Si alguien me hubiera dicho hace dos días que estaría cruzando Nápoles en una moto a ciento veinte por hora, agarrada a la cintura del jefe de la mafia local y con el rímel corrido, me habría reído en su cara. O le habría demandado por calumnias. Pero ahí estaba. El viento me golpeaba, pero la espalda de Dante cortaba el aire delante de mí. Me pegué más a él. No por romanticismo, sino por supervivencia. Su chaqueta de cuero estaba fría, pero él irradiaba calor. Un calor sólido, peligroso. Frenamos en seco en Via Cesare Sersale. L'Antica Pizzeria Da Michele. El templo. Había una cola que daba la vuelta a la manzana. Turistas japoneses con cámaras, parejas americanas leyendo la guía Lonely Planet, locales gritando. El olor a leña quemada y a salsa de tomate San Marzano flotaba en el ai

