No sé qué fue lo que lo detonó exactamente. Capaz fue una mirada, un silencio, o esa maldita sensación de que aunque esté rodeado, siempre estoy solo. No lo sé. Lo único claro es que una noche cualquiera —como tantas otras donde no podía dormir— me di cuenta de algo que me perforó el pecho como un disparo: estaba dañado. Completamente roto. Desde adentro. Desde siempre. No era la primera vez que lo sentía, pero esa noche fue distinta. No me lo negué. No busqué culpar a otro. No traté de taparlo con alcohol, con odio, con violencia o con risas que no me nacían. No. Esa vez me lo tragué entero. El dolor, la verdad, el asco. Me vi. Pero antes de eso, vi a Mayra llorar. Otra vez. Ya ni me acuerdo por qué discutimos. Capaz fue una de esas peleas que empiezan por una tontería, pero que arras

