Desde el punto de vista de Cassian
Me alejé lentamente de Luciana después de asegurarme de que seguía profundamente dormida.
Mi orden de Alfa había funcionado.
Demasiado bien. Y eso no tenía sentido en lo absoluto
Me quedé de pie junto a la cama, observándola.
Su pecho subía y bajaba con tranquilidad. De vez en cuando fruncía el ceño, como si incluso dormida siguiera intentando luchar contra aquello que había escuchado dentro de su cabeza.
Había sido extraño.
Todo lo relacionado con ella era extraño.
Pero, sobre todo, había algo que no conseguía sacar de mi cabeza.
Su olor.
Hasta hacía unas horas, Luciana olía completamente a humana.
Ahora no.
Había cambiado.
Muy poco, pero lo suficiente para que Ragnar y yo pudiéramos percibirlo.
Y eso no tenía sentido.
Una humana no debería tener ese ligero rastro de lobo.
Me pasé una mano por el cabello y volví a mirar hacia ella.
Quizá necesitaba dejar de pensar en lo que no entendía y recordar algo que para mí siempre había sido normal.
Los humanos conocían muy poco de nuestra existencia.
De hecho, la mayoría ni siquiera imaginaba que podíamos estar viviendo entre ellos.
Los hombres lobos habíamos aprendido a mantenernos ocultos durante siglos.
Y no era una simple recomendación.
Era una ley.
Desde que nacíamos, nos enseñaban que estaba prohibido revelar nuestra existencia a un humano.
No importaba quién fuera.
No importaba cuánto confiáramos en esa persona.
No importaba si habíamos crecido juntos, si éramos amigos, si trabajábamos con ella o si habíamos compartido años de nuestras vidas.
Un humano no podía saber que los hombres lobos existíamos.
Nuestra supervivencia dependía de ello.
Por eso todos aprendíamos desde pequeños a controlar nuestros instintos cuando estábamos cerca de humanos.
A esconder nuestros ojos cuando cambiaban.
A controlar nuestra fuerza.
A no reaccionar con una velocidad que pudiera resultar imposible para una persona normal.
A ocultar nuestras heridas.
A vivir entre ellos sin permitir que descubrieran lo que realmente éramos.
No era difícil cuando nacías dentro de este mundo.
Aprendías las reglas antes incluso de comprender por qué existían.
Pero había una excepción.
Una sola.
Los destinados.
Un hombre lobo podía encontrar a su pareja destinada en cualquier momento de su vida.
Y esa persona podía ser humana.
Cuando eso ocurría, el humano tenía derecho a conocer la verdad.
Era la única excepción a la regla de nuestro secreto.
El destinado podía saber que su pareja era un hombre lobo.
Podía conocer nuestra existencia.
Podía incluso entrar en nuestro mundo.
Pero eso no significaba que estuviera obligado a convertirse en uno de nosotros.
Esa decisión era completamente diferente.
Un destinado humano podía permanecer humano durante toda su vida.
Y muchos lo hacían.
No era una decisión fácil, pero tampoco era algo que pudiéramos decidir por ellos.
Si una pareja destinada elegía permanecer humana, nosotros teníamos que respetarlo.
Eso significaba aceptar que nuestro tiempo juntos sería diferente.
Porque los hombres lobos no envejecíamos como los humanos.
Llegábamos a cierta edad y nuestro cuerpo dejaba de mostrar el paso del tiempo de la misma manera.
Mi Nonna era el ejemplo perfecto.
Podía aparentar alrededor de sesenta años.
Pero tenía más de cien.
Muchos más de los que cualquiera imaginaría al verla.
Mi padre también llevaba décadas sin envejecer de la forma en que lo hacía un humano.
Y no eran casos excepcionales.
Era parte de nuestra naturaleza.
Nuestra longevidad era una de las mayores diferencias entre nosotros y los humanos.
También estaba nuestra resistencia.
No enfermábamos con la misma facilidad.
Nuestro cuerpo podía combatir enfermedades que para los humanos podían resultar graves o incluso mortales.
Podíamos recuperarnos de heridas que dejarían a una persona normal al borde de la muerte.
Pero eso no significaba que fuéramos invencibles.
Solo significaba que nuestro organismo funcionaba de otra manera.
Y esa diferencia había hecho que, con el paso de los siglos, algunos hombres lobos comenzaran a estudiar las enfermedades humanas.
Sobre todo aquellos que tenían destinados humanos.
Porque amar a un humano significaba aceptar una realidad que nosotros no podíamos cambiar.
Ellos envejecían.
Nosotros no.
Ellos enfermaban.
Nosotros nunca lo hacíamos.
Y, tarde o temprano, esa diferencia podía convertirse en una condena para la persona que amábamos.
Por eso muchos hombres lobos dedicaron años a crear fórmulas y medicamentos capaces de tratar enfermedades humanas.
Porque una vez mas no todos nuestros destinados aceptaban convertirse.
Algunos querían conservar su vida humana.
Querían seguir siendo quienes eran.
Y nosotros no podíamos obligarlos a renunciar a eso.
Así que nuestros científicos y nuestros hombres más preparados buscaron otras soluciones.
Medicamentos para enfermedades que los humanos consideraban mortales.
Tratamientos que permitieran a nuestros destinados continuar siendo humanos sin que una enfermedad terminara separándolos de nosotros antes de tiempo.
Durante generaciones, ese conocimiento se mantuvo oculto.
Los humanos podían beneficiarse de esos avances sin saber de dónde habían surgido realmente.
Era una de las maneras en las que habíamos aprendido a convivir con ellos sin revelar nuestro secreto.
Pero entonces estaba la otra posibilidad...