No supe en qué momento Marcos decidió que debía llevarme a una consulta médica. Supongo que fue cuando notó que mis ojos ya no enfocaban, o cuando intentó hablarme y no respondí, ni siquiera con una mirada. Me sentía tan ausente, tan sumergida en una nada helada, que no protesté cuando me ayudó a vestirme con uno de los conjuntos que habían dejado en la habitación. Ni siquiera pregunté a dónde íbamos. El trayecto en coche fue silencioso. Recuerdo haber visto los árboles a través del vidrio, como si fueran parte de una película muda. Todo se veía ajeno, como si no fuera parte de este mundo. —Llegamos —escuché la voz de Marcos, pero tardé un segundo en comprender que hablaba conmigo. Me bajó del auto con cuidado. Sus manos firmes me sostuvieron por la cintura mientras caminábamos por un l

