capítulo:Tú no me conoces

1429 Words
—Hablemos, por favor— le suplica al verla estática. Ella lo volteó a mirar con su frente en alto y lo miró directamente a los ojos. —¡Infeliz, déjala en paz!— Maggie le lanzó una mirada asesina. —Por favor, Sofía, hablemos. Si quieres gritarme, hazlo. Estás en todo tu derecho, mi amor, pero por favor, dame 5 minutos de tu tiempo, cariño—. La tomó de la mano y Sofía se soltó de su agarre de manera disimulada mientras Leonardo estaba observando detenidamente. —No, amiga, no hables con él— pidió Maggie sin dejar de mirarlo con enojo. —¿Me arrodillo?— preguntó Antonio a Sofía. Entonces, ella recordó que su jefe estaba ahí, por lo que no quería un espectáculo. —Vamos a otro lugar— dijo Sofía, y Maggie se enojó aún más. —¿De verdad vas a ir con ese idiota después de lo que te hizo? —Maggie, baja la voz. Prometo que no tardaré. Confía en mí— pidió, y Maggie mordió su lengua para no maldecir a Antonio. Sofía y Antonio se marcharon a la parte trasera del lugar, donde había un pequeño jardín. —¿A dónde vas?— preguntó Lucifero. —Quiero estar solo— respondió Leonardo y se marchó. Maggie miró hacia donde estaba Lucifero y achicó sus ojos. Él la fulminó con la mirada, por lo que ella prefirió ignorarlo. —¿Qué carajos quieres, Antonio?— preguntó, cruzándose de brazos. —Mi amor… te he estado llamando—. Se fue a acercar a ella, pero de inmediato Sofía reaccionó, poniendo sus manos en el pecho de su ex y dando un leve empujón. —¡No te acerques, Antonio!— lo señaló. —Cariño… me estoy volviendo loco sin ti —¡Sofía! ¡Mi nombre es Sofía Mangano! No necesito que vengas con tu falso arrepentimiento, Antonio, porque bien que lo estabas disfrutando con esa zorra —Sofía, perdóname. Te lo pido—. Intentó acercarse nuevamente. —¡A un metro, Antonio! Has destruido mi corazón. Te amaba y me has engañado. Tú eras todo para mí —¡¡Y tú eres todo para mí!!— espetó, y la vio llorar. —¡¡Cállate!! Si… acepté venir a hablar contigo es para que me dejes en paz, para dejarte claro que no vamos a regresar. No tengo nada más que decir—. Se iba a ir, pero Antonio la tomó de la mano. —No me dejes solo, mi amor. Yo te necesito. Perdona lo idiota que fui. Ella no significa nada en mi vida. Tú sí, Sofía. Eres la mujer que amo, con la que me quiero casar. Yo lo lamento… Nunca te había fallado. Lo juro—. Hizo su show de hombre sufrido. —Esa chica llegó… Siento que fue una trampa de ella y mi secretaria. Esa mujer me empezó a seducir y yo… caí como un imbécil —Dime una cosa, Antonio—. Ella pasó saliva y sintió su corazón dolorido. Incluso sus manos empezaron a temblar. —Lo que tú quieras… —¿Por qué estabas realmente conmigo? Nunca me presentaste ante los medios. Nunca me habías llevado a tu empresa, y me decías que no podía visitarte. Y cada vez… que teníamos intimidad… ni siquiera lo disfrutabas. ¿Para qué mentir tanto? ¿Para qué tantas malditas promesas? —Sofía, solo no era el momento de anunciar nuestra relación. Siempre quise lo mejor para ti… No quería que te sintieras acosada por los medios de comunicación. Por favor, cariño. Mi familia te adora. ¿Dime qué diablos hago para que me perdones, mi amor? —Eres un vil mentiroso—. La mirada de Sofía es dolorosa y retrocede, no quiere permanecer más tiempo con Antonio. —No me vuelvas a buscar nunca— espetó. —¡No! ¡No te vayas, Sofía!— Se acercó y la tomó del brazo derecho. —¡Suéltame!— Le ordenó, sintiendo debilidad. —No, no te pienso dejar ir. No puedes condenarme por un pequeño error —¡Suéltame, Antonio!— Alzó su voz. —¡Tú vienes conmigo! ¡Lo nuestro aún no ha acabado! —¡Suéltala!— Tanto Antonio como Sofía buscaron aquella voz que ordenó con determinación, y al ver a alguien salir entre las sombras, se quedó estupefacta. Era Leonardo quien caminaba calmadamente hacia ellos, pero cada paso era firme mientras fumaba un cigarrillo sin dejar de mirar a Sofía. —¡Señor Di Nápoli, esto no es asunto suyo!— Antonio se irritó por la interrupción y más porque odia a Leonardo. —¡No te lo vuelvo a repetir!— Su orden era clara, y Antonio tensó su mandíbula. No podía hacer enojar más a Leonardo. Podía cambiar de opinión sobre los tres días y luego pasar a nada. Sofía estaba asombrada. No lo comprendía. No entendía por qué su jefe apareció de la nada y por qué Antonio le obedecía. —Sofía es mi mujer y solo estamos arreglando inconvenientes de pareja. Le pido por favor que se retire —¡Sofía, ven aquí!— Leonardo dirigió su voz a ella, y la cual sintió un escalofrío recorrer su cuerpo. —¿Qué mierdas está pasando aquí?— Antonio no lo comprendía y miró a Sofía con reclamo, sintiendo celos al ver cómo ella miraba a Leonardo. —¡No va a ir a ningún lado!— La tomó de la mano. —Usted no tiene nada que hacer aquí, señor Di Nápoli. Sofía es mi prometida. Nos vamos a casar. Nos amamos. Así que no intervenga Sin embargo, Sofía no dejaba de mirar a Leonardo, y él a ella. ¿Por qué? Era inexplicable esa necesidad de mirarse. Aunque Di Nápoli necesitaba saber si ella realmente se iba a casar, y más con Antonio, que literalmente lo detestaba. Ella no podía pronunciar palabra alguna. Sentía un nudo en su garganta. Antonio se sulfuró porque ella no dejaba de mirar a Leonardo, así que lo que hizo fue besarla. No podía darse el lujo de perderla, aunque sabía que Leonardo jamás se fijaría en una mujer como ella sin gracia. Pero se quería asegurar. Leonardo, al ver cómo Antonio besaba a Sofía, dejó caer el cigarrillo sobre el piso de pasto y luego se acercó a la pareja, ya que se percató de que era un beso forzado y no lo entendía, porque se estaba metiendo en un asunto que no le concernía. —¡Te lo advertí!— Sin pensarlo dos veces, los separó. —¡No te metas, Di Nápoli! —¡Ni tú ni nadie me da órdenes, hijo de puta!— Leonardo le propinó un puño a Antonio en el labio, haciéndolo sangrar. —¿¡Por qué mierda te crees con el derecho de meterte en este asunto!?— Le fue a corresponder el golpe, pero Antonio ni siquiera lo alcanzó a tocar. —¿Qué te pasa, Antonio? ¿Te crees tan hombre y no eres capaz de dar un golpe preciso?— Se burló Leonardo y le volvió a propinar un puño, haciéndolo tambalear. —No, no le pegues más, por favor—. A Sofía no le gustaba la violencia. —¡Qué tonta eres! Este pedazo de mierda te fue infiel y aún así lo defiendes—. Ella se quedó estática. ¿Cómo lo supo? Se lo preguntó. —Peor es lo que tú eres, maldito infeliz—. Antonio sacó todo su veneno, olvidando quién era Leonardo Di Nápoli. —No sabes cuánto disfruto esto—. Le dio una patada en el estómago, dejándolo sin aire. —¡Señor, no más, por favor!— Sofía se exaltó, y Lucifero, quien estaba preocupado por su amigo, lo buscó por lado y lado hasta que lo vio de pie, mirando a Antonio con furia letal. —Jefe, vamos, por favor—. Lucifero le susurró. —No puede haber escándalo, por favor Sofía se acercó a Antonio al verlo consciente y se preocupó. —¡Estás loco!— Le gritó a su jefe. —¿Cómo puedes tener tanta maldad en tu corazón? —Él se lo merece— respondió Leonardo. —Vamos, no podemos seguir aquí. Nos están esperando—. Lucifero quería llevarse a su jefe. —Tú no me conoces, Sofía Mangano. No vuelvas a mi casa. No te quiero volver a ver. Eres débil y detesto a la gente débil—. La miró con desprecio.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD