Demian la aferra con firmeza entre sus brazos. Aseguró que no iría a buscarla; sin embargo, vio sus cosas listas dentro de las valijas y de pronto el viaje se volvió real. De verdad, partirá a Catleya a fingir un compromiso que no desea.
Eso lo impulsó a correr hacia Isabella; requería verla, experimentaba una sensación de abandono en cada aspecto de su persona. Necesitaba transmitirle lo que siente por ella, aunque ella reniegue de él.
—¿Qué haces aquí? —le cuestiona mientras se pierde en el océano de su mirada.
—Necesitaba verte, te extraño —le dice con voz aterciopelada.
El suave tono de Demian la hace sentir una corriente que recorre todo su cuerpo. Cada parte de ella lo extraña, tiene la necesidad de volver a sentir cómo las manos de él la tocan, cómo sus labios la besan, cómo su fornido cuerpo la llena de pasión. Sin embargo, no puede ceder o terminará haciéndolo siempre.
—Pensé que había quedado claro el hecho de que no quiero verte por el momento —reprocha.
Ella intenta empujarlo lo más lejos posible, pero no lo logra. Demian es alto, con mucha fuerza bruta; no podría moverlo ni un centímetro aunque quisiera. En consecuencia de su acción, es ella la que termina moviéndose con dirección al piso; sin embargo, los reflejos de Demian evitan la caída.
Lo que sí cae al piso son sus pertenencias.
—Cuidado —habla Demian, soltándola para tomar sus cosas. Ella también se pone en cuclillas.
—¿Acaso Esteban no te dijo que nos vimos en la mañana? —pregunta molesta.
—Sí lo hizo. También vine por eso, no quería que asumieras que yo lo envié —responde.
—Eso lo sé, me lo aclaró, pero también fui clara con él —dice.
Toma todas sus cosas y se reincorpora. En las manos de Demian solo queda el papiro, el cual mira con mucha curiosidad.
—¿Qué es?
Intrigado, desenrolla el papel para observar su contenido. Isabella intenta quitárselo, pero ante Demian es pequeña, así que no logra alcanzarlo.
—Es un dibujo, para una investigación que estoy llevando —explica.
Extiende su mano para recuperar el dibujo. Él logra enfocar lo que tiene en las manos y es cuando divisa una figura masculina. Por instinto, levanta una ceja, sintiendo un poco de molestia. Se pregunta por qué su novia tendría el retrato de un hombre con ella.
—¿Una investigación? ¿Qué investigación incluye la figura de un hombre? —cuestiona, celoso.
—Eso no es de tu incumbencia —le dice y se lo quita. —Creo que estamos en igualdad de condiciones. Tú te irás a Catleya, según tú, a recaudar información y yo me quedaré en Vaelkaris a buscar las mías —revela.
Demian frunce el ceño, sorprendido por la comparación injusta. ¿Cómo podría ser igualdad de condición investigar sobre su madre vs. sobre hombres encapuchados? —cuestiona el príncipe en sus adentros.
—Isabella —menciona, captando su atención. —Sé que estás molesta, lo entiendo. ¿Pero consideras justa la comparación? —dice sintiendo una punzada de dolor en el pecho.
Al igual que él, ella también perdió a su madre en circunstancias extrañas. El hecho de que ella no tenga la intención de esclarecerlo no quiere decir que él piense hacer lo mismo.
Isabella cierra los ojos al entender su error; claro que no es lo mismo. Puede que esté molesta, celosa y triste a la vez; sin embargo, no puede ser injusta con él.
—Lo siento, no era mi intención —habla apenada. —Tienes razón, no lo es; aun así, no puedo cambiar cómo me siento, Demian —le dice mirándolo a los ojos. —No puedo ir en contra de lo que siento solo porque eso te haría bien a ti.
—Lo comprendo y mi idea no es obligarte a sentirte diferente. No soy el hombre que más entienda del amor, pero quiero evitar los mismos errores que cometieron en mi familia —dice y respira profundo.
La observa por unos segundos en silencio. La ama, pero ella tiene razón, no puede cambiar su sentir, y como no lo puede hacer con ella, tampoco lo hará con él. No puede faltarle al niño de diez años que vive dentro de él; le prometió descubrir la verdad y eso hará.
—Solo quería despedirme y decirte que volveré —continúa hablando. —Espero que para ese momento aún tenga la oportunidad de reparar lo que parece que se acaba de romper.
Ella desvía la mirada, la fija al piso empedrado con adoquines. No quiere que él vea cómo sus lágrimas caen por sus mejillas, aunque eso ya lo sabe, porque en él también se hace visible una.
—Por lo menos deja que te acompañe a casa, no puedo dejarte ir sola a estas horas —le dice usando su pulgar para limpiar su lágrima.
—No es necesario, yo… Él pausa sus palabras.
—Sabía que te ibas a negar. Saulo.
Llama al hombre que estuvo todo el tiempo del otro lado de la calle.
—Sí, alteza —responde con respeto.
—Acompaña a la señorita a su casa, encárgate de que no tenga inconvenientes en todo el camino y, mientras esté fuera, cuídala por mí, ¿entendido? —le ordena con autoridad.
—Eso haré, alteza.
Demian asiente satisfecho para luego dirigirse a Isabella.
—Supongo que tampoco querrás irte en carruaje.
—No, prefiero caminar.
Comenta navegando entre el enojo y la gratitud. A pesar de la desavenencia entre los dos, él cuida de ella.
—Bien —dice y se atreve a acercarse a ella.
Observa que no se aleja, algo que lo alegra. Para no echar más sal a la herida, cierra los ojos, deposita un cálido beso en su frente y se despide. Le da la espalda y camina hasta su caballo; una vez que lo monta, la escucha llamar…
—Demian… —Ella queda en silencio.
Al ver que no termina su oración, Demian le responde.
—Lo sé.
Es lo único que se dicen antes de que él salga cabalgando, perdiéndose entre las calles de la ciudad. Ella suspira, sintiéndose derrotada.
—Qué más da, está hecho —dice y voltea a ver al hombre a su lado. —¿Entonces te ha dejado cuidándome? —Él asiente. —Tú no pareces uno de los guardias del palacio —cuestiona.
—Soy de la seguridad privada del príncipe —responde el alto y robusto hombre. —Pero no dude que cuidaré de usted —le asegura y ella asiente.
—Entiendo, bien, vamos, espero que no te aburras conmigo —le dice en tono bromista.
El hombre solo sonríe con los labios cerrados. A pesar de su intimidante corpulencia, la joven no se siente insegura; sabe que Demian no pondría a su disposición una persona que podría hacerle daño.
—Si sabes que él nunca te haría daño, ¿por qué lo dejaste ir pensando que lo odias, Isabella? —dice en voz baja mientras se reprocha a sí misma por la discrepancia de sus sentimientos.
—¿Ha dicho algo, señorita?
—No, estoy hablando sola, no me hagas caso, Saulo.
Él asiente.
Sin ningún problema, Isabella llega a la casa e intenta hacer que Saulo entrara a cenar, pero este se negó. Solo le informó sobre las instrucciones que el príncipe le dejó para cuidarla y se marchó.
Por su parte, la joven entra a su alcoba y se tira en la cama a descansar. Después de un baño caliente y una taza de té, se siente más descansada físicamente, porque el dolor y el desgaste emocional, ese aún no sabe cómo aliviarlo.
—Mi amor, por favor, regresa a mí —implora acostada mientras observa el techo. Su melena rubia se encuentra dispersa por toda la cama.
Al día siguiente…
Llegó el día de su partida. Antes de salir del palacio, se despidió de sus hermanas y abuela. No le hizo falta hacerlo con su padre. Este solo le daría más órdenes y, después de la conversación con Isabella, lo que menos necesita es que le digan qué es lo que tiene que hacer. Ya hizo algo y siente que perdió todo.
—Sé que la pregunta estará de más, pero… ¿Estás listo?
—No, pero qué más da, ya estamos aquí —responde con pocas ganas.
Los dos primos se encuentran parados en el puerto esperando que el barco real zarpe hacia su destino. El navío tiene un largo de aproximadamente cincuenta y cinco metros, un ancho de diez metros y un puntal de unos seis metros. Está fabricado principalmente con madera de iroko y roble. Cuenta con seis cubiertas y un total de siete velas, las cuales llevan el escudo de Vaelkaris.
Demian tiene su vista en el impresionante barco.
Es uno de los navíos favoritos del príncipe; sin embargo, no está disfrutando la vista.
Despertó antes de la primera campanada de Laudes; se sentía ansioso, así que se le dificultó dormir otra vez. Para cuando la segunda campanada vino a sonar, este ya estaba fuera de la cama dando vueltas por la alcoba.
Pero ahora, según la posición del sol, ya es mediodía; ya no puede seguir retrasando la salida. La dilató lo más que pudo, esperando que su amada fuera a despedirse. Sin embargo, parece que no pasará.
—Sabes que no puede seguir retrasando esto —comenta Esteban, agotado de la espera.
—Vamos. —Da la orden y todos van a sus respectivas funciones.
Insa las velas y en cuestión de minutos el barco comienza a alejarse de la costa. En el puerto solo quedan los sirvientes limpiando el lugar; no divisa ninguna figura femenina.
Decepcionado, suspira. Aunque no es el resultado que deseaba, va confiado en que podrá volver a lo que tenía antes.
—Solo espero encontrar lo que necesito en Catleya —musita.
En Catleya…
—Amira, solo espero que no te escapes —habla la reina. —Dentro de tres días llega la embarcación del príncipe Demian y quiero que todo quede perfecto.
Le advierte: conoce a su hija, es inquieta, no puede durar dos minutos en el mismo lugar. Tampoco es acérrima de los protocolos, así que no le importa violar algunos cuantos. La ama, pero de sus cuatro hijos es la que más dolor de cabeza le causa. Y ya es mucho decir.
Tiene que lidiar con un hijo que no quiere ser rey, una hija que quiere ser monja y la otra… bueno, esa aún es pequeña y puede controlarla. En lo que respecta a Amira, ella nunca revela sus intenciones, por lo que nunca se sabe cómo prevenirlas y detenerlas. Es como un gato sigiloso.
—Sí, madre, será como dices. Ya acepté casarme con él, ¿o no? —responde.
La reina observa cómo su hija va lanzando al piso los vestidos que ella ha elegido para que use durante la visita de Demian. Amira ama montar a caballo, así que suele usar pantalones como los hombres. De hecho, mandó a confeccionar decenas de piezas para su comodidad.
—Mamá, estos vestidos son…
La reina no la deja terminar.
—Jovencita —dice en tono de advertencia.
—Está bien, elegiré unos cuantos. Deja de regañarme.
La reina ayuda a su hija a buscar las mejores opciones. Quiere que todo sea perfecto. No hay nada que le dé más ilusión que saber que su hija se casará con el hijo de su gran amiga Dayanna.
—Y pensar que aquella noche hablamos de esta posibilidad, querida amiga.
Murmura mientras observa a su hija medirse los vestidos.