(Unas horas antes del enfretamiento) La tarde caía sobre La Hondada como una sábana tibia teñida de naranja. Era una calma engañosa, de esas que anteceden a la tormenta más peligrosa. Catalina no lo sabía aún, pero esa noche su destino iba a cambiar para siempre. Llevaba más de una hora acostada sobre su cama, incapaz de evitar que su mente repitiera una y otra vez el beso que Evan le había dado esa tarde. Ese beso. Esa detonación inesperada. Ese incendio que la tomó desprevenida. Catalina cerró los ojos y se presionó los labios con las yemas de los dedos. Cada vez que intentaba olvidarlo, la escena aparecía más viva: la humedad del huerto, la risa de Evan mientras la empapaba con la manguera, la cercanía peligrosa cuando la tomó por la cintura. Y luego… ese instante suspendido donde

