El palacio es inmenso, con el espacio suficiente para que cada integrante que lo habite pueda hacer su vida sin tener que convivir con alguien que no desee. Sin embargo, hay dos nuevos integrantes que es lo que quieren. Desean importunar, estar en medio del drama, sembrar el caos de ser posible. No son inoportunos por naturaleza; lo hacen por estrategia.
—Por lo menos hoy estuvo mejor que la última vez.
Habla Lucinda, desplazándose por la antesala de su habitación mientras desliza una pluma entre sus manos.
Aunque no ha podido obtener el título de reina consorte, eso no le impide a la mujer tener otros beneficios como ocupar unas de las mejores áreas del palacio. Su dormitorio está en el ala este junto con el del rey, con quien no comparte habitación. Es un espacio de casi cien metros cuadrados, con decoraciones en dorado y azul. Posee un amplio balcón que da vista a un jardín donde predominan los diseños de esculturas y grandes fuentes.
Las habitaciones del palacio de Vaelkaris reflejan perfectamente la esencia del reino: elegancia fría, poder silencioso y tradición monárquica. Por lo que tampoco se le ha concedido a Lucinda la autorización de modificar el diseño de la estructura que han mantenido por quinientos años.
Otra de las cosas de las que la mujer empieza a dudar es si en realidad se casó con el rey de Vaelkaris. La reina madre le ha impedido tomar cualquier decisión con respecto al palacio. Un hecho frustrante, ya que se enteró de que las últimas modificaciones que se hicieron fueron ordenadas por la reina Dayanna antes del viaje a Catleya.
Lucinda se pasea por el espacio mientras su vestido azul rey estilo barroco de hombros descubiertos con una silueta amplia para comodidad de su vientre abultado se desliza por el piso de mármol.
—Sí, pero aún esa chica sigue interfiriendo —responde Fraser al comentario de su hija mientras empuña sus manos desde su asiento. —Está claro que a Demian no le agrada nuestra presencia, pero fue formado para mostrar control, autoridad, poder; él jamás actuaría de forma impulsiva. Sin embargo, esa princesa, ella es todo lo contrario; ella busca la forma de minimizar nuestra presencia —analiza con honestidad.
Su mente comienza a repasar el comportamiento de la temperamental chica. Fue uno de los primeros que sugirió con vehemencia el casamiento de Demian con Amira; al igual que el rey, pensó que eso lo debilitaría, que lo llevaría a actuar de forma errática y lo haría ver como un príncipe que no puede controlar sus emociones.
Dedujo que sus sentimientos por Isabella iban a ser lo suficiente para que se revelara. No obstante, probaron un punto diferente, uno que los hace ver que la amenaza de ellos no son los enemigos que Louis IV se ganó y que Louis V heredó; la verdadera amenaza es Demian. Quien ha jugado bastante bien, sin tener que formar un escándalo, y eso lo vuelve más peligroso.
Ha debilitado a su propio padre sin tener que conspirar en su contra.
El coraje de toda la situación lleva a Frase a golpear la mesa con fuerza, ocasionando que Lucinda se sobresalte.
—¿Y qué sugieres, padre? —cuestiona Lucinda. —Ya hice todo lo que pediste, me acerqué al rey, me volví su amante, luego su esposa, ahora la madre de su hijo —dice enumerando cada paso del plan de su padre. —Yo he cumplido cada parte, ¿acaso no es suficiente?
Cuestiona sintiendo que en algún punto de la conversación su padre dirigirá su frustración con ella.
—¡No! No lo es, aún no eres reina; debes insistirle más al idiota de Louis para que convenza a esa… vieja de la reina —dice entre dientes, intentando calmar su enojo.
Ella suelta una carcajada sonora. Su padre siempre ha actuado de la misma forma, utilizando a otras personas para llegar a donde quiere. Nunca se ha valido de él mismo para obtener nada.
Ella toma una de las uvas que están en su plato, se la lleva a la boca y dice…
—Es justo lo que hago, pero por si no te has dado cuenta, Louis cada vez tiene menos poder e influencia —comenta, volteando a verlo con rostro inexpresivo. —Tú eres el ministro de Defensa, ¿no deberías estar movilizando a los otros ministros de la asamblea? —sugiere.
Fraser suelta un resoplido.
—Es lo que haré —dice mirando a todos lados mientras mueve las manos como si estuviera ansioso. —Debo empezar a acorralar a Demian antes de que pueda tener más poder.
—Bien, porque de seguir así, terminaré dando a luz en un convento.
Habla recordando la conversación que tuvo con el príncipe.
—No debiste ir a confrontarlo.
—Debía de hacerlo para dejar a mis damas por ahí merodeando, o ¿cómo nos íbamos a enterar de que este pretende viajar a Londres? —dice y suspira. —Debe ser hermoso; le diré a Louis que debemos ir.
—Tú dedícate a mantener al rey entretenido y síguele pidiendo tu nombramiento como reina. Tengo asuntos que hacer —comenta y separa de la silla para salir de la habitación.
—¿Adónde vas?
—Tengo que alentar a alguien. No sé qué irá a hacer exactamente en Londres, pero si de algo estoy seguro es que no es a su luna de miel —termina de decir y sale del lugar.
Lucinda respira profundo y suelta su frustración.
—Arrr —gruñe. —Si no me hubieses hecho actuar de forma tan fastidiosa con Demian cuando adolescentes, este bebé sería de él y no de Louis --comenta ella en solitario mientras aplasta con su mano una uva y mantiene su mirada hacia la puerta donde vio salir a su padre. —Pero está bien, voy a soportar un poco más, hasta que pueda vengarme de ti, padre, eliminar del juego al rey y a esa vieja de Fátima. Yo voy a quedarme con el hombre que de verdad amo, Demian, aun si tengo que desaparecer a Amira y esa tal Isabella.
Confiesa tomando una servilleta para limpiar sus manos y comer otra uva. Ella mira hacia el balcón.
—Qué lindo día —suspira.
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Fortaleza de los encapuchados…
El atardecer comienza a caer y solo quedan vestigios de intensas lluvias de esta mañana reflejadas en los árboles y charcos en el suelo. La temperatura comienza a enfriarse y el sol a ocultarse.
Ha sido un día emocionalmente fuerte y físicamente agotador. Sin embargo, para un príncipe, su labor nunca termina y menos ahora cuando siente que sus enemigos comienzan a movilizarse.
Demian y Esteban bajan de sus caballos y de inmediato uno de los miembros de los encapuchados los toma para atarlos, mientras estos caminan al interior del lugar sin hablar entre sí.
Aún Esteban espera que este explique por qué tuvieron que venir hasta la fortaleza para conversar cuando tiene una cómoda oficina en el palacio. Y más en estos momentos donde está toda la familia.
Salir de esa forma solo los alertarías y surgirían preguntas incómodas sobre su paradero.
El príncipe no dice nada, solo va hacia unas escaleras que los conducen a una especie de sótano. Es un pequeño bar dentro de la fortaleza de los encapuchados; transmite una mezcla entre refugio clandestino y rincón acogedor en medio de la oscuridad. Todo el lugar está construido con piedra ennegrecida y madera antigua, como si hubiese sido excavado dentro de la misma montaña donde se oculta la organización. La iluminación proviene únicamente de velas y faroles colgantes de hierro forjado.
El príncipe pensó ir a la taberna, pero habría mucho ruido y a estas alturas debe asegurarse del lugar donde hablará de sus planes.
Lleva años planificando misiones secretas; estas nunca han sido entorpecidas y de repente debe tener cuidado extra.
Esteban se sienta en uno de los taburetes que están delante de la barra de madera robusta, esperando que su primo hable.
—No sé si sabes que más tarde tendremos que cenar con toda la familia —dice a modo de recordatorio. —Eso será un verdadero acontecimiento —termina de decir.
Demian toma dos vasos y vierte en cada uno de ellos un líquido color ámbar. Le da uno a Esteban y al otro le da un sorbo.
—Amira lo sabe —es lo primero que dice para romper su silencio.
—¿De qué hablas? ¿Qué sabe? —cuestiona Esteban, confundido, y también le da un sorbo a su trago.
—Sabe que tú y yo somos los líderes de los encapuchados; ella… —Detiene sus palabras para dar otro sorbo a su vaso. —Ella dice que lo supo desde hace un año.
Esteban se queda inmóvil por unos segundos, procesando la información para luego tomar todo el contenido de su vaso.
Desde el punto de vista de él, ellos siempre han sido muy cuidadosos, tratan de velar por cada detalle y eso mismo le exigen a sus soldados. Así que no logra entender cómo ella pudo descubrirlos.
—No me contó todos los detalles de cómo fue, pero algo sí me aseguró y es que quiere estar dentro.
Continúa hablando, intuyendo la pregunta de su primo.
Esteban lo observa y hace un gesto para que le sirva otro trago. Demian lo hace.
—¿A qué te refieres con dentro? —cuestiona Esteban rompiendo su silencio. —No estarás diciendo que ella pretende…
Demian corta sus palabras.
—Sí, eso mismo que piensas —le dice mientras suspira de cansancio. —Ella sabe la razón por la cual iremos a Londres; también dedujo que no iría a interrogar a un hombre de la nobleza como un príncipe sin tener pruebas contra él.
—Esa chica cada vez me sorprende más —comenta sin saber si sentirse fascinado o atemorizado por lo precisa que es. Esteban busca la mirada de su primo y dice… —Espero que le hayas dicho que no.
—Ja —suelta con poca gracia. —Tú eres el que dijiste que ella no iba a ceder tan fácil; ¿en serio crees que puedo hacerla revertir su idea de no ser parte de los encapuchados? Me amenazó con hacer su investigación por su cuenta si no cedía —confiesa.
—Es diferente que ella te apoye en temas del palacio o en otras actividades a estar en el campo de batalla.
—Eso le dije; aun así no cede y aún no te he dicho de su última hazaña. Tú, ¿cuál crees que fue?
Esteban frunce el ceño haciendo alusión a que no sabe cuál podría ser, hasta que le llega una idea.
—No, no me digas que ella fue la que mandó los documentos de Séfora —cuestiona; Demian asiente. —¿Cómo?
Demian le explica lo sucedido, cómo Khennel no le entregó todas las informaciones y cómo ella y su entrenador fueron hasta las tierras fantasmas.
—Eso fue muy irresponsable. Él debió detenerla.
—Lo mismo dije, y a pesar de que ese tal Guilliam no es de mi agrado, debo decir que igual tenía las manos atadas; por lo menos, él estaba para cuidarla.
Comenta tomando su trago, mientras recuerda la forma en la que Amira habla de su entrenador, el cual parece siempre estar en las historias de ella.
Esteban observa cómo su primo tensa la mandíbula. Pareciera como si estuviese recordando algo incomodo.
Sin saber de qué se trata, dice…
—Este cada día se vuelve más complejo. Y yo, que me esforcé tanto en alejar a Isabella, que debo decir no funcionó de mucho.
El príncipe aparta los pensamientos que involucran a Amira y a su entrenador para centrarse en las palabras de Esteban con referencia a Isabella.
—¿Por qué dices que no funcionó? —cuestiona. —Por cierto, ¿qué fue lo que escribiste en esa carta? Nunca te pregunté por qué mandaste a Jack a llevársela.
Demian se sorprendió cuando aquella noche fue en busca de Isabella después de ir a su casa, donde una ama de llaves que parecía muy molesta con él, no le quedó de otra que decirle que ella había ido al orfanato desde la mañana, pero que aún no regresaba. Había mandado a uno de los sirvientes de la residencia por ella; sin embargo, este no la encontró.
Él sabía exactamente dónde estaba. A ella le encanta tomar la calle del monumento de su abuelo; es menos transitada, pero perfecta para pensar. Allí, a una distancia prudente, identifico dos figuras muy conocidas y una de ellas era Jack, su teniente. Esperó a que terminara de hablar con Isabella para acercarse. Dedujo que habría sido enviado por Esteban.
—No paraba de investigar, se estaba exponiendo demasiado; de hecho, aún lo hace. ¿Sabías que fue hasta Kino?
Demian cierra los ojos con fuerza, apoya sus manos en la barra y echa su cabeza hacia atrás. A su entender, no hay forma de que pueda hacer que las dos mujeres de su vida dejen de querer ser parte de su misión.
Continuará…