NORA Estaba tirada en el sofá, viendo esa película que tanto me tenía enganchada, cuando le dije a Marco sin despegar los ojos de la pantalla: —Ey, en serio, tienes que ver esto conmigo, está buenísima. Él ni me miró, seguía con su computadora. —Dame cinco minutos —me dijo. —Eso dijiste hace quince. —Ahora sí, lo prometo. —Bueno… te espero —le dije, cruzada de brazos pero sonriendo, porque ya lo conocía. Pasaron como siete minutos, no cinco, y por fin se vino a sentar al lado mío. Le di play de nuevo justo donde la había pausado. Era una película de terror. Una hora después, tuve que parar todo para explicarle quién era quién y qué carajos estaba pasando. El protagonista andaba metido en esa ciudad maldita, donde las mujeres no podían entrar por un mes. Todo porque estaba buscando

