CAPITULO 11

1042 Words
Desde el punto de vista de Lucy Dante apenas me vio se levantó, y mientras se acercaba a mí, sonreía, con esa sonrisa que decía que estaba en problemas. —No sé si eres astuta o eres estúpida gatita. —dijo Dante ya completamente frente a mí. —Astuta por drogar a tu padre. Pero estúpida por intentar huir con tu hermana. —continuo. —¿Qué querías que haga Dante? ¿Quedarme de brazos cruzados mientras veía como se llevaban lo único bueno que me quedaba? —pregunté, sintiendo como las lágrimas empezaban a caer una vez más. —No tenían el derecho, solo quiero empezar de nuevo, lejos de todo esto. Ella se merece vivir Dante. —dije. —Eso no lo decides tú Gatita. —respondió Dante. —Tu hermana es el pago de tu padre. —Pero no es justo. Porque mi hermana tiene que pagar por el error de mi padre. Habla con el Lobo, dile que ella es… —Para Gatita. —me detuvo Dante. —Ahora ya no podemos hacer nada, el lobo no puede tomar ninguna decisión. —¿A qué te refieres Dante? —pregunté. —Me refiero a que el lobo ya no toma decisiones. Lo hace Moretti. —¿Quién es Moretti? —pregunté. —Es el mafioso que hace subasta con mujeres. El lobo cerró un trato con él. No hay vuelta atrás. —Como son capaces de hacer un trato con alguien que subasta mujeres. —dije. Las lágrimas fueron reemplazadas con golpes en el pecho de Dante. —¡Son unos malditos! —dije. Dante no hacía nada para detenerme. —Si yo sabía, nunca iba a hacer algo así Gatita. —Dante por fin tomo de mis manos que los golpeaban. Y con la otra mano libre hizo que lo mirara. Vi el momento exacto cuando sus ojos se desviaron a mi mejilla, justo donde aún se podía ver los dedos del hombre que me golpeo anoche. —¿Quién te hizo esto Luciana? —gruñó. —¿Quién se atrevió a ponerte una mano encima? Podía ver como estaba enojado. —Eso no tiene por qué importarte. —dije, ya demasiado decepcionada de todo. Me sequé las lágrimas que habían comenzado a caer nuevamente. Pero fue una mala idea. El dolor punzante regreso a mi mejilla. —Dime Luciana. ¿Quién fue? —No importa… —dije apretando los puños, estaba harta que se preocupara por un simple golpe, en vez de estarme ayudando para salvar a mi hermana. —Luciana… —dijo Dante. Retrocedí, poniendo la mayor distancia posible. —Dante, quiero que te vayas, si no puedes ayudarme, es mejor que te vayas. —pero las palabras salieron sin fuerza. Realmente no quería que se vaya, me sentía tan segura en sus brazos, pero él trabajaba con el hombre que se llevaría a mi hermana pequeña. —Bien, me iré. —dijo mientras retrocedía. Lo quería detener, pero sabía que entre más rápido se iba mejor. —Recuerda algo gatita, los hombre de Moretti vendrán por tu hermana a la ocho. Yo te recomiendo que pases todo el tiempo que puedas con ella. —dijo mientras se giraba. —Haz recuerdos con ella, porque será la última vez que la veas. Mi corazón sangró por sus palabras. —Espera Dante. —dije. Él se detuvo en secó, sin girarse. Tenía que confirmar algo. —No serán los hombres del lobo quienes vendrán por ella. —pregunté. Solo esperaba que no se notara la desesperación en mi voz. —Ya te dije. El lobo ya no tiene nada que ver con esto, Moretti es quien se hará cargo de todo. —y por fin volvió a mirarme. —No te metas en más problemas Gatita. —Una última cosa. ¿Todos los hombres que están vigilando, son del Lobo o de Moretti? —tenía que tener todos los datos. —Son del lobo. ¿Por qué? —preguntó Dante. —¿Puedes llevártelos? —pregunté. Había una última cosa que podía hacer para salvar a mi hermana. Pero primero necesitaba que nadie me reconociera. —Si total, ahora mi hermana es responsabilidad de Moretti. —dije. —Con una condición. —dijo Dante. —Dime quien te lastimo. Con un suspiro. Respondí. —No sé. —me sincere. —Pero fue unos de los hombres que nos interceptaron anoche mientras intentábamos escapar. Pero estoy segura que le rompí la nariz a uno y a otro lo deje sin descendencia. —dije, por que teóricamente era eso lo que pasó. Un gruñido salió nuevamente de Dante. ¿Qué le pasa a este hombre con los gruñidos? —¿Y quien de los dos fue? —insistió nuevamente Dante. —Creo que fue el de la nariz rota. —admití al fin. —Bien, mis hombres y yo nos retiramos. —dijo dándose vuelta nuevamente, mientras se encaminaba a la salida. —Pero recuerda Gatita. Disfruta las últimas horas con tu hermana. Y tras esas palabras escuche la puerta siendo cerrada de un portazo. Corrí hasta las ventanas, y vi a todos los autos alejándose. ¿Qué Diablos? El acabo de salir por esa puerta. Me dirigí a la puerta, para comprobar si alguien seguía ahí. Y para mi sorpresa no había una sola alma, a parte de la mía. Cuando me estaba dirigiendo a la cocina, en busca del dichoso hielo. Escuche el timbre de la puerta. Quien sea podía esperar, en cambio mi mejilla ya no. Agarre una bolsa y me lo puse por la mejilla, el hielo fue un golpe a mi mejilla adolorida. Pero rápidamente sentí como mis músculos empezaron a aflojar y sentí un gran alivio. El timbre volvió a sonar, más fuerte esta vez y con más insistencia también. —Ya voy… —grite a quien quiera que este tras la puerta. Apenas abrí me quedé helada. ¿Qué diablos hacia Esteban aquí? —Lucy… —grito, y sin esperar a que yo dijera algo, me abrazó. —Esteban… —dije, devolviéndole el abrazo. —¿Qué haces aquí? —pregunté intentando alejarme, era mi amigo con derecho, pero no se por qué ahora no me sentía cómoda con su cercanía.
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