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Su nombre siempre era una misiva que aminoraba la tensión, llamarle podía resultar una evocación a una respuesta libre de presiones. Una respuesta que nunca sería forzada. —No. –la contestación fue clara y concisa, a pesar de que dos diminutas lágrimas comenzaban a recorrer sus mejillas. Lo reiteró, con el gesto negativo de su rostro cabizbajo. Su mano asió el cerrojo de la puerta. Había retrocedido hace un instante, estando separada de Santino por más de treinta centímetros. Éste había extendido una mano hacia ella, en el momento en que se dio la vuelta, dispuesta a entrar en la casa. No la tocó y menos volvió a llamarle. Sólo se quedó allí, estúpidamente inmóvil. Ella cerró la puerta lentamente, como si los goznes pesaran más de una tonelada. Santino permanecía ido, quieto como una

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