Continuación…
La mirada de Demian se cruza con la de Lucinda; ni siquiera está molesto con ella en sí. Es con su padre, quien parece que no puede distinguir una amenaza, aunque se la estampen contra su cara.
¿Cómo no puede intuir las verdaderas intenciones de Fraser? ¿Acaso no distingue el tono que este ha tomado durante la asamblea? —cuestiona Demian para sí mismo.
Por lo que a él respecta, además de cumplir su papel de príncipe, tendrá que ejecutar funciones como si ya fuese el rey.
—No tendría que venir hasta aquí si tú y tu familia no me impidieran obtener el título que por derecho me corresponde, ser la reina de Vaelkaris.
Responde por fin a la interrogante de Demian con altivez. Lleva sus manos a su vientre como si eso fuese la respuesta a todo.
El príncipe suelta una risa sin gracia mientras niega con la cabeza.
—No sé si te has dado cuenta, pero esa parte no soy yo quien la maneja, ni me interesa hacerlo —informa en tono seco. —Yo no fui quien te dio el título de duquesa, que si me lo pregunta es más de lo que mereces —le dice y ella reacciona ofendida.
—¿Cómo te atreves…? —intenta hablar, pero Demian la silencia.
—¡Silencio! —exclama. —Tú fuiste la que viniste a irrumpir en mi oficina acusándome de tonterías. ¿Acaso no sabes que podría acusarte de actuar contra el príncipe heredero?
Amenaza con firmeza mientras la reprende con la mirada.
—Tú… tú no te atreverías —dice con voz temblorosa.
—Provócame —dice ya harto del comportamiento infantil de ella. —Tú y tu padre me están hartando. He sido paciente, porque estás embarazada; así que más les vale mantenerse alejados de mí o no respondo por mis actos.
Lanza la advertencia con autoridad.
—¿Te atreverías a lastimar a la madre de tu hermano?
Pregunta levantando la cabeza con soberbia, como si ya fuese la reina.
Demian se para de su silla, apoya sus manos en el escritorio y le dice:
—Ni se te ocurra creer ni por un momento que soy mi padre, al que puedes manipular con un embarazo. Efectivamente, jamás haría algo tan bajo como lastimarte, pero sin duda podría ordenar que te encerraran en un convento hasta que nazca el bebé.
Ella agranda los ojos más no poder, da unos cuantos pasos hacia atrás como si quisiera escapar. No reconoce a ese Demian; él siempre ha sido tan calmado y pasivo; ahora, es una persona completamente diferente.
—Sabes que puedo contarle a tu padre sobre esto —intenta amenazarlo. Él suelta un resoplido…
—Y estoy contando con eso —revela. —Ve y dile que todo lo que se refiere a ti y tu padre, a mí me dejen fuera —exige. —Y cuento a lo de tu título; vamos a aclarar una cosa, yo no fui el que ha ordenado que no te lo otorgaran. Por si no lo estudiaste en las clases de historia, mi abuela es la única que puede revocar la ley de sangre consagrada. Si no lo ha hecho, eso no son mis asuntos, así que te voy a pedir que te limites a volver a mi oficina.
Ella lo mira con ira; quisiera decir más, pero para su mala suerte él tiene razón. Aunque con su título pudiese influenciar, quien tiene la potestad de invalidar el decreto es la reina madre Fátima.
La ley de sangre consagrada es un decreto antiguo que fue establecido después que el rey Andrew I quiso poner a una de sus concubinas como reina e imponer que el heredero sea el hijo que tuvo con ella. Las familias nobles se negaron a aceptar tal aberración y eso causó disturbios en Vaelkaris. Sin embargo, la reina madre de la época reunió a las familias más provenientes, entre ellas los Karlsen y fuertes miembros del concejo, para invalidar el deseo de su hijo. Eso logró que los disturbios no se convirtieran en una guerra civil y que el linaje real no fuese alterado.
Hay registro donde reyes han enviudado y han vuelto a casarse, sin que la línea de sucesión sea cambiada. No obstante, la reina Fátima no confía en Fraser y su hija, por lo que ha mantenido con firmeza su decisión.
—No crees que fuiste duro con ella.
Comenta Esteban entrando nuevamente a la oficina. Este permaneció en el pasillo escuchando todo.
—Esteban, dime algo, ¿tú crees que Fraser sea la pieza que une todos los hilos de la amenaza o es un problema paralelo al que ya tengo? —cuestiona analizando con detenimiento. —Para que la constructora actuara como lo hizo y en vista de quién es el dueño, tiene que tener a un funcionario del reino de alto rango ayudándolo.
Esteban levanta una ceja porque, al escuchar la teoría de su primo, todo cobra sentido.
—Yo no lo descartaría —dice pensativo.
Con lo ambicioso que es el ministro de defensa, no dudaría que se aliara con el mismo diablo para pertenecer a la realeza.
—Ja… —Suelta. —Como siempre, el enemigo lo tenemos bajo el mismo techo.
Comenta muy poco sorprendido de alguien como Fraser Varanguer. No dudaría de que esté inmiscuido en todo el problema.
—Eso parece. Pero… —Esteban hace una pausa. —Volviendo a Lucinda. —Te das cuenta de que si ella anhela tanto esa corona, tu abuela está en peligro; por el momento, es la única que impide que ella la obtenga. Ella podría…
—Ni siquiera termines esa frase —dice sintiendo tensión en el cuello una vez más. —Por Dios, ¿en algún momento tendré paz? —cuestiona con cansancio. —Aparte de los guardias que custodian a mi abuela, busca unos cuantos de nuestra confianza para que estén pendientes, también con mis hermanas —ordena. Respira profundo y dice: —Tengo que terminar de organizar todo; mi futura esposa pisa tierra de Vaelkaris mañana.
Comenta mientras guarda unos documentos en su cajón bajo llave, mientras piensa que a partir de mañana ya nada será igual. Ahora le tocará asumir su papel como esposo.
Esteban solo se limita a asentir.
Horas más tarde…
Los días de calma parece que ya no existen en la vida de Demian; ni siquiera su paso por el campo de batalla lo ha llevado a tener una vida tan agitada como la de un príncipe que cumple al cien por ciento sus funciones.
Pensó que tendría un poco de calma en estos momentos; no obstante, el destino le jugará otra carta.
Después del episodio en la oficina de Demian con Lucinda, esta fue directo hacia el rey llorando desconsoladamente; al menos eso es lo que le mostró. Por lo que Louis no dudó en ir a confrontar a su hijo.
Camina deprisa con el rostro enrojecido y las manos empuñadas; no iba para defender a la mujer, más bien para defender su honor. Las amenazas de su hijo cada vez suenan a las de un rey. ¿Debería estar orgulloso? ¿Quizás? Pero que su pueblo no lo clame, que no reaccione de la misma forma que reaccionan a las noticias de Demian lo asusta. Porque lo único que tiene es la corona y nada más.
—¿Te atreves a hablarle de esa forma a la esposa de tu padre?
Comenta Louis una vez que llega con su hijo, a quien encontró en la caballeriza observando los nuevos caballos pura sangre.
Demian también siente pasión por los caballos; antes solía participar en las justas; sin embargo, sus responsabilidades como príncipe fueron creciendo y tuvo que pausarlo.
Lleva tres años asumiendo responsabilidades que no le corresponden porque el hombre que acaba de hablar detrás de él no puede hacerlo.
—Buenas tardes, padre. Estoy a punto de montar un nuevo pura sangre; ¿quieres acompañarme? Créeme que te convendrá —dice con los brazos cruzados sin voltear a verlo. —Theo, enlista a esos dos; mi padre y yo daremos un paseo.
El sirviente asiente y va a hacer lo que le ordenaron. Mientras que otros de manera discreta se miran como si se preguntaran si en realidad va a montar o terminarán autoeliminándose.
Louis permanece parado detrás de su hijo; tiene intención de reprochar; no obstante, decide quedarse en silencio. Le hace gesto a uno de los sirvientes para que sostenga su capa.
Minutos después les entregan dos caballos, uno de pelaje rojizo intenso como el príncipe y otro de pelaje oscuro. Demian se queda con el último, lo monta con agilidad; su padre hace lo mismo y ambos cabalgan hacia campo abierto.
La estructura del palacio es impresionante, pero lo es aún más el campo verde rodeado de árboles y lagos que está detrás de él. Es suficientemente grande como para olvidarse de los enredos del palacio, sin tener que salir de él.
Cabalgan por un tiempo hasta llegar a una colina desde donde se puede apreciar el hermoso pueblo de Kaldby. Está rodeado de montañas que en estos momentos se encuentran verdes y frondosas.
El príncipe solo puede admirar el lugar, es una vista perfecta; lástima que la compañía no tanto. Entre él y su padre hay un mundo de distancia; aunque quisieran, ya no podrían volver. ¿Adónde volverían si nunca tuvieron una verdadera relación de padre e hijo?
—Ya hay que admitir que entre los dos no hay nada que recuperar y que dentro de ese palacio hay dos fuerzas luchando para imponerse —dice Demian con su vista fija en el paisaje. —Ninguno de los dos se rendirá: tú, por orgullo; yo, por justicia —confiesa. —Tratemos de guardar las apariencias y trata de controlar a tu gente, así yo no tengo que reaccionar.
Advierte y vuelve a verlo. Louis, que miraba hacia las montañas, también voltea a ver a su hijo. Es pelirrojo, de ojos azules como él, pero su gallardía, valentía e imprudencia, eso es de su madre.
No es que nunca amó a Dayanna, es que nunca supo cómo hacerlo; era demasiado impetuosa para él. Nunca supo cómo tratarla, cómo mostrarle afecto. ¿Y qué si le dolió su muerte? Sí. ¿Que si sabe que tuvo responsabilidad? Sí, pero no… no piensa mostrar vulnerabilidad; la postura que ha mantenido en todos estos años es todo lo que le queda.
—¿Se te olvida quién es el rey? —cuestiona en un tono de voz, para sorpresa, pacífico.
—No, padre, a quien se le olvidó fue a ti… —comenta mientras da vuelta con su caballo y, antes de irse y dejarlo solo, le dice: —Creo que tú eres quien debería saber quién es el rey de la nación de Vaelkaris.
Termina de decir y cabalga con rapidez. El rey devuelve su vista hacia las montañas; debería ir tras Demian y exigirle; sin embargo, por alguna razón de sus labios brota una extraña sonrisa; por qué no lo sabe, nunca se ha dado cuenta de qué es lo que en realidad siente por su hijo; es lo mismo que pasaba con su difunta esposa.
—Al parecer tu hijo va ganando —dice y se queda contemplando el lugar por un rato más.