco, no comprendí mucho de lo que me dijo -confiesa.
Su mente está demasiado saturada como para analizar.
—Que eso no te angustie. Vine a buscarte; parecías no sentirte bien.
—No, solo es cansancio, tres días navegando en el mar es agotador —miente.
—Te comprendo. Bien, mañana quiero hablar contigo a solas, cuando estés descansado. Quiero que seamos completamente honestos y después de eso hablaremos de compromiso, ¿estás de acuerdo? —pregunta; Demian asiente. —Aunque sea un banquete en tu honor, no tiene que continuar; enviaré a un sirviente para que te acompañe a tu recámara —termina de decir y se va.
Demian agradece. No quería ser descortés, pero no podía volver a la fiesta. Necesita un espacio para pensar en muchas cosas; ya mañana se disculpará con Amira.
Después de unos minutos, llega el sirviente que guiará a Demian a la habitación. Mientras que el rey pide las disculpas en nombre del príncipe por retirarse tan deprisa.
Amira escucha y solo niega con la cabeza. Está molesta, siente que él actúa como si el beso fuese su idea; ella intentó apartarse, pero él fue quien la detuvo.
—Idiota, si no querías besarme, ¿para qué lo haces?
Comenta quitándose las sandalias para subir un escalón, pero uno de los tacones se enreda con la capa del vestido, ocasionando que se resbale.
—¡Ah! —grita.
La joven tiene los ojos cerrados; esperaba caer en una superficie dura; sin embargo, no fue así.
Abre los ojos y se da cuenta de que Esteban es quien la sostiene.
—¿Te encuentras bien? —pregunta Esteban.
Ella lo mira y de inmediato se incorpora.
—Define “bien”.
—Bueno, se define como aquello que es loable o…
Le comenta en tono bromista.
—Ja, ja —lo interrumpe, fingiendo una carcajada. —Qué gracioso.
Esteban suelta una carcajada al verla rodar los ojos con fastidio. Sin duda, la joven es de un temperamento único. No le interesa en lo más mínimo guardar las apariencias o encajar.
—Sabes, la mayoría de las personas dan gracias.
—Gracias. ¿Feliz?
—Mucho —responde sonriéndole. —Es él, ¿verdad? -pregunta.
Amira lo mira y suspira, mientras analiza que no debería desquitar su enojo con el hombre que la salvó.
—No, estoy molesta con estos tacones que casi me matan —dice mientras le muestra la prenda.
Él mira las sandalias; luego devuelve su vista a ella.
—Bien, solo te puedo decir esto: a veces los tacones, cuando están en un ambiente nuevo, necesitan tiempo para adaptarse. —le sugiere, causando que ella reflexione. —Por cierto, me indicas mi dormitorio. Iba con el asistente, pero te vi y quería saber cómo estabas.
—Sí, claro, vamos.
Los dos comienzan a subir las escaleras, mientras se enfrascan en una conversación alejada del tema de Demian. Ella entendió la referencia de Esteban. Sabe que no debería exigirle mucho a un hombre enamorado. Aun ella no conoce ese sentimiento en el ámbito romántico, así que debería ser empática.
La noche transcurre normal; cada m*****o descansa en sus camas, algunos menos atormentados que otros, pero de algo están seguros: que sus vidas desde esa noche ya cambiaron.
Al día siguiente…
Ya es un nuevo día en Catleya; el clima está templado, las aves cantan y no queda rastro del banquete. Todo parece volver a la normalidad; sin embargo, en un extremo del largo comedor hay una joven que hace todos sus esfuerzos para no observar al hombre que, sin dudas, lleva unos minutos intentando captar su atención.
Es la misma joven que reflexionó sobre la empatía, pero al amanecer decidió que quizás no.
Amira se concentra en quitarle la cáscara a su huevo duro sin prestarle atención a nada más. Mientras que Demian la observa con disimulo.
A media mañana, tanto la familia real como sus invitados se sentaron en el comedor para compartir un delicioso desayuno. La joven princesa fue la última en llegar, aunque fue la primera en levantarse, pero sintió el deseo de tirar con el arco, así que salió del palacio. Solo regresó al recordar la advertencia de su madre.
Por su parte, el príncipe también se levantó temprano; tenía la intención de disculparse con ella por su reacción y explicarle sus razones. Sin embargo, le comunicaron que estaba entrenando; quiso ir a buscarla, pero la reina lo desvió de su destino. Ahora lleva un tiempo en el juego del ratón y el queso.
Esta chica es difícil de manejar —dice en sus adentros.
Tanto Esteban como las hermanas ríen con disimulo al verlos. La madre del rey tampoco es ajena a lo que ocurre. Le resulta interesante la posibilidad de que la historia se repita.
El rey también los observa, ve la actitud evasiva de su hija frente a la insistente búsqueda de su futuro yerno. Suelta una sonrisa; aquello le trae muchos recuerdos.
—Parece que hay cosas que no cambian —habla la reina sonriendo, intuyendo lo que piensa su esposo.
—Eso parece —dice, toma su mano y le da un casto beso en el torso. De repente, el asistente del rey aparece indicándole con un gesto que ya tiene lo que le solicitó. Khennel asiente y se dirige al príncipe: —Demian, ¿podrías acompañarme a mi estudio?
—Cariño, los chicos están desayunando; hablen más tarde —sugiere.
—Está bien, yo terminé de comer —dice poniendo la servilleta sobre la mesa. —Más tarde puedo encargarme de lo demás.
Comenta y voltea a ver a Amira; esta vez ella lo mira para luego hacerle gesto de fastidio, acción que le saca una sonrisa al príncipe.
Los dos caballeros se levantan de la mesa, se disculpan y caminan hacia el estudio.
Khennel tiene la intención de ser lo más honesto posible con Demian, esperando que este entienda su propuesta.