La brisa sopla fría, hay poca luz de la luna. Las calles están solitarias, con unos cuantos guardias que por allí patrullan, pero ahí están, sumergidos en un beso que transmite felicidad, alegría, tristeza, miedo y una verdad… una revelación que no puede esperar salir a la luz.
El príncipe está muy decidido a asumir su deber. El deber que pesa en sus hombros desde el día en que nació y que oficializó diez años atrás cuando le entregaron su anillo de príncipe heredero. Ese día sabía que tenía que prepararse para ascender al trono y tres días en Catleya se lo confirmaron. Sin embargo, esa convicción no quita su realidad, la de que tendrá que decirle a la mujer que besa que se casará con otra. Y no, no tiene la opción de irse a la cabaña a pensar. Ya no tiene tiempo.
La conversación que tuvo con su padre a su regreso es una que ya no tiene retorno. Ninguna de sus decisiones la tiene; ya no puede reversarlas.
Flashback
Demian mira a su padre con severidad, con recelo. Quizás sea cierto lo que dijo Khennel y él no sepa quién conspiró en su contra la noche que murió la reina Dayanna o simplemente ha alegado ignorancia para no verse involucrado; ya no le importa, hoy se ha dado cuenta de que debe actuar solo. Ya no puede darle el beneficio de la duda y menos si se ha dejado manipular por Fraser y su hija.
—Mostrar este tipo de actitud es una afrenta ante tu rey.
Habla el rey, mientras permanece parado detrás de su escritorio con las manos apoyadas en la mesa, lleno de ira.
—Ahí es donde te equivocas, porque no estoy ofendiendo al rey, estoy confrontando a mi padre —dice Demian frente a él con mirada imperturbable. —Con él es que quiero hablar, ¿o tengo que pedirle a Fraser y Lucinda que me den permiso para hablar contigo de ahora en adelante? —cuestiona.
—Cuidado cómo me hablas, Demian, no voy a permitir una falta de respeto hacia Lucinda y menos ahora —exige señalándolo con el dedo.
Demian suelta una carcajada sin gracia.
—¿Acaso crees que le voy a rendir pleitesía porque está embarazada de un bastardo?
Comenta sin ningún tacto y sin apartar la vista de su padre, cuyo rostro se ha tornado rojo de la furia.
—Sí, padre, tendrás que recordarle a Fraser que antes de nombrar a su nieto o, claro, nieta, como parte de la familia real, primero tendrá que casar a su hija contigo.
Continúa hablando, recordándole las reglas de la monarquía mientras se pasea por el estudio y vuelve a intervenir…
—Y aun si te llegas a casar con ella… ese hijo estará por debajo de mi heredero e incluso de Valentina y Valeria. Que no se le olvide que somos los hijos de la difunta reina Dayanna y descendientes de la familia Karlsen —dice con altivez. Un tono que solo usa cuando quiere imponer su título.
El rey se queda en silencio, porque si hay otra familia que tendría el derecho a heredar el trono de Vaelkaris, son ellos y, en cualquier versión, Demian seguiría siendo el heredero.
—Largo de mi estudio. ¡Yo decidiré a quién le doy o no un título!
Exclama con desesperación. Sabía que algún día le iba a pesar el hecho de haberse casado con la única hija de esa familia.
—Error, tú no eres quien decidirá eso; puede que nuestro régimen sea absolutista, pero aún hay tecnicismos que se pueden usar para frenarte —le advierte.
Louis tensa la mandíbula.
—¿Es amenaza?
—Sí, padre —dice sin miedo. El monarca agranda los ojos. Es como si delante de él estuviese su peor enemigo. —Sabes, hoy venía a darte el beneficio de la duda; puedes creer que el mismo Khennel quiso interceder por ti. Pero veo que tú y yo ya no tenemos retorno. Entonces eso es lo que haré: te dejaré analizar bien tus pasos esperando que tomes las mejores decisiones; de lo contrario, tendré que intervenir. Espero que lo tomes como consejo, mi rey.
Comunica y se da la vuelta para salir.
—Aún soy el soberano de Vaelkaris, tengo un ejército a mi disposición. ¿Cómo lo harías tú?
Cuestiona intentando mostrar poder. Demian se devuelve y apoya sus manos sobre el escritorio para quedar cerca de su padre.
—Padre, te juro que intento ayudarte, aunque no lo creas. Evita que le confiese a Theodor Karlsen que su hermana favorita, a la que le imploró que no se casara contigo… ¡Está muerta por tu culpa!
Grita con rabia. El rey queda atónito; es la primera vez que su hijo lo acusa directamente de la muerte de su madre.
—No me importa si no querías que pasara; tus malas decisiones son las que le arrebataron a Valentina y Valeria a su madre; ellas solo tenían un año. Así que llegaré al fondo y no me importará a quién me lleve por delante, ¿entendido?
El rey intenta decir algo más, pero las palabras no le salen. No puede pronunciar ninguna oración. Lo único que sabe es que su único hijo lo odia más que antes y que la grieta que tenía su relación terminó por romperlo todo.
Él cae sobre su asiento sin saber cuál es la primera decisión que debe tomar.
Fin del flashback
Aquella conversación ya no tiene efecto en él; de hecho, fue liberadora. Ahora sabe que no tiene que seguir siendo condescendiente con alguien que no le importa nada más que él y el poder. Ya es un peso menos que tiene que cargar. No obstante, aún le toca establecer otra plática igual de dolorosa.
—Lo siento, no debí besarte —le dice una vez que separa sus labios de ella. Pero al verla tan hermosa como siempre, tan dulce, no pudo resistirse. —Es que te extrañé.
Habla mientras tiene su rostro acunado entre sus manos y observa sus ojos brillar. Ella lo lleva a un mundo donde todo es perfecto, sin decisiones divididas, disputas con los padres, amenaza u otra mujer. Donde ella lo transporta, no está una joven de ojos color avellana irrumpiendo en su mente. Allí lo lleva Isabella.
Ella le brinda una sonrisa; también lo extraño, aunque le entristece no haberlo visto antes; eso le hubiese ahorrado muchas angustias.
—Yo también te extrañé —le dice.
—Pensé que no me ibas a dirigir la palabra; cuando me fui, estabas muy molesta.
Comenta, soltándola para verla mejor. Luce tan hermosa con su vestido verde esmeralda de mangas en forma de tulipán. Ajustado en los pechos y suelto en la parte de abajo.
—Aún lo estoy, pero puedo hacer una excepción.
Habla mientras le brinda una sonrisa, olvidándose por completo de lo que tiene contra su pecho. Aun durante el beso con Demian ella nunca apartó la carta de allí, hecho que genera curiosidad en él.
—Claro —dice con suspicacia. —Por cierto, ¿qué es lo que proteges con tanto esmero? ¿Es una carta? —cuestiona.
Isabella agranda los ojos, baja la carta e intenta restarle importancia.
—Ah, es solo una carta de un amigo.
Demian alza una ceja. Isabella es muy reservada hasta para hacer amigos y en estos momentos no recuerda ninguno.
—Amigo, ¿cuál amigo?, pensé que… —Él pausa sus palabras. No había visto bien el sobre que ella intenta ocultarle. Sobre todo, el sello. —¿Acaso es de los encapuchados?
Pregunta, tensando la mandíbula. Ella agranda los ojos.
—¿Cómo lo sabes? ¿Conoces su símbolo? —cuestiona entusiasmada.
—Isabella, por favor, no solo soy un príncipe porque es bonito el título; mi deber es saber qué es todo lo que pasa en la nación. Claro que reconozco su sello —revela.
Ella reacciona con alegría; claro que las fuerzas de inteligencia del reino tienen más información de los encapuchados que ella. Quizás por fin pueda encontrarlos.
—¡Genial!, entonces ustedes ya han investigado todo de ellos, ya saben quiénes son… —comenta emocionada, pero se detiene al recordar al padre de Demian. —Dime que tu padre no sabe quiénes son. Él sería capaz de mandarlos a encerrar —comenta preocupada.
—No, aún no se sabe quiénes son, pero quizás en algún momento lo haga —le sugiere algo molesto.
—Demian, por favor, tienes que evitar que lo hagan; ellos… son buenas personas.
—Tu fijación con ellos me sorprende, Isabella —dice sin entender por qué ella está tan persistente con ese tema. —¿Dime por qué te dieron una carta? ¿Qué dice?
—Aún no la leo. Ellos solo me quieren proteger; dicen que deje de investigarlos o saldré herida.
—Entonces no soy el único que te quiere ver a salvo. Espero que le hagas caso.
—No, yo quiero saber más de… él —musita.
—¿De él? —cuestiona él mirando a todos lados con desesperación. Es como si ella guardara algún sentimiento por el líder de aquella organización. —¿Por qué hablas como si…? Sabes que ni terminaré esa pregunta.
—Oye, ¿por qué me regañas, como niña pequeña?
—No te regaño, solo quiero que estés a salvo; ven, lo mejor será llevarte a casa —le dice tomándola de la mano para llevarla.
—Espera… —dice zafándose de su agarre. —Aún no me has dicho cómo te fue en Catleya —cuestiona.
Demian cierra los ojos con fuerza.
Claro, ahí está ella siempre tomando la delantera de los temas que debería asumir —piensa Demian.
—Ya veo, tu silencio me dice que dirás algo que no me gustará. Solo quiero que recuerdes que trabajo en un periódico, y sea cual sea la noticia, me enteraré.
Él respira profundo; ya llegó el momento, así que debe ser lo más directo posible.
—Digamos que el viaje no resultó lo que esperaba; efectivamente, me enteré a medias de la verdad sobre… —Hace silencio al sentir una punzada en el corazón. Él da unos cuantos pasos para recostarse en un muro. Ella lo sigue. —La muerte de mi madre.
—Oh, Demian, lo siento mucho —le dice tomando sus manos. —Si no dices más es porque no fue el rey de Catleya quien ordenó el ataque —cuestiona Demian; niega con la cabeza.
—No, de hecho, él también estuvo investigando y sí, me aseguré de que todo lo que me haya dado sea legítimo. Era muy amigo de mi madre y, por lo que sentí, la quería mucho —revela.
—¿Entonces tu padre…?
—Ese es otra pieza, con otro tipo de participación, dentro de un gran engranaje de mentiras, manipulación y poder.
Comenta mirando hacia la nada, sintiendo cómo vuelve a revivir todo. Isabella muerde su labio inferior mientras analiza las palabras de Demian.
—Eso suena a peligro, ¿qué harás?
—Ese es el tema, que para poder combatir lo que se avecina necesito aliados y para la alianza que necesito, yo… —Pausa nuevamente, respira profundo y voltea a verla. —Tengo que casarme con Amira.
Isabella agranda los ojos sintiendo que el mundo se le viene encima. Su amor se secará con otra mujer. No entiende nada de alianzas, amenazas ni peligro. Lo único que he entendido es que él será de otra.
Ella se comienza a alejar de él mientras camina hacia atrás. Él se levanta intentando sostenerla antes de que se lastime.
—Isabella, lo siento, no voy a intentar justificar mi decisión, tampoco puedo revelarte informaciones confidenciales. Yo… no tengo cara con qué pararme frente a ti; aun así, elegí hacerlo, no quería que te enteraras por alguien más.
Habla con honestidad. Ya no puede devolver todas las decisiones que ha tomado y no sería justo darle excusas para sentirse mejor consigo mismo. Es un hombre que debe asumir su responsabilidad.
—¿Cuándo? —pregunta; él frunce el ceño. —Tu boda, ¿cuándo será?
Pregunta mirándolo a los ojos mientras los de ella se llenan de lágrimas.
—En tres meses.
Responde empuñando sus manos.
Quisiera abrazarla, sostenerla entre sus brazos y decirle que lo espere, pero eso sería la mayor muestra de egoísmo.
—En tres meses —pronuncia. —En tres meses te casarás con una mujer que conociste en tres días. ¿Acaso te gusta?
—No, no siento nada romántico por ella, ni ella por mí. Pero, Isabella, tú que has leído tantos libros de historias debes saber que, por más que sienta en el alma, mi deber como príncipe tiene que prevalecer. Si no defiendo mi reino, ¿quién lo hará? —cuestiona reflexivo.
—Entonces este es nuestro adiós, ¿o me dirás que nos seguiremos viendo?
Pregunta sintiendo un nudo en la garganta y un fuerte dolor en el corazón. Conoce los libros de los cuales él está hablando, sabe que nunca será fácil para alguien de su título elegir. Sin embargo, eso no borra lo que está sintiendo.
—Nunca te haría eso —dice tajante. —Hacerlo te rebajaría al título de amante y tú eres una mujer maravillosa que no lo merece. Aun cuando eso me aseguraría que aún estarías conmigo —argumenta mientras cierra los ojos. —Esto me está destrozando el corazón; ni siquiera te pediré que me esperes. Desde mi condición como hombre te respetaré, pero voy a ser honesto: si tú algún día me buscas, yo no te dejaré ir.
Exhorta mientras sus ojos se fijan en los de ella, esperando que identifique que habla con sinceridad.
Isabella lo observa; el rostro de él transmite muchas cosas, pero su mente está aturdida; necesita alejarse de él para pensar con claridad.
—Yo debo irme, yo no… necesito descansar… Lo siento.
Le dice, dándose la vuelta para caminar con dirección a su casa. Demian no la detiene; no obstante, va detrás de ella, a una distancia prudente para no incomodarla, mientras se asegura de que llegue a casa sana y a salvo.
Acaba de hacer la segunda cosa más difícil desde su regreso; ahora se cuestiona qué otras cosas que lo desgarran por dentro tendrá que soportar…