Lo siguiente que supo Janice fue que la habían lanzado en el aire y su cara estaba acurrucada en la curva del grueso cuello de Trig. Olía a sudor fresco y al olor oscuro que era exclusivo de él. —Te tengo—, dijo, abrazándola cerca. —Estarás bien.— Ella respiró hondo y fue consciente de que él cruzaba el apartamento. Cuando él atravesó su dormitorio hacia el baño, ella abrió los ojos y estaba más consciente. Sin embargo, su corazón todavía latía con fuerza, le dolían las nalgas y estaba húmeda, prácticamente goteando entre sus piernas. —¿Puedes pararte?— —Creo que sí.— Ella hizo una pausa. —Voy a tratar de.— Él puso sus pies en el suelo junto al lavabo y la sujetó firmemente mientras ella encontraba el equilibrio. Por un momento, miró fijamente su tambaleante reflejo y sus ojos recupe

