El silencio dentro del auto era incómodo, casi pesado. El chofer, un hombre elegante de rostro serio, me abrió la puerta trasera con una leve inclinación de cabeza. No sabía si debía agradecerle, hablar o simplemente entrar sin decir nada.
Lo hice en silencio.
—¿A dónde la llevo, señorita Ortega? —preguntó con voz grave mientras ajustaba el retrovisor para observarme.
Apreté la bolsa con el dinero contra mi pecho, todavía no terminaba de asimilarlo. Quinientos mil dólares. Quinientos mil por... mi cuerpo.
Tragué saliva con dificultad y respondí:
—Al banco, por favor. Debo hacer un depósito urgente.
El hombre asintió y arrancó. A través de la ventanilla veía cómo la ciudad seguía viva, indiferente a mi historia, a mi sacrificio. Nadie tenía idea de que acababa de vender algo que no se recupera jamás.
Pero no había espacio para lágrimas ahora. No cuando mi hermano me necesitaba.
El banco estaba tranquilo, con su aire acondicionado helado y sus luces blancas brillando como una cruel ironía. Me sentía fuera de lugar con ese vestido blanco floreado, como si el mundo supiera que ya no era la misma.
—¿Va a depositar o retirar? —me preguntó la cajera con una sonrisa mecánica.
—Depositar. Trescientos mil dólares —dije, y vi cómo sus ojos se agrandaban un poco antes de recomponerse.
Le entregué el fajo cuidadosamente doblado y firmé los papeles. Ya era oficial. Trescientos mil para asegurar el futuro de mi hermano. Con eso podríamos pagar todas nuestras deudas, evitar que perdieran la casa, que lo marcaran como un delincuente para siempre.
Salí del banco con la sensación de que algo pesado me abandonaba el pecho… pero otro peso, más interno, se quedaba conmigo.
—A la comisaría central, por favor —dije al chofer al volver al auto.
La fianza era de doscientos mil. Aún me dolía pensarlo, pero no podía arriesgarme a que pasaran más días. Mi hermano no sobreviviría allí. No con lo frágil que siempre había sido.
La comisaría olía a sudor, a humo, a desesperanza. Mostré los documentos, presenté el comprobante de pago y firmé todo lo que me pusieron por delante.
Después de una eternidad, un oficial apareció detrás de la reja con una expresión indiferente.
—Isabella Ortega —dijo, y mi corazón dio un salto al escuchar su voz—. Viene a buscar a su hermano, ¿cierto? Saldrá en unos minutos.
Esperé de pie, conteniendo la respiración. Y entonces lo vi.
Su rostro pálido, las ojeras hundidas, el cabello alborotado y los hombros encogidos. Parecía más joven de lo que era, roto, confundido. Cuando me vio, su boca tembló.
—Isa...
—Estoy aquí —corrí hacia él y lo abracé con fuerza.
Sintió mi perfume, el temblor en mis brazos. Me abrazó como cuando era niño y tenía miedo a las tormentas.
—Perdón —murmuró.
—No, no digas eso —le acaricié el cabello—. Ya está, ya pasó. Vamos a casa.
El chofer nos llevó hasta el vecindario. Daniel se quedó dormido durante el trayecto, apoyado en mi hombro. Me quedé mirándolo en silencio, recordando todo lo que había hecho por él desde que éramos pequeños, cuando mamá murió y papá simplemente desapareció.
—Gracias —le dije al chofer mientras bajábamos.
—El señor Richardi pidió que me asegurara de que llegara bien. Tiene instrucciones de llamarlo si necesita algo más.
Me quedé quieta. ¿Marcos había dicho eso?
Asentí, sin palabras. Mientras ayudaba a mi hermano a entrar en casa, una pequeña parte de mí no sabía qué pensar de aquel hombre. ¿Frialdad o cuidado? ¿Dueño o protector?
Esa noche no dormí. Observé a Matias respirar tranquilo, y por primera vez en mucho tiempo, tuve una certeza: hice lo correcto.
A la mañana siguiente, después de preparar algo de desayuno, salí a caminar. Necesitaba aire. Terminé frente a la verja oxidada de la señora Bortot. Dudé unos segundos antes de tocar.
—¡Isabella! —exclamó al verme—. ¿Cómo estás, muchacha?
—Vine a agradecerle... por todo. Mi hermano ya está libre. Pagué todo, gracias a lo que usted me dijo.
Ella me miró con ternura, aunque también con ese dejo de sabiduría que sólo dan los años.
—¿Y ahora qué harás?
—No quiero quedarme sentada esperando que el dinero se acabe. ¿Tiene algún trabajo para mí? Camarera, limpieza, lo que sea. Puedo trabajar en las noches, mientras cuido a Matias en el día.
La mujer entrecerró los ojos y luego sonrió de lado.
—Tengo un puesto en el hotel que manejo en las noches. Habitaciones, turnos tranquilos. Es tuyo si lo quieres.
—Lo quiero —respondí sin dudar.
Mi primera noche fue extrañamente tranquila. Limpiar, ordenar habitaciones, revisar minibares. Era agotador, pero reconfortante. Era trabajo honesto. Ganado con esfuerzo.
Esa noche, mientras recogía mi bolso para marcharme, sentí pasos detrás de mí. Me giré y lo vi.
Marcos Richardi.
Vestido de n***o, impecable, parado frente a mí con la misma mirada imponente de siempre.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, cruzando los brazos.
Me quedé congelada.
—Trabajo. Soy camarera nocturna. No vine a buscarlo, si eso cree.
Su mandíbula se tensó.
—No me gusta que andes sola de noche, ni que trabajes aqui, te si suficiente dinero.
—¿Y a usted qué le importa? —contesté, sin saber de dónde sacaba el valor.
Se acercó más, demasiado.
—Después de lo que compartimos, no puedo simplemente ignorar que estás aquí. Lo que pasó entre nosotros... no fue cualquier cosa.
Mi corazón se aceleró.
—Fue un trato, se suponía que solo querías una noche.
—Y aún así me sigues en la cabeza.
No supe qué decir. Mi cuerpo lo recordaba, y odiaba admitirlo. Pero ahí estaba, otra vez.
Marcos dio un paso atrás, respiró hondo y dijo:
—Te llevaré a casa.
Esta vez no discutí.
Y mientras caminábamos hacia su auto, supe que mi historia con Marcos Richardi no había terminado.
Había comenzado.