CAPITULO 24

844 Words
Desde el punto de vista de Dante En la casa de las hermanas Voss. A pesar de que no era la primera vez que entraba en aquella maldita casa, esperaba que esta fuera la última. Cada vez que tenía que tratar con León Voss, terminaba preguntándome cómo un hombre podía ser tan despreciable. Y eso que llevaba años trabajando para Cassian. Había conocido a personas capaces de cometer las peores atrocidades sin mostrar el menor remordimiento. Pero había algo particularmente repugnante en aquel hombre. No solo había ofrecido a su propia hija para saldar una deuda, sino que ahora, después de todo lo ocurrido, todavía tenía el descaro de maltratar a la única que permanecía en aquella casa. Amelia. La pequeña de las hermanas Voss. Aunque dirás que la idea de aceptar la propuesta al final era mía, si lo admito, pero también si él no hubiera dicho que nos podíamos quedar con su hija, tampoco íbamos a tener la intención de llevarnos, la regla era clara, nosotros no comercializábamos personas, mucho menos mujeres y niños, pero Moretti llevaba tiempo trabando el comercio en sus fronteras. Por lo que la idea tampoco era tan descabellada. Hasta que el Alfa descubrió que Luciana era su destinada, ahora me arrepiento de proponerle aceptar el trato. Pero ahora que estaba tratando de proteger a la menor, por la idea loca de mi Luna de ser el remplazo de su hermana. Me encontré, con que León estaba a punto de golpearla nuevamente. Y, por alguna razón que no conseguía comprender, aquello no nos gustó. Ni a mí ni a Drak, mi lobo. —Rómpele el cuello… —gruñó Drak en mi cabeza. —No podemos matarlo. —¿Y quién dijo que tenemos que matarlo? Podemos romperle unos cuantos huesos. Tuve que contener una sonrisa. Romperle el cuello era matarlo. Pero también tenía que admitir que a veces mi lobo tenía unas ideas demasiado tentadoras. Pero no estaba allí para encargarme de León Voss. Mi Alfa me había dado una orden, y como su Beta tenía que cumplirla. Aunque eso no significaba que no pudiera darle una pequeña lección al maldito desgraciado. Cuando lo vi levantar la mano contra Amelia, reaccioné antes de que pudiera tocarla. Lo sujeté y lo lancé lejos de ella. El golpe fue suficiente para dejarle claro que no volvería a permitir semejante comportamiento en mi presencia. —Nadie toca lo que le pertenece al Lobo. Había pronunciado aquellas palabras porque eran ciertas. Después de todo, Amelia estaba bajo la protección de Cassian. Sin embargo, algo en mi interior pareció incomodarse con aquella afirmación. —No me gusta —murmuró Drak. —¿Qué cosa? —Que digas que le pertenece al Alfa. Fruncí el ceño. —Está bajo su protección. —No es lo mismo. No tenía tiempo para discutir con mi propio lobo. Mucho menos cuando la pequeña Amelia parecía decidida a salir de aquella casa por su cuenta. Cuando nuestras miradas se cruzaron, experimenté una sensación extraña. No sabía cómo describirla. Había conocido a cientos de mujeres. Humanas y lobas. Algunas hermosas, otras capaces de despertar el interés de cualquier hombre con solo entrar en una habitación. Pero aquella muchacha tenía algo diferente. Sus ojos todavía estaban húmedos por las lágrimas y su rostro reflejaba una mezcla de miedo, rabia y determinación. Y aun así, había algo en ella que me atraía. Algo que no lograba comprender. Drak también lo había sentido, porque comenzó a moverse inquieto dentro de mi cabeza. —Dante… —Ni una palabra. —Pero… —He dicho que te calles. No necesitaba que mi lobo empezara con sus teorías. Teníamos una misión que cumplir y no pensaba distraerme por una humana. Por muy bonita que fuera. Observé cómo Amelia intentaba alejarse de mí. ¿Acaso pensaba que podía escapar tan fácilmente? —¿Adónde crees que vas, conejita? No respondió. Simplemente continuó avanzando, como si no me hubiera escuchado. Aquello me hizo sonreír. Definitivamente, las hermanas Voss tenían un talento especial para desafiar a hombres con los que cualquier persona sensata evitaría meterse. Luciana había conseguido volver loco a mi Alfa. Y ahora su hermana menor parecía empeñada en poner a prueba mi paciencia. —Me gusta —comentó Drak. —No te he preguntado. —Tiene carácter, ¿por qué no la besas y descubrimos si es nuestra destinada? —¿Qué? —pregunté mi lobo se ha vuelto loco. No podemos ir por ahí besando a todo mujer que nos gusta o nos llame la atención. —Claro que podemos. —respondió el muy maldito. —¡No...! No podemos perder el tiempo, ahora nosotros tenemos trabajo. La pequeña conejita aceleró el paso. Solté un suspiro. En serio, ¿por qué las mujeres de aquella familia tenían que complicarlo todo? No estaba dispuesto a perseguirla por toda la casa. Así que, con un solo movimiento, llegué hasta ella. Antes de que pudiera reaccionar, la sujeté por la cintura y la levanté del suelo, acomodándola sobre mi hombro como si fuera un saco de papas.
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