Continuación…
El de seguridad les indica el lugar donde se encuentra el hombre, el cual está sentado en un pequeño escritorio escribiendo lo que parece ser una carta. Sin mirar a quienes acaban de llegar, este dice…
—¿Por qué me interrumpen? ¿No ven que estoy ocupado?
Cuestiona el hombre con la mirada fija en el papel que contiene sus letras.
—Señor, aquí está…
—¿Quién puede atreverse a… —Él pausa sus palabras al reconocer a Demian. —Príncipe.
Musita y mira hacia el papel que escribía, el cual deja que sea dañado al dejar caer el tintero. Demian ve la acción y niega con la cabeza.
—Entonces sí ocultan más que una simple tala ilegal de árboles.
Comenta Demian ingresando al lugar y detrás de él Esteban. El hombre intenta fingir una calma que en aquel momento no posee.
Después de la frustración de las montañas de Friusa, este pretendía regresar a Inglaterra; sin embargo, las órdenes fueron claras: permanecer en Vaelkaris hasta que se le solicite lo contrario. Un hecho que no le agradó; quería evitar justamente este encuentro, aunque imaginaba que la persona que lo buscaría sería el rey y no el príncipe.
—Diles a tus hombres que salgan; por si no lo han notado, mi primo y yo no tenemos espadas.
El hombre los observa; luego le hace un gesto a su seguridad para que se retiren.
Antes de que Demian hable, él se adelanta y dice…
—Príncipe, hubo un malentendido, esos bandidos nos atacaron sin razón, no hay ninguna denuncia en nuestra contra —comenta nervioso.
—Exacto, eso es lo que quiero saber —dice Demian señalándolo. —¿Por qué no la hay? ¿A quién tienen dentro de la monarquía ayudándolos? ¿Acaso es mi padre? —cuestiona.
—No sé de qué está hablando, alteza. Nosotros hicimos nuestros papeleos bajo las estrictas leyes de Vaelkaris —dice con voz temblorosa.
—Claro… A ver, dime tu nombre.
El hombre se queda pensando como si se le hubiese olvidado todo sobre él.
—¿Acaso no escuchaste? ¿Cuál es tu nombre? —pregunta Esteban, quien se ha mantenido en silencio y vigilante.
—Soy Edward Jones —responde.
—Bien, inglés, qué conveniente —dice Demian caminando hacia donde el hombre estaba sentado. Ve el pale manchado de tinta. No se distingue nada; aun así lo toma y se lo pasa a Esteban. Quizás puedan identificar algo una vez que lo estudien con calma. —Esto es lo que haremos: me dirás quién es el jefe de la constructora para la cual trabajas y qué relación tiene con los dueños de la extinta minera Séfora.
El hombre abre los ojos a más no poder al escuchar el nombre de la minera y mira a todos lados nervioso.
—Bien, eso quiere decir que sí están relacionadas. Dime, ¿quién es el dueño de la constructora Green Company? —pregunta Demian con tono de exigencia.
—Alteza, usted está en un error… —dice casi tartamudeando. —Yo trabajo para una compañía con muchos inversionistas, de todos lados del mundo —comenta dubitativo. Y continúa… —Si no fuera así, no habría recursos para trabajar en una nación como esta con mucho protocolo.
Demian suelta una carcajada mientras se sienta frente a él. Cambia su rostro a uno severo y autoritario.
—Sabes que no te creemos; te recomiendo hablar o tendré que hacerlo de otra forma que no te gustará. Solo dime el nombre del nombre inglés con título noble que está detrás de la constructora. ¿Qué es un duque, conde, marqués? —cuestiona.
—¿Cómo… cómo sabe que es noble?
—Ahí está, vamos avanzando. Di el maldito nombre u ordenaré que te lleven a la horca, por cuales motivos, ninguno en particular.
El príncipe habla mirándolo con furia, mientras que este traga saliva. Antes de su salida de Inglaterra le advirtieron que si alguien le hacía preguntas de más, se abstuviera de contestar o a su regreso moriría junto con su familia. Sin embargo, ahora está en una posición en la que no sabe si es mejor caer en las manos de su jefe o las del príncipe.
Él mira a todos lados buscando algo con que terminar aquel interrogatorio donde tendrá toda la de perder. Divisa un abrecartas, intenta tomarlo, pero Demian, que lo estaba vigilando, se lo impide.
—¿Prefieres suicidarte antes de revelar información? —cuestiona cansado del interrogatorio. —¿Sabes qué?, vendrás con nosotros, no te preocupes, no te haremos daño, por el momento —advierte.
Lo toma del brazo y lo saca de la residencia a regañadientes, pasando sobre los guardias que intentan detenerlo. Esteban toma la espada de uno de ellos desprevenidos y los hace retroceder.
Interrogar al hombre no es indicio de nada, pero es lo que Demian necesitaba para avanzar.
Catleya…
—Alteza, me parece que es muy arriesgado estar aquí —habla Guilliam, el entrenador y guardia personal de Amira.
Ambos se encuentran dentro de la oficina de lo que parece una empresa clandestina.
El hombre, de unos treinta años, tez clara, ojos cafés y cabellos oscuros, intenta hacer entrar en razón a la joven empecinada en encontrar algún indicio que le diga que está en el lugar correcto.
—Solo estamos buscando información, no pasará… —Ella hace pausa para encontrar unos documentos que entiende son importantes. —¡Eureka!, esto nos puede servir —dice con una enorme sonrisa.
Guilliam pretende decir algo, pero escucha una voz en el pasillo.
—¡¿Quién está ahí?!
Exclamar al hombre que cuidaba el lugar que la princesa Amira decidió irrumpir a medianoche. La voz del hombre alertó a sus compañeros y estos fueron a su encuentro.
—Ves, se lo dije, es peligroso, lo mejor será salir de aquí —comenta, no por miedo a enfrentarse con aquellos hombres, más bien que ella pudiese salir herida. —Quédese detrás de mi alteza —le recomienda.
—Sabes que eso no sucederá.
Ellos intentan retomar el pasillo por donde entraron, pero allí son interceptados. De inmediato, Amira toma una flecha y tensa su arco, así como Gulliam desenvaina su espada.
—¿Ustedes quiénes son? ¿Por qué no se quitan esas pañoletas? —pregunta uno de los guardias mientras los apunta.
Amira lleva un jubón de cuero ajustado al cuerpo con detalles de costuras reforzadas. Destacan las hombreras de cuero rígido y un sistema de correas y hebillas metálicas que cruzan el pecho y la cintura, funcionando como un arnés para sujetar el equipo. Utiliza brazales largos del mismo material que cubren el antebrazo, esenciales para protegerse del roce de la cuerda del arco al disparar. También lleva puestas unas botas negras con una altura de cuatro centímetros. Todo en tono gris oscuro, lo que le da un aire sigiloso.
Guilliam lleva una vestimenta parecida, solo que en color marrón y, para cubrir sus rostros y evitar ser reconocidos, ambos llevan pañoletas color n***o tapando su boca y nariz.
Ellos no responden la pregunta, solo se quedan en posición hasta que decidan atacarlos. No pasa ni medio segundo cuando los de seguridad van sobre los dos confiados, ya que los superan en números.
Sin embargo, estos no se dejan; empiezan a defenderse.
Amira lanza un par de flechas que logran inhabilitar a unos cuantos guardias. Pero siguen llegando, así que con su arco comienza a golpearlos. Guilliam se mantiene atento y con su espada derriba a alguno que intenta acercarse a ella.
Después de pelear por unos cuantos minutos, ambos encuentran una brecha.
—Mira —dice ella mostrándole un gran ventanal.
Él asiente y corren hacia allá, lanzándose y rompiendo el vidrio en cientos de pedazos.
Los dos corren en dirección al bosque donde tienen escondidos sus caballos. Lo montan y cabalgan hasta que entienden que han llegado a un lugar seguro.
—Alteza, ¿está bien?
Pregunta preocupado una vez que baja del caballo y va hacia ella para asegurarse de que no esté herida.
—Guilliam, estoy bien. No te preocupes —dice ella tratando de calmarlo. —Esos de seguridad eran muy malos en su trabajo —comenta riendo.
Sin embargo, su entrenador no tiene la misma actitud. No duda de las destrezas en combate de la princesa; él la ha entrenado por dos años; además, ella tiene sus propios méritos. Aun así, no puede dejar de preocuparse y no tiene que ver con el hecho de que, si algo le pasa, él sería el responsable; es otra cosa…
—Claro que no está bien —dice casi como un reproche. —Mire, la lastimaron.
Comenta molesto al ver el rasguño en su brazo, con todas las ganas de volver y matar al que se atrevió a herirla.
—Vamos, no pasa nada. Fue cuando nos lanzamos por la ventana. Además, tú también estás herido —comentó, mostrándole su brazo. Hecho que no le importa.
—No entiendo, alteza, ¿por qué venir a las tierras fantasma? ¿Cómo sabía de ese lugar? —cuestiona en ese momento.
Cuando en la mañana le pidió que la acompañara a un sitio, no se negó, ni preguntó para qué. Solo sabía que, fuese donde ella quisiera ir, no la dejaría sola.
—Sabes cómo, leí los reportes de mi padre, los que no les entregó a Demian; asumo que sabía que si le decía que aquí hay establecido un campamento minero misterioso, él vendría de inmediato —revela.
Él suelta una risa sin ganas, mientras niega con la cabeza. No puede creer que ella se haya arriesgado por el príncipe.
—¿Cómo lo hizo usted?
—Sí, pero, a diferencia de él, yo actuaría con más cautela. Aquí murió su madre; eso lo haría estallar de ira. Esa es una parte que él casi no muestra, a menos que esté… —Ella hace silencio y se torna pensativa.
—¿Qué?, ¿acaso el príncipe es violento?, ¿él podría hacerle daño? —cuestiona angustiado.
—Tranquilo, no es esa clase de explosión ni dirigido de esa forma. No me hagas caso, yo me entiendo. Lo importante es que encontramos esto.
Comenta mientras le muestra los documentos que alcanzó a esconder antes de salir de la oficina. Son papeles que hablan de términos legales; quizás en ellos aparezca el nombre del dueño de la minera —piensa ella.
Los documentos también tienen un logo que consiste en tres montañas centrales de picos afilados con la sombra de un sol detrás de ellas. Todo rodeado por un semicírculo y debajo está escrito el nombre de la minera: Séfora.
—Sabes, esta empresa no se siente como una simple minería —dice con suspicacia. —Sí, dejó trabajar por más de dieciocho años, ¿por qué van a tener una propiedad? Y, aún peor, ¿por qué tenerlas en tierras fantasmas?
—No lo sé, pero parece muy complejo y lo mejor sería que usted no esté involucrada —sugiere con genuina preocupación.
Amira respira profundo; ama que todos la cuiden, pero detesta que crean que es una niña. Sí es joven; sin embargo, puede cuidarse muy bien.
—Guilliam, sé que te preocupas por mí y lo agradezco; no obstante, Demian será mi esposo, mi familia y mi deber es apoyarlo y cuidarlo aun cuando él no lo sepa, ¿entendido?
—Sí, Alteza —dice haciendo una reverencia.
—Bien. Ahora tenemos que ver cómo le hacemos llegar esto de forma anónima, pero sin revelar este lugar; aún no es tiempo. En tres meses nos casamos, así que no podemos desatar una guerra antes de eso.
Ella sugiere y su entrenador asiente.
Los dos vuelven a subir a los caballos y galopean a toda velocidad hacia el palacio de Catleya, esperando que nadie haya descubierto su escapada, aunque no es la primera vez que lo hace.
Aún recuerda cuando hace un año aprovechó el viaje de su hermano a Xylos para formalizar un acuerdo comercial. Catleya por el momento no está en guerra con ningún reino, por lo que tenía curiosidad de ver una batalla. Se escapó del palacio y fue a las zonas fronterizas.
Y ahí lo vio, vio a un grupo de hombres vestidos de color n***o con capuchas, los que hoy en Vaelkaris llaman encapuchados, pero sobre todo lo vio a él, a su líder. El hombre que ha inspirado su valentía.