Ella llevaba el vestido de encaje blanco que Dorian había visto exhibido en la vitrina de una boutique del Night Mall, de camino a casa tras una reunión con su abogado. Algo en el vestido recatado hasta la rodilla, junto con su naturaleza reveladora, le había hecho pensar en Camille. Tal vez era la inocencia de su dulce sonrisa y la sensualidad oscura que emergía en ella. No parecía ser consciente en lo más mínimo del impacto de su vestido ni de los tentadores destellos de piel dorada que dejaba entrever. Su mirada, cuando no estaba en los cuadros que adornaban las paredes, estaba en él. —Me dijiste que había un Renoir aquí —le recordó, con los ojos puestos en la gran escalera al final del pasillo—. En uno de los dormitorios. —Ah, un dormitorio. Por supuesto, ¿por qué no lo dijiste ante

