Papá llegó a las diez. Lo supe antes de que abriera la puerta porque escuché el ascensor. No el sonido habitual suave, sino el ruido de pasos pesados en el rellano. Pasos que no eran suyos. Me levanté del sofá, bajando el volumen de la tele. La cerradura giró (tres vueltas, siempre tres vueltas, una manía que yo pensaba que era por la edad) y la puerta se abrió. Primero entró Marco, el jefe de seguridad. Un armario de dos metros que huele a tabaco frío. Echó un vistazo rápido al salón, vio que solo estaba yo con mi pijama de cuadros y asintió hacia el pasillo. —Todo despejado, Don Rodrigo. Y entonces entró papá. —¡Lucía! —Su cara se iluminó al verme, pero la sonrisa no le llegó a los ojos. Soltó el maletín en el suelo como si llevara piedras dentro—. Principessa, perdona las horas. M

