Capítulo 35

1761 Words
El príncipe toma la mano de la princesa y corren hacia el interior del palacio con mucha prisa y, como si la lluvia percibiera que los dos huyen de ella, aumenta su intensidad. En medio del pasillo que conecta el patio de entrenamiento con una de las escaleras secundarias, una pareja descansa después de correr para salvaguardarse. No están molestos, parecen estar divirtiéndose con la situación. Una mirada avellana se cruza con una mirada profunda como el azul del océano. Demian suele ser tan formal, tan restrictivo para ciertas cosas, que decir que ha disfrutado correr como niño pequeño bajo la lluvia parece impropio de él. Sin embargo, lo hizo y recordó una parte de su niñez en ese gesto sencillo. Para Amira, la espontaneidad es parte de su esencia, por lo que siempre habrá espacio para bailar o, mejor dicho, correr bajo la lluvia. —Estás empapado —comenta ella mientras sacude del cabello de Demian un par de gotas de agua. —Igual tú —le dice en tono suave, llevando un mechón del cabello de ella detrás de su oreja. Demian empieza a darse cuenta de que, desde que la conoció, en su vida ha empezado una faceta totalmente nueva, una que ni sabía que podía tener. Aún no entiende cómo Amira logra sacarlo de su zona de confort a su antojo. Ni siquiera se esfuerza por hacerlo, solo lo hace siendo ella. —Chicos, ¿pero de dónde salen? Miren lo empapados que están y… —La reina madre hace silencio al ver el torso desnudo de su nieto. —Ustedes dos, ¿qué estaban haciendo? —cuestiona con mirada inquisitiva, señalándolo con el dedo. Demian y Amira se miran entre sí como si no comprendieran a qué se refiere Fátima. Hasta que logran entenderlo y se separan con rapidez. —Abuela, no pienses mal, estaba entrenando y Amira fue hasta allá a decirme algo. Aclara experimentando por primera vez lo que es el nerviosismo. —Exacto, no es nada de lo que piensa —habla ella reforzando el comentario de Demian. Fátima los observa con diversión; parecen niños tratando de ocultar alguna travesura. —Sí, claro. Entiendo que son jóvenes y quieren probar, pero no pueden andar, así como así, por todo el palacio —dice Fátima con voz de picardía. Demian la reprende con la mirada. —No me mires así, yo también fui joven y, aunque no lo creas, tu abuelo era muy guapo —comenta observando a su nieto, quien niega con la cabeza. Luego voltea a ver a Amira. —Lo mejor será que te cambies; tus padres están a punto de llegar y no queremos que vean esta escena. Sugiere guiñando un ojo. Demian solo cierra los ojos mientras piensa lo irreflexiva que puede ser su abuela a veces. Por otro lado, Amira empieza a sonrojarse. —Sí, majes… digo, sí, abuela —dice y sube corriendo las escaleras muy avergonzada sin mirar a Demian. Él piensa decirle algo, pero calla; no puede creer que su abuela decidió volverse tan directa ahora que Amira vivirá con ellos. —Abuela, tú nunca eres tan… solo no digas esas cosas frente a ella —advierte. —Lo siento, trataré de cuidar mis palabras delante de tu reina —comenta y le guiña un ojo. Fátima se va del pasillo, dejándolo solo. —¿Mi reina…? Eso suena extraño —dice pensativo mientras sube las escaleras. Hasta ahora se da cuenta de que una mujer puede llegar a ser muchas cosas para el hombre correcto; después de las tres palabras con las que describió a Amira, tendrá que agregar a su lista «reina». Pero… ¿Sí podrá llegar a hacer una? Hasta donde planificaron, su matrimonio tiene fecha de caducidad, así que quizás para cuando sea rey, su reina podría ser otra mujer o quizás la misma de siempre, la que se supone que veía como tal desde hace dos años. —¿Isabella? —cuestiona, reflexivo. Ha tenido tanto trabajo que ni siquiera se ha detenido a pensar en la posibilidad de ella después de su separación. Demian mueve la cabeza una vez que entra a su recámara y se tira en la cama. No puede estar pensando en terminar algo que aún no ha empezado. Más tarde… Después de un baño caliente, una taza de té y ropa seca, Amira se dispone a salir de su recámara repasando todos los acontecimientos recientes. Aún no puede creer que trabajará codo a codo, no solo con Demian, quien será su esposo, sino también con el líder de los encapuchados. También su mente revive la imagen del torso desnudo de su futuro esposo. Le inquieta la forma en la que él simplemente se deja notar ante ella. Es como si con ella se le olvidara el pudor y el recato. Y debido a su falta de experiencia con los hombres, no sabe si es bueno o malo. Sobre todo, cuando su matrimonio no llegará a la parte de la consumación. —¡Hey! Tus mejillas están rosadas, ¿te sientes bien? Cuestiona Demian quien también salía de su recámara. Este se acerca a la joven y pone su mano en su frente, cerciorándose de que no esté pasando por un cuadro febril. Amira queda pasmada; la acción de él la ha tomado por sorpresa. Siente sus manos sobre su frente mientras el aroma de su perfume la invade. No obstante, esta decide tomar el control de sí misma y da un paso hacia atrás. —Estoy… estoy bien, ¿por qué me tocas así? —le habla con voz de reproche, sintiendo que sus mejillas están más calientes que antes. Demian queda con las manos suspendidas en el aire y el rostro confundido. Él suelta un resoplido y actúa de manera formal. —Solo quería asegurarme de que no estés muriendo; por tu culpa nos mojamos esta mañana —dice intentando usar su tono de reproche. —Ahora es mi culpa que llueva —responde y pone sus manos en su cintura. —¿Crees que tengo el poder de controlar el clima? —En vista de que tienes el poder de meterte en tantos problemas, sí —bromea. Ella intenta reprocharle, pero Demian baja las escaleras con rapidez mientras ríe. Él nunca entenderá cómo puede pasar de un comportamiento a otro tan rápido cuando ella está. —Demian, te estoy hablando, no deberías ignorarme… —Oh, ya están vestidos —habla la reina madre, cortando las palabras de Amira. —Victoria, ¿puedes creer que hace unas horas estos dos… —Abuela —llama Demian a modo de reprimenda mientras camina hacia Victoria para darle un beso. —No la escuches, ella solo está inventando cosas. Le explica a su abuela materna, mientras intenta que el incidente de él con su torso desnudo junto a Amira no se propague. —Está bien, no lo haré —habla Victoria y, como en un susurro, le dice a Fátima. —Luego me cuentas. —Esta asiente. —Oh, querida, mira lo hermosa que estás; sin duda mi nieto es un suertudo —comenta caminando hacia Amira para darle un beso. Después de que la joven empapara su vestuario, en esta ocasión optó por un vestido para ahorrarse los reclamos de su madre por su forma tan peculiar de vestir. Ahora lleva uno largo en tono claro de hombros descubiertos con un cuello elástico y fruncido. Las mangas son largas y abullonadas, terminando en puños con volantes. Tiene un corpiño tipo corsé color marrón ceñido a la cintura con detalles de cordones cruzados en la parte delantera para ajustar la silueta. La parte inferior tiene una caída fluida con un amplio volante en la parte baja que aporta movimiento. —Gracias, señora… —Amira detiene sus palabras cuando Victoria le hace gesto de no llamarla así. —Digo, abuela —termina diciendo. La interacción de Amira con sus abuelas es otra de las cosas que tiene a Demian sorprendido. Por tantos años ha visto las malas formas de tratarse entre los miembros de la realeza que ver aquello parece inusual. Aunque todo cambia cuando su padre y su otra familia están en el mismo lugar. —¿Ninguna de las dos dirá que soy guapo y que ella es una suertuda por tenerme? —comenta Demian fingiendo estar ofendido. Ambas mujeres mayores hacen un ademán de no hacerle caso. —La mitad de las féminas de Fenicia lo saben, ¿para qué quieres inflar más tu ego? —comenta Fátima. Amira trata de ocultar su risa. —Creo que deberíamos aprovechar la llegada de la familia de Amira para emparejar a su hermana con Esteban —sugiere Fátima. —Bueno, quizás no sea buena idea. Mi hermana está decidida a entrar al convento. Expresa Amira, pensando que hubiese sido buena idea ver a su hermana con el otro de los primos Karlsen. —¿Al convento?, pero qué desperdicio… —Habla con cierto desconcierto. —Abuela —Demian la reprende por su comentario. —¿Qué? Vamos, soy una mujer de fe, pero soy honesta. Si la chica es tan hermosa como la hermana, ¿para qué ir al convento? Todos ríen por las ocurrencias de Fátima hasta que llega Esteban y todos voltean a verle. Él mira a todos lados como si buscara a la persona que ellos observan. —¿Qué pasa? ¿Por qué todos me ven de esa forma? —cuestiona. —Esteban, no soy tu abuela de sangre, pero es como si lo fuera y me preocupo por ti. ¿Cuándo nos presentarás una esposa? Él agranda los ojos a más no poder. Para su suerte, no tiene que responder aquella pregunta. Uno de los sirvientes anuncia que el cortejo de la familia real de Catleya acaba de llegar. Ellos agradecen y caminan hacia la entrada. Detrás de ello se escuchan los pasos del rey, el cual no puede dejar sus obligaciones de monarca al no recibir a sus nuevos huéspedes. Demian voltea para verlos, sobre todo a Fraser; aún recuerda la forma en la que Amira se enteró de su viaje a Londres. Eso quiere decir que ya el ministro se está movilizando a su gente dentro del palacio y eso lo tiene que cortar de raíz. Sin embargo, por el momento se concentrará en recibir a sus suegros. Si él piensa que voy a tolerar que me haga sentir acorralado en mi propio palacio, se equivoca. Su significancia para mí es menor que la de cualquier sirviente —piensa Demian.
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