Lucía lo escuchaba con el corazón desbocado. Su voz era profunda, de esas que podían ser tan suaves como un rezo o tan terribles como una amenaza. —No diga eso —susurró ella—. No puede hablarme así. Yo no le he hecho nada. —Exacto —replicó él, mirándola con intensidad—. No me has hecho nada, y aun así lo has hecho todo. Has roto mi paz, Lucía Mancini. Has trastocado el orden del infierno. Ella retrocedió un poco más. —Está… está loco. El Diablo sonrió, sin humor. —Eso me han dicho muchas veces. Pero tú… tú eres la única razón por la que quiero entenderlo. El silencio se estiró entre ellos como un hilo tenso. Desde las ventanas, el anochecer comenzaba a asomar imponentemente, tiñendo los muros de penumbra y oscuridad. El contraste era tan violento que Lucía sintió que la casa entera

