La tarde cayó como un telón pesado sobre la Hondada. La tensión se respiraba incluso en el aire, tan densa que parecía haber oscurecido el paisaje antes de que el sol realmente se escondiera. Catalina caminaba por el pasillo con pasos cortos y temblorosos, incapaz de pensar con claridad desde que había visto el pendiente de su madre sobre la mesa. Aquel pequeño aro dorado había abierto una herida que creía cerrada… y le recordó que Don Emilio ya no era solo un fantasma del pasado, sino un depredador que había marcado territorio. Laura iba muy pegada a ella, como si temiera que al soltarla desapareciera también. Ese miedo era compartido. Evan y Vicente discutían con Monroy en la sala de armas que Jaime había habilitado improvisadamente en el sótano. A pesar de sus hostilidades anteriores

