Continuación…
Por su parte, Demian fija su mirada en los ojos de Amira; con ellos le expresa tantas cosas que, por alguna razón, él logra entender. A esas alturas no debería sorprenderse de lo intrépida que puede llegar a ser. Sabe que dijo aquellas palabras para enfurecer a las dos personas que sobran en este encuentro y sí que lo logró.
Lucinda reacciona ofendida; quisiera decir algo, pero de forma disimulada su padre la toca para que se quede callada. Solo se humillaría.
Todos los presentes ven el cuadro como si fuese una escena de teatro. Si lo hubiesen ensayado, no podría salir mejor. Tanto Esteban como los acompañantes de Amira se mantuvieron en todo este tiempo en silencio; sabían que este encuentro podría ser tenso, sobre todo Esteban, quien hace todo el esfuerzo por no reír.
El rey carraspea su garganta antes de que la presentación que se ha manejado con mucha educación protocolar termine en disputa.
—Considero que deberíamos entrar. La princesa y sus acompañantes deben estar cansados —sugiere.
Demian desvía su mirada hacia su padre, quien lo mira con reproche, pero eso no le importa. Quizás el rey empieza a intuir que su futura nuera no conoce la palabra sumisa.
—Claro, vamos a entrar —confirma Demian.
El rey y sus acompañantes entran primero, seguido de la reina madre junto a sus nietas, Demian y Amira, y luego el resto. No es la alineación adecuada, pero no van a discutir por pociones para caminar.
Todos avanzan con naturalidad, como si no se estuviera midiendo fuerzas de poder. No tendría sentido terminar en algo tan infantil como vamos a aprobar quién puede más que el otro.
Mientras caminan, Amira disfruta de la belleza del palacio, sobre todo el techo con estilo de bóveda; es como si estuviese entrando a un museo que, a pesar de no tener la historia dibujada en su techo, aun así aparenta contar una historia.
Demian se ha comportado muy atento con ella; le cuenta cada detalle que la ve observando y que parece captar su atención. Tanto sus hermanas como su abuela e incluso Esteban reaccionan sorprendidos al verlo hablar de esa forma. A él le encanta el silencio, es un hombre de pocas palabras; sin embargo, Amira parece que lo empuja a salir de su zona de confort.
Después del recorrido, la reina madre sugiere que Amira y sus acompañantes vayan a descansar y luego la familia real compartiría una cena íntima de bienvenida donde no podrán deshacerse de Fraser ni Lucinda.
—Alteza, ¿qué le pareció la familia real de Vaelkaris? —pregunta Letty mientras acomoda la ropa de Amira ya en la recámara.
—Bueno, la reina madre me recuerda a mi abuela, son muy parecidas en carácter —comenta sonriendo. —Y mis cuñadas son muy amables, creo que nos llevaremos mejor de lo que pensé; eso me gusta. En cuanto a los demás…
Ella hace silencio, no necesita agregar más rumores sobre el tema que, obviamente, está sobre la mesa.
—Anja, ¿y ellos? —cuestiona queriendo saber más.
—Letty, mejor concentrémonos en arreglar todo esto —sugiere la joven señalando todas sus pertenencias.
—Está bien —responde riendo.
Está claro que no cree que establecerá una relación con la esposa del rey; tampoco eso le interesa. Su trabajo es cumplir con la promesa que le hizo a su padre: ayudar a Demian a destruir cualquier amenaza que intente irrumpir en la paz de los reinos. La extinción de Fenicia no es una opción.
—¿Qué te pareció la primera interacción de Amira con la familia?
Pregunta Esteban mientras camina junto a Demian en el patio delantero del palacio.
—De hecho, fue mejor de lo que creí; ella… es muy buena en los juegos de poder —comenta mientras repasa todo lo concerniente a ella.
—Sí, sobre todo cuando mencionó a un heredero. ¿Qué tal eso?
Demian detiene sus pasos. Ese comentario lo tomó por sorpresa, pero le agradó que haya tenido la agilidad de silenciar a Lucinda sin tener que ser directa. Eso le genera una sonrisa sin que la pueda detener.
Esteban niega con la cabeza mientras ríe del nuevo comportamiento de su primo.
—Lo dijo solo para molestar a Lucinda; como te conté, hicimos nuestros acuerdos para convivir y lo de cero intimidad va incluido.
—Claro, y si te casas con una mujer como ella, sería fácil recitar, ¿cierto? —comenta en tono sarcástico.
—Por favor, Esteban, no te desvíes. Además, hasta ahora no me había dado cuenta de que tiene la misma edad que mis hermanas.
Comenta pensativo. Por la forma de hablar de Amira, se le olvida lo joven que es.
—Sí, pero estamos de acuerdo en que la madurez de Amira es muy superior.
—Sí lo es…
Las palabras de Demian son detenidas por la voz de una mujer mayor de piel blanca, cabello plateado y ojos claros, vestida con elegancia.
—Demian, Esteban, ahí están mis muchachos —habla ella mientras se acerca a los primos. —Están tan guapos —dice con dulzura.
—¿Abuela? —dicen los dos al unísono.
Ella llega junto a los dos y los abraza con efusividad. Ellos corresponden con amor, mientras se miran sorprendidos. No tenían la menor idea de que la matriarca de la familia Karlsen estaría en el palacio.
—¿Por qué se sorprenden? Mi nieto mayor se casará; está claro que tengo que estar aquí —dice respondiendo la pregunta que ellos aún no han hecho.
—Solo le llevo a Esteban un mes, abuela —responde como niño pequeño. —Además, me alegra que estés aquí, solo que no sabíamos que llegarías hoy. Te hubiésemos ido a buscar —comenta Demian.
—Exacto, abuela, dime que no viajaste sola —cuestiona Esteban.
—Claro que no, jamás la dejaría venir hasta aquí sola —se escucha la fuerte voz del conde Theodor Karlsen—. Ya que sus nietos parecen que se olvidaron de su abuela.
Cuestiona el hombre de unos cuarenta y cinco años de alta estatura, cabello castaño con algunos mechones plateados y ojos claros. El conde siempre se ha caracterizado por su porte serio y elegante.
—Theodor, cariño, no seas duro con los niños, están muy ocupados; además, Demian se casará.
Aboga la matriarca de la familia Karlsen, mientras mira con ternura a sus nietos.
—Puedo entender el trabajo de Demian, pero por lo menos Esteban debería estar en Luxor haciéndose cargo del negocio de la familia; yo no duraré para siempre —comenta en tono serio.
Luxor es la ciudad más cercana a Kaldby y es de donde son originarios los Karlsen, donde son poseedores de un gran porcentaje de territorio y negocios. La elaboración de armas y armaduras no es a lo único que se dedican.
—Tío, ¿de qué hablas? Eres un hombre fuerte y lleno de vitalidad; aún puedes darle otro heredero a la familia Karlsen —habla Esteban, ocasionando la risa de todos, menos de su tío, quien permanece serio e impasible.
El tío de los primos heredó el título de conde cuando su hermano mayor, padre de Esteban, murió. Ha sido un digno representante del título, pero sobre todo del apellido Karlser. Es el único de las familias nobles de Vaelkaris que no ha estado de acuerdo con las erróneas decisiones de Louis. Incluyendo su intento de que se exportara arma a un regimiento que él desconocía y no estaba dispuesto a negociar, a menos que ellos mismos se presentaran ante él. La discusión de él y Fraser fue intensa; no obstante, el primero nunca cedió, nunca lo haría ante nadie sin importar que sea el rey.
—Ya, no discutan —advierte la matriarca. —Lo importante es que todos estamos juntos. Ya quiero ver a mis muñequitas —dice, refiriéndose a las gemelas.
Aunque son pelirrojas, les recuerda mucho a su Dayanna. El tono de ellas no es tan intenso como el de Demian.
—Victoria, qué bueno que llegaste, ¿cómo estás? ¿Ya viste lo guapos que están los niños?
Habla la reina llegando al encuentro de su vieja amiga. Desde que le anunciaron su llegada, no dudó en ir a saludarla.
—Oh, Fátima, qué bueno verte —habla con familiaridad. Un tono que solo usa cuando están en familia. —Lo sé, están muy guapos; por fin se casará uno, espero que me ayudes a casar al otro.
—¡Abuela! —reclama Esteban sintiéndose aludido.
—Dalo por hecho, querida —dice saludándola. Luego voltea a ver a Theodor. —Conde, también es un gusto verlo; me pregunto cuándo lo veremos por fin casado. Es un hombre joven y guapo, ¿a quién espera? Si tuviese unos cuantos años menos…
—Abuela.
Habla Demian en modo reproche. Por su parte, el conde se limita a brindarle un cordial saludo a la reina. Entre sus planes de vida, un casamiento nunca ha sido su prioridad o, al menos, no ha conocido a nadie que le haga replantearse esa idea.
—Hay ya… estos tres no pueden negar que son tíos y sobrinos, son muy tercos —dice Victoria negando con la cabeza. —Fátima querida, necesito conocer a la futura esposa de Demian. ¿Dónde está?
—Oh, querida, te encantará, es un amor de jovencita; ven, vamos a molestarla un rato.
Le sugiere y le toma de la mano; los sirvientes las ayudan a subir los peldaños de las escaleras.
—Abuela, deberías dejar a Amira descansar. Tuvo un viaje largo.
Advierte Demian, preocupado de que vayan a abrumar a la princesa con el tema de un heredero.
—Ves, Victoria, hasta se preocupa por ella —musita con diversión.
Los tres caballeros niegan con la cabeza mientras las ven alejarse. Entonces es cuando Demian se da cuenta de que sus días de lobo solitario quizás se han terminado.
Suspira sin tener más remedio.
—¿Ya que ellas se han ido? Creo que tenemos que hablar —dice el tío con autoridad. —Me he enterado de que ustedes dos están escarbando en los registros sobre una minería, ¿qué ocurre?
Demian y Esteban se miran entre sí, sorprendidos de que su tío sepa de su investigación. Aunque este tiene ojos en todos lados y era cuestión de tiempo.
—Es una conversación larga. Lo mejor será ir a mi estudio —sugiere Demian y Theodor asiente.
Y bajo un estricto silencio, los tres entran al palacio.