Kaden llegó a las ocho menos diez. Diez minutos antes de lo necesario. Sus pasos, generalmente marcados por la cadencia de quien domina cada pulgada de terreno, tenían hoy una aspereza poco común. Un portazo mental, lo llamó Selene.
Tocó la puerta.
—Está abierto —respondió ella.
Cuando Kaden entró, se encontró con una estampa que, de haber sido vista por sus enemigos, habría destruido su reputación de hierro para siempre. Selene estaba en el suelo, sentada sobre las baldosas frías, rodeada de piezas de cobre, una llave inglesa y una expresión de frustración contenida que le quedaba peligrosamente bien.
Kaden se detuvo en seco. —¿Qué estás haciendo?
—Arreglando la tubería. O, al menos, eso es lo que intento. Creo que el metal se ha rebelado contra mi autoridad.
Kaden miró el pequeño charco de agua que se extendía cerca de la pared. —Eso no es una rebelión. Es una fuga. ¿Alguna vez has arreglado una tubería antes?
Selene examinó la llave inglesa como si fuera un artefacto alienígena. —Creía que sí. Hasta hace diez minutos.
Kaden soltó un suspiro, dejó caer su abrigo en una silla y se arrodilló junto a ella. El espacio se volvió repentinamente estrecho. El olor de Kaden —tormenta y cuero— envolvió a Selene, obligándola a retroceder un centímetro.
—Dame eso —ordenó, tendiendo la mano hacia la llave.
Selene se la entregó sin vacilar. Fue un gesto pequeño, una cesión de control que, por un segundo, hizo que el corazón de Kaden diera un vuelco inesperado. Él comenzó a trabajar, sus manos grandes y callosas manejando las piezas con una destreza técnica que a ella le resultó fascinante.
—Mis guardias —dijo Kaden, con la voz baja, enfocada en la tuerca metálica—. El límite norte. Nueve horas de laguna mental. ¿Cómo lo hiciste?
—Ya te lo dije. Fue una predicción —respondió ella, observando sus dedos. Había una fuerza contenida en ellos que era muy distinta a la suya, pero igual de letal.
—El "instinto Alpha" no te permite borrar recuerdos de dos veteranos de guerra, Selene. Explícame el mecanismo.
—Es difícil explicar el color a alguien que siempre ha vivido en blanco y n***o, Kaden. A veces, las cosas simplemente ocurren porque el universo decide que es el momento de que ocurran.
Kaden apretó la pieza final con un chasquido metálico. Abrió el paso del agua. Nada goteó. La reparación estaba perfecta. Se puso de pie, pero en lugar de alejarse, se quedó ahí, mirándola desde arriba.
—¿Qué otras deficiencias tienes? —preguntó, con una curiosidad que empezaba a rayar en la obsesión.
Selene soltó una carcajada suave, un sonido que le produjo a Kaden un efecto físico. —Muchas. Por ejemplo: el dinero. No lo entiendo. Antes era simple, directo. Ahora es un laberinto de tasas y valores abstractos que no tienen nada que ver con el peso de la mercancía.
Kaden la miró con intensidad. —Dijiste "antes". Otra vez. ¿Qué tan atrás, Selene?
El silencio que siguió fue distinto. No fue tenso, fue pesado. Como si el aire se hubiera saturado de siglos de secretos.
—Mucho —dijo finalmente ella—. Tanto que, si te dijera la cifra, dejarías de verme como una chica y empezarías a verme como una leyenda. Y te aseguro que los hombres como tú no saben qué hacer con las leyendas.
Kaden sintió un escalofrío. Ella no estaba bromeando.
—Lo descubriré —prometió él, con una voz que era una promesa y una advertencia—. Arreglaré esto, y arreglaré el resto de lo que ocultas.
Selene se puso de pie, quedando a centímetros de él. Por primera vez, no hubo esa distancia calculada de "no me importa". Sus ojos se encontraron, y Kaden vio en ella algo viejo, cansado, pero increíblemente hermoso.
—Gracias por la tubería —dijo ella, con suavidad—. Y por no presionar más... por hoy.
—Seguiré preguntando —respondió Kaden, retrocediendo hacia la puerta—. Y algún día me responderás.
—Tal vez —murmuró ella—. O tal vez, un día, te canses de intentar arreglar cosas que no tienen solución.
Kaden salió al aire fresco de Vael, con la llave inglesa todavía en la mano y la sensación de que, por primera vez, no era él quien tenía el control. Selene era un enigma que no necesitaba ser resuelto, sino soportado.
Y él no tenía ninguna intención de dejar de hacerlo, incluso si eso significaba romper todo lo que creía entender del mundo.