NORA Me pasó unas toallitas y me limpié como pude. Apenas terminé, me dijo un “acuéstate otra vez”, con ese tono que no aceptaba peros. Obedecí. Me recosté de nuevo en la mesa, abriendo las piernas bien anchas. Él arrimó su silla frente a mi v4gina que ya palpitaba con desesperación, y se sentó con toda la calma del mundo. Se quedó ahí, frente a mí, sin moverse, solo mirándome como si fuera una obra de arte. Pasaron unos cinco minutos y el silencio me empezó a incomodar. Cerré las piernas por reflejo, pero su voz me frenó: —Eh, no... ¿Por qué las cierras? Está hermoso. Tu eres hermosa. Me abrió de nuevo con sus manos grandes y me arrimó más hasta tenerme justo donde quería. Luego, sin decir nada más, hundió su boca directo en mi centro. —Mi3rda... —alcancé a decir, mientras me agarrab

