Continuación…
Por primera vez, Amira se muestra ante él sin esa firmeza que la caracteriza. No hay seguridad, no hay desafío. Solo una joven de diecinueve años con sus dudas y temores.
Las mejillas de ella se tornan ligeramente rosadas, y evita su mirada. Él lo nota e intenta buscarla, pero ella se lo niega.
—Amira, ¿no me vas a responder? ¿Fue tu primer beso? —insiste.
—Sí —responde en voz baja—. Pero fue mi primer beso con un hombre; yo… yo ya había dado un beso a mi compañero de estudio cuando tenía doce, solo que no funcionó —dice vacilante. —Además, ¿eso cambia algo?
Demian no responde de inmediato; la observa con detenimiento. Hay algo en su comportamiento que le genera ternura y, por primera vez desde que llegó a Catleya, no la ve como la pieza política que su padre quería hacerla ver. Es lo que es, una joven llena de energía que no busca encajar. Una que, a diferencia de él, no está acostumbrada a cargar con máscaras.
Demian aprieta suavemente sus manos.
—Lo cambia todo —dice finalmente. Amira levanta la mirada, confundida. —No debí hacerlo de esa manera —continúa él—. Por ti, por mí, por ella…
Él hace silencio, mientras siente cómo el viento sopla suave entre los árboles.
Amira traga saliva y, en medio de su vulnerabilidad, se atreve a hacerle la interrogante que podría definirlo todo.
—Entonces… —dice, intentando recuperar su compostura—. ¿Qué vas a hacer?
Lo cuestiona más allá del beso, de Isabella, del compromiso. Lo que en realidad quiere saber, entre todo lo que se enteró y analizó, es cuál es su decisión.
Demian suelta su mano lentamente y se pone de pie.
—No lo sé. Tengo años tomando decisiones difíciles sin titubear y ahora no sé qué hacer —admite. Y eso es lo más honesto que ha dicho en días. —Pero sí sé algo —añade. Amira lo observa, expectante. —No vine aquí solo por un matrimonio.
Ella alza una ceja. Se imagina que no. Sabe la historia donde trágicamente murió su madre. Él nunca quiso volver, así que imagina el resto.
—Eso ya lo sabía.
—No —dice él—. No lo sabes todo… —Pausa. —Hay algo más grande en juego.
Amira intenta buscar algo en la mirada de Demian que la ayude a entender qué es lo que lo hace dudar tanto.
—¿Qué quieres decir?, por favor, Demian ya basta de rodeos —le dice, volviendo a ser la Amira de antes.
Demian duda, recordando las palabras de Khennel. Sobre su madre, su padre y el enemigo invisible que lleva años moviendo sus fichas sin que nadie se dé cuenta.
Entonces es ahí donde el príncipe se percata de que, si quiere otro tipo de resultado para su nación y toda Fenicia, no puede seguir llevando el peso de su carga solo.
—Creo que alguien… —Hace una pausa—. Está intentando dividir los reinos.
Amira se queda en silencio, no lo interrumpe, no se burla, no lo cuestiona. No solo es buena con el arco, también es buena con los estudios, y que alguien intente poner un reino contra otro es hasta lo que se espera.
—Eso explicaría muchas cosas…
Demian frunce el ceño.
—¿A qué te refieres?
Ella duda si decir lo que piensa.
—Desde hace años —dice lentamente— mi padre ha estado… diferente. Más desconfiado, más estratégico. —Levanta la mirada—. Como si estuviera esperando algo.
—Y tú… ¿Qué piensas? ¿En realidad crees que un matrimonio puede prepararnos para lo que podría venir? —pregunta él.
—Para ser honesta, no lo sé, pero ¿qué otra opción hay? ¿Que cada uno luche por su cuenta? —cuestiona Demian; lo piensa. —No sé lo que es estar enamorada yo… —Ella duda. —Nunca he estado en tu posición. Entiendo que Isabella sea la mujer que amas, pero si no tienes todos los recursos con que pelear, no habrá ningún lugar en toda Fenicia donde la puedas resguardar.
Demian se queda helado ante el argumento de Amira. Tiene tres semanas en constante debate y hasta ahora se da cuenta de que, aun eligiendo a la mujer que ama, podría perderla.
Pasa sus manos por su cabello, despeinándolo a su paso, mientras mira hacia todos lados. Ahora lo tiene más claro que nunca; una joven de diecinueve años lo hizo entenderlo todo. No tiene que nadar contra la corriente, solo tiene que convertirla en su aliada.
—Tienes razón, no lo puedo hacer solo —habla con honestidad. —Entonces la pregunta ahora sería… —Hace pausa y respira profundo. ¿Tú quieres ser mi aliada?
Él lanza la propuesta y, por alguna razón, pedirle ser su aliada suena menos aterrador que pedirle ser su esposa. A su llegada a Vaelkaris, sabe que es mucho lo que tendrá que explicar, pero llegar al epicentro de todo eso, por el momento, es la prioridad.
Amira lo observa, analiza, evalúa y extiende sus manos como si quisiera cerrar un acuerdo.
—Acepto. —Demian sonríe y estrecha su mano. —Pero ojo. Tú y yo tenemos que poner nuestras reglas para que esta alianza funcione.
Él alza una ceja, confundido.
—¿A qué te refieres?
—Aparte de las negociaciones que están haciendo nuestros padres como reyes, tú y yo necesitamos límites —sugiere con firmeza. —Esta noche iré a tu habitación con todas mis condiciones; te recomiendo que escribas las tuyas.
—¿A mi habitación? —cuestiona poco convencido de la idea.
—Por favor, Demian, no seas un bebé, solo negociaremos; además, no dejaré que nadie me vea. Ya sabes, no te duermas.
Le dice, toma sus cosas y sale corriendo hacia el palacio. Él se queda viéndola marchar, mientras niega con la cabeza. No tiene idea de lo que puede pasar; solo sabe que si ella está en el medio, nunca se aburrirá.
El príncipe suspira y va en busca de su primo. Aún no ha conversado con él sobre lo que descubrió.
En algún lugar del mundo…
Las amenazas siempre serán parte de la vida de cualquier ser que esté con vida. Mientras haya cosas que robar, siempre habrá quienes las quieran tomar. Porque siempre será más fácil luchar por lo que no se tiene que por lo que está al alcance.
—Dejaste que tan solo diez bandidos nos quitaran la oportunidad de encarar al imbécil de Louis.
Reprocha un hombre mayor con una cicatriz en el rostro. Un total de cinco hombres están sentados en una mesa redonda, mientras que a quien regañan se encuentra parado con la cabeza agachada.
—Señor, esos no eran cualquiera bandidos —informa. —Tenían entrenamiento militar, sobre todo el líder —le comunica con nerviosismo.
Después de que el líder de los encapuchados arribó al barco, el capitán pensó que podía con él, ya que contaba con más hombres que ellos; estaba confiado. Sin embargo, todo dio un giro cuando el líder noqueó a su contramaster. Solo se valió de él y su espada para derribar al resto. De no pedir por su vida y darle lo que quería, estaría muerto.
—¡Idiota! —grita el hombre de la cicatriz. —Tú solo tenías que hacer una cosa, era hacer que el miedoso de Louis saliera de su madriguera. Nadie se da cuenta, pero ese cobarde lleva años escondiéndose; sabe que le estamos respirando en la nuca.
Mientras tira en la mesa sus cartas de naipes. El ambiente de aquel lugar es gélido y, a pesar de estar rodeado de lujos, por lo que se planea, se percibe nauseabundo. Hay música por un lado y mujeres a su disposición, esperando ser elegidas para darles placer.
—¿Qué propones que hagamos ahora? Tengo entendido que el hijo está en Catleya formalizando su boda con una de las hijas de Khennel. Si eso pasa, ¿sabe qué viene después? —cuestiona otro hombre de porte de aristócrata. —Por lo que sé, el hijo es todo lo contrario al padre y, si consigue esa alianza, nada lo detendrá.
—Lo que sabemos hacer mejor, impedir que esa alianza prospere. Tenemos años enemistando esos cuatro reinos; no podemos permitir que se vuelvan a unir. Creo que debemos volver a la acción. Porque no estamos creando caos… estamos recuperando lo que siempre debió ser nuestro.
Comenta mientras le da un sorbo a su licor. Los demás asienten, reafirmando su apoyo al hombre de la cicatriz.
Catleya…
Pasa de la medianoche y por el pasillo del ala izquierda se ha colado una escurridiza joven que intenta no ser vista por nadie. No sabe por qué lo hace con exactitud, pero le agrada la sensación de peligro y prohibido.
Para su suerte, los guardias del príncipe han sido retirados por órdenes de él.
—Demian, Demian, ¿estás dormido? —pregunta en voz baja mientras pega su oreja en la puerta para escuchar algún sonido. —No puede ser que este hombre se haya dormi…
No termina de hablar cuando de repente la puerta se abre y esta cae entre los brazos de Demian.
—¿Por qué estabas pegada a la puerta? —cuestiona mientras la sostiene.
Ella piensa quejarse hasta que se percata de que el torso de Demian se encuentra desnudo. No hay nada; solo músculos. Sus manos llevan unos cuantos segundos tocando pura piel.
Amira agranda los ojos a más no poder mientras se separa de él con violencia.
—No… ¿No tienes que ponerte? ¿Por qué estás desnudo? —habla intentando no verlo.
—No lo sé, será porque estoy en mi recámara y ya es muy tarde, por lo que me disponía a dormir —le dice con tono sarcástico.
Ella pone los ojos en blanco.
—¿Acaso duermes desnudo? —pregunta de forma retórica, pero igual obtiene respuesta.
—Sí, es más cómodo —dice con diversión, mientras sonríe con picardía.
—Tú… tu… —. Titubea. —No tienes pudor.
—Me cuestiona la señorita que ha tocado a mi puerta a esta hora.
—¿Sabes qué? Mejor vengo mañana —dice y da la vuelta para salir, pero él la lleva hacia él una vez más.
—No, quiero saber cuáles son los límites una vez que seré tu esposo, o mejor dicho, tu aliado —sugiere mientras le habla muy cerca de sus labios.
Demian sabe que, para que la alianza funcione, debe evitar esa cercanía, por lo que hasta agradeció que Amira haya propuesto los acuerdos entre ellos. Tener límites es un lugar seguro. Sin embargo, le ha costado entender por qué con ella se dan de manera natural estos acercamientos. Él no lo busca; aun así, llegan.
—Podemos empezar con la primera en mi lista. No me besarás —sugiere.
Amira se escapa de los brazos de Demian y camina hacia la pequeña sala de su recámara para tomar asiento.
—¿No te puedo besar? —cuestiona con extrañeza, mientras cierra la puerta para luego tomar asiento. —Pero… ¿Qué haremos en los eventos oficiales, o en el día de la boda?
—Sí, vemos que no tenemos escapatoria, podremos negociar, ¿de acuerdo? —él hace un ademán de rendición. —Bien, ahora di una. Espera, ¿no tienes una lista?
—Todo está aquí —dice y señala su cabeza. Amira rueda los ojos. Mientras piensa que es muy pretencioso. —Ya que los besos serán negociados. Entonces no habrá intimidad —suelta sin más.
Amira traga saliva y de repente comienza a toser. El sexo no estaba en su lista, pero sabía que estaba implícito. Obvio, no se va a entregar a un hombre que no la ama.
—Obvio, no, lo tengo estipulado dejarlo para mi segundo matrimonio —revela mientras busca una pluma para anotar observaciones.
Por su parte, Demian alza una ceja al escuchar sobre su intención de volverse a casar con otro aun cuando no lo ha hecho con él. La sensación que le hace sentir esa idea, él no la sabe explicar.
—¿Me puedes explicar lo de un segundo matrimonio?
—Oh, sí. Después de que hablé contigo, fui a la biblioteca; ahí encontré el libro de leyes de la monarquía; en la sección de matrimonio hay un artículo que estipula que, si en dos años el matrimonio real no procrea un heredero, pueden divorciarse, y en caso extraordinario, ese lapso puede bajar a un año y medio. Así que tenemos dieciocho meses para lograr nuestros objetivos y después puedes volver con la mujer que amas.
La idea de Amira buscando formas para alejarse de él aun cuando no la tiene le molesta. Se alegra de que haya encontrado esa brecha; aun así, no le agrada.
—Y supongo que tú a casarte. —Ella asiente. —Has investigado mucho —comenta, sin apartar su vista de ella.
—Quiero que esto sea lo más justo para todos —le dice con honestidad. —Tú ya tienes tu gran amor, yo quiero encontrarlo algún día —revela y él asiente.
Por las próximas horas, ellos continúan debatiendo sus acuerdos para convivir, hasta que la chica no puede seguir batallando con el sueño.
—Creo que lo mejor será irme; mañana te daré una copia de esto —dice mientras le muestra la hoja y estruja su dedo.
—¿Quieres que te acompañe? —sugiere. —Te ves cansada.
Ella niega y se dispone a salir de la habitación; luego recuerda su última condición.
—Tengo una última condición. —Él frunce el ceño y le hace seña de que prosiga. —Quiero que cuides de mí —pide en tono de voz suave.
—¿Cuidar de ti?
—Si me convierto en tu esposa, estaré viviendo en Vaelkaris, un lugar lejano donde solo te conoceré a ti. Allá tú, serás mi única familia. Buenas noches, Demian —es lo último que dice antes de salir.
Demian queda ahí parado mientras la palabra “mi única familia” se repite en su cabeza. No fue bueno en las clases de catecismo, pero según lo que recuerda, cuando una mujer y un hombre se unen, se vuelven una sola carne, parte de ti, tu otra mitad.
—Esto ya dejó de ser un problema. Esto parece la preparación para una guerra —comenta y va hacia su cama.