NORA Justo cuando estaba por irme a almorzar, se abrió la puerta del lado y apareció Marco. Como siempre. —Mi novia hermosa... —dijo—. Vámonos. Lo miré raro, frunciendo la cara, para que se notara mi confusión. —¿Cómo que nos vamos? ¿A dónde? —le pregunté. —Con mi novia, claro —contestó todo fresco. ¿¡Su novia!? ¡Madre mía! —Ah, bueno... ¿Dejo el bolso o me lo llevo? —Llévalo, que hoy se cierra todo —me dijo. —Pero... —Nada de peros, Nora. Agarra tus cosas y vámonos. —Está bien... —¡Ey! Espera... ¿dónde están mis bragas? —preguntó Marco, de lo más normal. —Son mías, no tuyas. Me las volví a poner —le contesté, levantando una ceja. —Quítatelas ya mismo y dámelas. —¿Perdón? —Desde hoy, son mías. Y a partir de ahora, quiero que andes sin calzones. —¿Estás hablando en serio?

