Los ojos de Catalina se abrieron enormes cuando desde la ventanilla del carro se comenzó a divisar el mar, una gran masa azul al fondo de aquella calle la mantenía expectante y casi sin pestañear. El chofer se detuvo justo en frente de la playa, en unos aparcaderos municipales, Catalina miró a Nora quien tenía la boca abierta y luego a Laura quién no paraba de dar pequeños saltitos en su puesto. -Hemos llegado señoritas- dijo Emilio volteando hacia atrás, la sonrisa de Catalina se hizo aún más enorme y juntó sus manos sobre su pecho. -¿Podemos bajar ya?- preguntó la pequeña Laura. -Por supuesto, vayan y diviértanse. Lo que sí, si no saben nadar no se alejen de la orilla, yo las estaré observando- y como si aquello hubiese sido una gran luz verde, las 3 niñas salieron disparadas hacia

