Aunque no era mujer de grandes aspiraciones, más allá que de formar una familia y vivir el resto de su vida con un buen marido, que la respetase, amase y cuidase. Sin embargo, tenía capacidad para eso y mucho más, y fui yo quien estuvo tirando de ella para que sacase partido a lo que tenía y juntos pusimos una pequeña empresa de consultoría. Mis conocimientos de filosofía y psicología los aplicaba para resolver los casos, así atendía a las personas en un despacho los escuchaba y después de pensármelo les daba una solución; me había convertido en un orientador profesional, que igual resolvía problemas personales de salud mental, que temas de convivencia con los vecinos o hijos. A todas y cada una de mis sesiones de terapia acudía mi mujer, que como si fuese una testigo, se quedaba en la

