Horas después, Cami encontró a Dorian frente a las puertas corredizas de vidrio que daban al jardín. Ahora envuelta en una sábana de su cama, se acercó sigilosamente y deslizó sus brazos alrededor de su cintura. Él se sobresaltó, como si no la hubiera oído entrar, y ella sonrió contra su espalda. —No volviste a la cama —murmuró. Dorian levantó un brazo por detrás y la sostuvo contra él por un breve momento antes de girarse para mirarla. Cuando vio su rostro, ella dejó de sonreír. —¿Qué pasa? ¿Ocurrió algo? —Nada importante. Solo algunas noticias inesperadas —dijo Dorian. Inclinándose, la levantó en sus brazos y comenzó a subir las escaleras. —Vamos, es tarde. Subiendo los escalones de tres en tres, cerró la puerta de un puntapié tras de sí y la depositó en la cama. —Puedes hablar co

