Jonathan sonríe ante mi comentario, tomándolo como un simple chiste, como si mis palabras no tuvieran más peso que una broma lanzada al aire en medio de un desayuno casual. Sin embargo, si él supiera la verdad que se esconde detrás de cada sílaba que pronuncio, si pudiera comprender que lo que digo no es una ocurrencia pasajera sino la confesión de una realidad profunda y desconcertante, probablemente no reiría. Si entendiera que cada palabra que sale de mis labios está impregnada de una certeza absoluta, de un cien por ciento de verdad, su sonrisa se borraría en un instante, y sus ojos se llenarían de un desconcierto imposible de disimular. Pero, por ahora, él permanece ajeno, disfrutando de la ligereza del momento, creyendo que lo que digo forma parte de un juego extraño entre nosotr

