Capítulo 11

1919 Words
Una carta más, otra que no piensa leer. Isabella sostiene entre sus manos un sobre color marfil, sellado con el símbolo personal del príncipe: una corona, seguida del grabado de un lobo con las iniciales de su nombre. No desea sumergirse en las envolventes palabras de Demian. Conoce su forma de escribir; con un simple “hola” puede hacerla volar entre las nubes. Suena cursi, pero para Isabella no. Recuerda la primera vez que leyó una de sus cartas. Absolutamente todo la enamoró en ella, desde la muy cuidada caligrafía hasta las perfectas palabras que parecían destilar miel. Él sabe cómo enredarla en sus encantos. Sin embargo, no se lo puede permitir. Tiene que mantenerse firme. Ama las historias de amor, pero aún más las historias que ha aprendido en sus estudios. Esas sí son reales, crueles y dolorosas. Durante toda la semana, a su residencia también llegaron muchos regalos, desde sus flores y bocadillos favoritos. Únicamente lo puede comparar con la primera discusión que tuvieron. Fue algo leve; no obstante, al otro día a su casa llegaron jardineros del palacio, quienes decían ser enviados por el príncipe. Él había recordado los deseos de ella de tener un hermoso jardín repleto de lavanda y peonías blancas y es lo que obtuvo. Todo fue una completa locura; ni su padre ni el ama de llaves estaban de acuerdo; aun así, nadie se interpuso. Desde ese día, la joven es la poseedora y cuidadora de un envidiable jardín. —¿Va a ir al periódico? —¿Por qué no se queda descansando, mi niña? —sugiere el ama de llaves al mirar cómo la joven se coloca su abrigo. A pesar del cambio de estación, aún el reino, sobre todo Kaldby, mantiene temperaturas bajas. Por lo que es preferible mantenerse protegidos. Isabella lleva puesto debajo del abrigo un vestido de estilo pichi marrón tierra. Presenta una cintura de estilo imperio, el cual es el sello distintivo de la moda de la época. El cuerpo es ajustado con un discreto cierre de botones frontales y cuello en “V”. Debajo del vestido, lleva una camisa blanca de lino con mangas largas y ligeramente abullonadas, lo que le da ese aspecto romántico y rústico a la vez. Su cabello está recogido en un moño bajo, dejando algunos flequillos sueltos marcando su delicado rostro. —No, Nana, lo mejor será que vaya y ocupe la mente; si me quedo aquí, solo voy a sobrepensar —le dice acercándose para darle un beso. La señora Smith asiente, aunque no cree conveniente que ella salga en estos momentos. El príncipe ha respetado el no ir a la casa, pero en cualquier espacio público donde ella se encuentre, allí podría estar él. —El amor juvenil es lo más arrebatado que puede existir —dice la mujer mayor, mientras observa cómo Isabella sale de la casa. Por su parte, la joven agradece que su padre aún esté de viaje. Se ha tomado más tiempo de lo usual; sin embargo, no se queja de que no se encuentre en la casa. Quizás tuviera que escuchar por su parte un “yo te lo advertí”, y sí que lo hizo. De hecho, la primera en hacerlo fue su madre hace quince años. Se lo dijo la última noche que la vio con vida, cuando le narró su historia favorita; le dijo que tuviese cuidado con los asuntos de la monarquía, pero ella quiso creer que con ella iba a ser diferente. —¡Aush! Isabella suelta un quejido al sentir que ha chocado con algo o… ¿Alguien? Sus cosas han caído al suelo; ella se agacha a recogerlas, ni siquiera se detiene para ver contra qué chocó. Mentalmente se reprende por andar distraída en la calle. —Lo siento —dice el caballero inclinándose para ayudar a la dama. La joven frunce el ceño; ha reconocido voz familiar para ella. Si mirarlo dice: —Esteban, ¿qué buscas cerca de mi trabajo? —reprocha. Esteban suspira. Sabe que se está tomando libertades que no le corresponden; no obstante, está cansado de ver a su primo como un alma en pena. —Sé que no quieres hablar con él, pero de verdad no la está pasando bien —dice abogando por su primo. —Deberías darle la oportunidad de que se explique antes de que partamos mañana. Demian no tiene la menor idea de que su primo tomó esa decisión por él. Después del desayuno, era él quien iba a buscarla, pero cambió de idea, asumió que incomodaría y no quiere tener más puntos en contra. Isabella siente cómo se le arruga el corazón al escuchar que su amado se va mañana a conocer a otra mujer, sean cuales sean los motivos. Sin embargo, se mantiene firme, no lo verá. Ella termina de recoger sus cosas. Se incorpora para ver a Esteban de frente. —Sé que es tu primo, no dudo que se esté sintiendo mal, pero necesito espacio por el momento. Puede que crean que es una reacción exagerada; aun así… —Sus palabras son pausadas. —No es lo que pienso; él tampoco cree eso —le exhorta con sinceridad. —Solo supuse que deberían conversar —le recomienda, pasándole las cosas que él recogió. —Quizás cuando regrese de su viaje, esté lista para hablar con él, eso si no se casa antes —dice sintiendo una punzada en el pecho. —Pero gracias por intentarlo, eres un gran amigo y primo, Esteban —le confiesa brindándole una sonrisa. El joven la observa y se da cuenta de que por el momento no hay nada que hacer, así que solo le devuelve la sonrisa y se despide. Sin agregar más para no importunar, se marcha. Isabella respira profundo, da unos cuantos pasos y entra a su trabajo. El periódico en Vaelkaris es un recurso de apenas quince años que toda Fenicia ha implementado para mantener a la población informada. Hasta el momento, las noticias son controladas; ellos viven bajo una monarquía absolutista, por lo que no todas las informaciones salen a la luz. Desde que llegó a Kaldby sabía que quería ser parte de eso, con todo y limitaciones por su género. Hay muchos que consideran que el lugar de una mujer es estar en casa, criar a los hijos y coser o cocinar. Eso no es para ella, al menos no todo. Sí le gustaría formar una familia, solo que no quiere simplemente quedarse en casa. Quiere ser como su madre. Desea poder tener el control de la narrativa, aunque no siempre puede hacerlo. El último tema en el que se interesó fue sobre “Los guerreros misteriosos”; aunque le gustaría hablar de su loable labor, por decreto no puede. Lo único positivo de dicho control es que su relación con Demian no se divulga públicamente. —¡Por Dios, Isabella! —escucha la voz chillona de su compañera de trabajo. Una joven de su edad, de tez clara, cabellos oscuros y ojos azules. Es la hija de quien dirige el periódico. —¿Quién es ese hombre? —pregunta entusiasta. —¿Es tu novio? Isabella levanta una ceja con extrañeza. Si la imprudencia tuviera una imagen, sin duda sería ella. No duda de que estuvo de fisgona mientras conversaba con Esteban. —¿Qué? No, Penélope, él no es mi novio. Solo es un amigo —le responde con voz cortante. No desea dar más explicación sobre el hombre con el que estaba hablando. Eso la podría llevar a su relación con otro hombre, la cual ella no piensa exponer. —¿Me lo presentas, por favor? —habla con tono aniñado mientras cruza sus manos. —Es muy guapo, alto y fornido. Parece un guerrero, de esos de los que estás tan obsesionada por descubrir —termina de decir mientras suspira y queda en el aire recordando al hombre que vio. Isabella revolotea sus ojos al escuchar a la joven. Nunca ha visto a Esteban con una chica; sin embargo, duda que la chillona de su compañera sea su tipo. Él es aún más callado que Demian, nunca busca destacar. Asume que le gusta estar en soledad. —¿Te interesa? —cuestiona Penélope. Isabella se encontraba ordenando su mesa de trabajo, acción que deja de hacer al escuchar la interrogante de Penélope. La reacción de la rubia es de desconcierto; ¿cómo se le ocurre sugerir tal cosa? —piensa—. Aunque considera que no debería enfadarse, igual su compañera no conoce que guarda un noviazgo con el futuro rey de Vaelkaris. Bueno, aunque eso esté en pausa. —Esteban es un amigo y, si me disculpas, tengo mucho que hacer —dice y se sienta, ignorándola. Penélope se encoge de los hombros y, dando saltos, se va a su puesto. Isabella solo puede negar con la cabeza; no cree detestar a Esteban para presentarle tal tortura —se dice a sí misma, mientras ríe en solitario. ----- Transcurre el día, su pensamiento principal: Demian. Se cargó de todo el trabajo que pudo; sin embargo, el príncipe sigue instalado en su mente con mucha fuerza. No será fácil sacarlo de ahí, por lo que le angustia los días venideros. ¿Qué hará si se concretiza el matrimonio? ¿Sí en realidad él termina enredado en su propia trampa? ¿Cómo se hará para olvidarlo? Ella tiene muchas interrogantes y muy pocas respuestas. Suspira; ya llegó la noche, no suele salir tan tarde, pero no quería llegar a su casa donde no estará haciendo más que recordarlo. —¡Isabella! ¡Espera! —la llama el director del periódico al verla dirigirse a la salida. Ella voltea para prestarle atención. —Al fin hay un retrato de uno de los encapuchados; dicen que es el líder. Le comenta, pasándole el pergamino. Observa la imagen perfectamente dibujada con tinta de carbón. No se distingue un rostro, solo facciones. La persona está de perfil; quien lo dibujó solo identificó su mandíbula, la cual tiene un surco muy atractivo, una nariz perfilada y unos rizos cayendo en su frente. Ella lo observa maravillada. No sabe qué tan real es la imagen; ellos siempre usan máscaras, pero de ser cierta es alucinante. —Sabía que te iba a gustar —habla el hombre mayor de cabello cano. —¿Quién lo hizo? —pregunta. Necesita hablar con esa persona. —Lupin, pero ya se fue. Mañana puedes hablar con él —intuyendo lo que quiere hacer la joven. Desde que se supo de los Guerreros Misteriosos, ella se ha obsesionado con el grupo. —Ya anocheció; lo mejor que vayas a casa antes de que las calles queden solitarias —le sugiere. Ella asiente. Se despiden e Isabella sale a la intemperie de la noche. Para su suerte, la luz de la luna le sirve como faro para seguir admirando el retrato. No sabe qué le inspira, pero no puede apartar la vista. Va tan sumergida que no se da cuenta de lo que hay frente a ella y choca nuevamente. —¡Oh, no, otra vez! —exclama. Sin embargo, sus cosas no calaron esta vez. Unos acogedores brazos la han sostenido, a ella y sus pertenencias. —Es muy tarde, no deberías caminar sola, ya te lo he dicho. Isabella agranda los ojos; es Demian, el príncipe, quien la sostiene. —Demian —dice con voz suave mientras su corazón galopea como caballo desbocado.
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