El salón estaba repleto de luces doradas, candelabros suspendidos y un aroma suave a gardenias recién cortadas. Era un ambiente lujoso, casi celestial, pero Vicente apenas lo percibía. Su mirada se movía como una brújula alterada, buscando entre los rostros de la élite bogotana, tratando de encontrar aunque fuera un pequeño indicio de Catalina. Su Catalina. El corazón le latía como si quisiera escaparle del pecho. Cada mujer con cabello castaño lo hacía girar. Cada risa suave lo estremecía. Cada silueta femenina lo hacía contener el aliento. Pero nada. Nada parecido a ella. Y aun así, algo en su pecho ardía. Una corazonada. Una intuición terca, casi salvaje. Catalina había estado allí. Él lo sabía. A solo unos metros de distancia, Don Emilio Beltrán levantaba una copa de vino tinto

