Capítulo 10

2036 Words
—¿En serio esperabas otro tipo de resultado? —cuestiona Esteban. —Si quieres que te sea sincero, sí, lo esperaba —responde Demian. —Amigo, le dijiste a la mujer que te ama que irás a otro reino a comprometerte con otra mujer —hace énfasis. —Disculpa, pero no hay forma de entender eso —le confiesa con honestidad. Tras el fiasco de charla que tuvo con Isabella, Demian no regresó a la cabaña; demasiados recuerdos íntimos con ella como para estar allí. Recordó que su primo estaría en la taberna de siempre y no dudó en cabalgar hasta allá. Necesitaba compañía, un trago y ruido, mucho ruido que calle la voz de ella en su mente. —Mi mente puede comprender lo que dices. Pero ni corazón, no, él confía en que la reacción iba a ser diferente —revela y toma de un sorbo toda su cerveza. Esteban niega con la cabeza, mientras pide otra ronda para los dos. Su primo es tan aplicado en la política y los entrenamientos, que verlo titubear en algo es nuevo. La taberna se encuentra a media hora de la ciudad; su ubicación es poco conocida porque así lo ha querido su dueño, Esteban. El joven pensó que tener un lugar en vez de buscarlo para que tanto él como su primo pudiesen relajarse lejos de las intrigas monárquicas era más fácil. Además, tenía claro que por la poción de Demian siempre sería un reto ir a algún sitio sin captar la atención de los demás. Es un espacio donde pueden ser solo dos viejos amigos compartiendo algunos tragos con otros amigos. El lugar está muy lejos de ser lujoso; tiene pocas luces para brindar más privacidad. Las mesas son limitadas; les gusta mantener bajo control quién ingresa; al final son miembros de la realeza, así que cualquiera podría acceder y cometer alguna locura. —Cambiando de tema —habla Esteban. —Me parece un plan arriesgado el que pretendes llevar a cabo —sugiere. —No es buena idea fingir un compromiso para obtener algo y luego dejar tirada la alianza con la segunda nación más poderosa de Fenicia —comenta en tono reflexivo. —¿No temes que haya represalias? —Es mi única oportunidad —responde Demian con desánimo—. Quizás no tenga otra para saber la verdad de lo que pasó esa noche. Comenta mirando la jarra frente a él. La observa como si esta fuese una bola de cristal que le revelara su futuro. Está convencido de que unas cuantas semanas junto a los Hassan Najjarid serán suficientes para descubrir si son o no los culpables de la muerte de su madre. —Si descubres que son los culpables —pregunta Esteban, sacándolo de sus cavilaciones. —Los destruiré —responde sin vacilar. —¿Y si siempre fueron inocentes? -cuestiona. —Si cabe esa posibilidad, apelo a la madurez de Amira. Tiene la misma edad que… —Se detiene al darse cuenta de que le duele mencionar el nombre de la mujer que espera que no lo odie. Esteban observa a su primo en silencio. Sabe que sufre, sabe que está perdido. Demian es muy calculador y metódico, no deja nada a la suerte, así que verlo dejar su destino en manos de una desconocida es inusual. Él solo niega con la cabeza y le da una palmada en la espalda para reconfortarlo. Es adulto; él debería saber lo que hace. Solo queda apoyarlo —piensa Esteban. —Entonces, ¿se quedarán toda la noche sentados en la barra? —pregunta uno de los que se encuentra en la taberna muy animado. —Vengan, únanse a esta ronda —propone mientras señala la mesa donde están jugando naipes. —Esta noche pretendo dejar sin una moneda a nuestro querido príncipe. —Saulo, lo mejor será que atiendas tu juego —advierte Esteban, haciéndole señas de que el príncipe no está de ánimos. Saulo frunce el ceño sin entender la indirecta y dice: —¿Qué? ¿Acaso se peleó con su querida Isabella? —sugiere de forma inocente. Esteban lo reprende con la mirada, mientras que Demian levanta la cabeza por primera vez después de mucho rato. Voltea a ver al hombre alto de tez morena con el rostro enrojecido de la furia. Saulo agranda los ojos al verlo, sabe qué significa esa mirada. —Ah, ah, creo que mejor me voy a mi mesa. Esteban le hace gesto de que es lo mejor, mientras contiene a su primo para que no termine cercenando la cabeza a alguien. —Tranquilo, tranquilo —lo consuela. Vaelkaris, una semana después… Las montañas que antes estaban cubiertas de nieve poco a poco empiezan a recuperar su tono intenso color verde. Así se comienza a despedir el invierno para darle paso a la primavera. Es la época perfecta para ver belleza hasta donde no la hay. Y esto último es lo difícil, porque para Demian, no hay forma de ver belleza si no está ahí. Una semana ha transcurrido y durante esos siete días Isabella no dejó que se acercara a ella. Quería darle su espacio, no abrumarla, así que envió a un mensajero con cartas que nunca fueron respondidas. Hasta eso extraña. Leer sus cartas llenas de dulzura, escritas con las letras más hermosas que haya visto. Pero ella no lo quiere ver; ya no puede hacer nada. Mañana partirá a Catleya y por fin tendrá el cierre que tanto necesita después de dieciocho años. —Me da gusto que hayas entendido que este compromiso es lo mejor para todos —habla el rey en medio del desayuno. Pareciera algo tan natural que una familia se siente todos a desayunar; sin embargo, para Heraldson, no tanto. Se podría justificar con que son la familia real y que los compromisos de cada uno les impiden hacer algo tan simple como sentarse en la mesa. Sin embargo, la razón es la más obvia: nunca se han comportado como una familia unida y no saben si eso algún día cambiará. —Por favor, hijo, casi nunca podemos estar todos en la misma mesa; lo mejor será que disfrutemos del delicioso desayuno —habla la reina madre, esperando que todos puedan llevar la fiesta en paz. La mujer mayor lamenta no haber cultivado en su familia la buena costumbre de pasar momentos como aquellos; se enfocó tanto en los deberes reales que no hizo otra cosa. En la mesa se encuentra el rey a la cabeza, a su derecha Demian, al lado de él se encuentra Esteban, aunque este solo es familia por el lado materno; aun así, para el príncipe, es el hermano que no tuvo. En el otro extremo se encuentra la reina madre y del otro lado están las princesas Valeria y Valentina. Un par de gemelas de cabello rojizo y rizado. Ellas son el par de razones por las que Demian siempre actúa con cautela; a pesar de que ya están en la edad adulta, con diecinueve años, el príncipe considera que aún son muy jóvenes y deben ser protegidas. —No creo haber dicho algo que genere molestia, madre, solo digo que todo se está dando como debe de ser —dice el rey mientras corta un trozo de su salchicha para untarla en la yema blanda del huevo y llevarla a su boca junto con el pan. Para Demian el comentario sonó como el de una persona que por fin ha logrado su objetivo, el de controlar la vida del otro; sin embargo, eso no es lo que pasará. Puede que su amada esté molesta, pero a su regreso solucionará todo. —Demian, no has dicho nada, queremos saber lo que piensas —habla Valentina con su característico tono de voz dulce. —¿Qué tiene que pensar? Ya todo está hecho —vuelve a hablar el rey con voz áspera. Un tono que Demian odia y más si es para usarlo con unas de sus hermanas. —Sí, lo siento —dice apenada. —Bueno, sí, creo que debemos saber qué piensa nuestro hermano; él no es un muñeco que se puede controlar, padre —habla Valeria con autoridad. Después de una semana, por fin se le ve sonreír a Demian. Le encanta que su hermana sea frontal; claro que a veces le trae consecuencias, pero él siempre busca la manera de encubrirla. Valeria y él cruzan sus miradas en complicidad. La realidad es que él ha guardado silencio, porque no quiere ser él quien arruine el desayuno que su abuela se esforzó en organizar antes de su partida. La reina madre mandó preparar algo parecido a los banquetes que se suelen dar en las fiestas. Ella quería que la mesa estuviese repleta de los platillos favoritos de su adorado nieto; él no se irá para siempre; no obstante, quiere que sepa que aún son una familia, algo que parece ya no ser desde que murió Dayana. —Creo que no hay mucho que decir, solo espero que todo salga como se ha propuesto. Es lo único que le sale decir a un Demian con pocos ánimos como para discutir. —Buenos días, ya veo que empezaron sin mí —se le escucha a una mujer. La mujer entra a la lujosa área del comedor real con un vestido rojo de falda ancha, mangas cortas y con un escote sugerente. Una vestimenta excesiva para usar a tal hora. Todos la observan y, sin poder eludirlo, los hermanos manifiestan una expresión de descontento; la reina madre suspira al percibir que ahora no habrá paz en la mesa, mientras que Esteban únicamente espera que no se genere un conflicto debido a la recién llegada. El único que se mantiene sin ningún tipo de reacción es el rey; la mujer frente a él es Lucinda, su pareja. Desde que enviudó se ha negado rotundamente a casarse. Se ha mantenido pasando de amante a amante, algo que ha mantenido bajo perfil; sin embargo, Lucinda, esa es otra cosa. Demian tiene por seguro que es la causante de muchas decisiones erráticas de su padre. Y no porque sea manipuladora, más bien porque es la herramienta que usa el ministro de defensa para jugar sus cartas en el reino. Ella es su única hija y solo el hecho de que no le ha exigido a su padre casarse y convertirla en reina al príncipe le hace sospechar que su plan es aún mayor de lo que cree. —Apenas empezamos, siéntate. —El rey es el único que le responde. Lucinda tiene la misma edad que Demian. Cuando niños eran amigos, pero cuando llegaron a la adolescencia, ella se volvió controladora y el comportamiento de su padre finalmente ocasionó que él se fuese alejando de ellos, así que no es de esperarse que en realidad el objetivo en un principal fuera él y no el monarca. —Abuela, todo estaba delicioso, pero aún tengo cosas que arreglar antes de partir a Catleya. Gracias por preparar todo esto —dice él levantándose de su asiento. Camina hacia su abuela para darle un beso en la cabeza. —¿No me digas que te vas de la mesa por mi culpa, alteza? —habla Lucinda mientras fija sus ojos marrones en él. Su pelo castaño está envuelto en un moño que deja escapar algunos mechones. —Para nada, Lucinda, pero yo tengo compromisos que asumir, ¿no es así, padre? —habla en tono sarcástico. —Lo es —responde. Demian le hace gesto a Esteban para marcharse, mientras se despide con dulzura de sus hermanas. —No dejes que Lucinda sea irreverente con Valentina; tú haz lo que sabes hacer y cuando vuelva, yo me encargo —le dice al oído a Valeria, en tono casi imperceptible. Ella asiente con picardía. Valeria es muy parecida a él; son contestatarios, tercos y no aceptan malos tratos. Valentina tiene un carácter más dócil, es muy parecida a la madre de los tres y por eso ellos la cuidan de más. Una vez que se despide de todos, Demian sale del palacio a ultimar los detalles de su viaje y quizás a probar suerte para ver a Isabella.
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