El psiquiátrico

2516 Words
EL PSIQUIÁTRICO Sally cumplió con su amenaza. La Corte Suprema de Justicia me declaró culpable de los tres asesinatos por los que me habían acusado. Mi vida se fue a la mierda antes de que pudiera declarar ser inocente. Me habían tendido una trampa. La noticia no tardó en aparecer en los periódicos nacionales con titulares como: Adolescente llevada a la locura Stephanie Ray Collins se convierte en asesina en serie al dejar un rastro de muertes a su paso. Afirmé ser inocente, pero, quién sabe cómo, el Estado contaba con pruebas irrefutables en mi contra, o eso aseguraban. En mi opinión, se lo habían sacado todo de la manga. Sin embargo, según los funcionarios del Estado que se encargaron de dirigir aquel juicio de brujas, se trataba de un caso fácil. Y yo, siguiendo los consejos de mi abogado de mierda, Bernard Valdez, declaré no impugnar las acusaciones. Valdez me prometió que, si no negaba las acusaciones, el Juez Xavier LaMotte se apiadaría de mí y reduciría mi condena. A pesar de que mi instinto me sugería lo contrario, confié en su palabra y caí directa en las manos del diablo. Por irónico que parezca, la fiscalía afirmó que la suerte estaba de mi parte. Dadas las circunstancias, puesto que había estado viviendo con la enloquecida mujer que había asesinado a mi padre, Janet Dubrow, la psiquiatra del tribunal, determinó que simplemente me había venido abajo y que había cometido un… crimen pasional, por así decirlo. Conforme mi destino caía en las manos implacables de los funcionarios, la fiscalía del Estado me acusó como menor, por el asesinato de Charles Dodson, el exnovio de mi madre. Me resultó inconcebible que el sistema judicial pensara que una niña de diez años pudiera ser capaz de cometer un delito tan atroz como había sido rajarle la garganta a un hombre de oreja a oreja. Charles medía más de un metro noventa y pesaba más de noventa kilos. Me acusaron del delito, a pesar de que hubiera sido prácticamente imposible que una niña, que por aquel entonces pesaba menos de cuarenta y cinco kilos y medía la mitad de su estatura, hubiera podido llevar a cabo un ataque tan efectivo. Aun así, ocho años más tarde, el Estado contaba con pruebas que habían aparecido milagrosamente de la nada. Utilizaron un razonamiento débil y surrealista. No obstante, la fiscalía aseguró contar con pruebas perjudiciales en mi contra. Pero todas sus acusaciones estaban basadas en cuentos de hadas. El titular de las noticias nacionales anunció que la policía había encontrado una bolsa que contenía mi ropa, cubierta de sangre, y un cuchillo con mis huellas dactilares escondida en el armario de Sara. Sin embargo, cuando desempaqué sus cosas, no había encontrado ninguna bolsa. Simplemente, esa bolsa no existía. En ese momento, supe que el juicio justo sobre el que había leído, no se iba a dar en mi caso. Supe que la justicia había salido por patas y que tendría que enfrentarme sola contra el diablo. Cualquier prueba fundamental que demostrara mi inocencia pasó desapercibida delante de sus sucias narices. Mi abogado, Bernard Valdez, la Fiscalía Estatal, Laurent Marcos y la juez LaMotte pasaron por alto que, mientras estaban asesinando a Charles, yo estaba en el colegio, sentada en la primera fila, a plena vista. No obstante, los espectaculares, pilares de la sociedad, miraron hacia otro lado e ignoraron cualquier dato que pudiera haber restituido mi buen nombre. Estaba segura de que varios de los Illuminati, además de Edward Van Dunn, el tío de Aidan, eran los responsables de mi mala suerte. Lo que más me costaba aceptar era que mi madre, Sara, hubiera tomado parte en aquella atrocidad. Sara no había tenido ningún problema en ocultarme miles de secretos, pero pensar que el dinero había sido su motivación, me resultaba increíble. Se me revolvía el estómago con amargura cada vez que consideraba lo fácil que le había resultado a mi propia madre arrojarme a los lobos por un par de monedas. Infortunadamente, su plan diabólico no le había salvado la vida, y había muerto antes de tener la oportunidad de regodearse en su riqueza. Me libré de una condena por los asesinatos de Francis Bonnel y Sara Collins, mi madre, con una defensa por demencia. Aun así, era consciente de que podía haber ido mucho peor, y ese pequeño hecho lograba calmar mis pesadillas, en cierto modo. En cierto modo. El juez federal me condenó a vivir el resto de mis días en el hospital Haven, situado a las afueras de Bayou L'Ourse1, un psiquiátrico para personas violentas y criminales dementes, sin posibilidad de adquirir la libertad condicional. Me convertí en la persona más joven en la historia en ser considerada asesina en serie y la segunda mujer acusada como tal. La primera mujer fue ejecutada en una cámara de gas. Supongo que, aunque pareciera una locura, la suerte sí que estaba de mi parte. Entonces, inesperadamente, aquella nube oscura se disipó, y mi pesadilla cesó, o eso parecía. Durante tres años, el Sistema Judicial Federal me había considerado una amenaza para la sociedad. Habían decidido mantenerme encerrada para siempre, hasta que, en mi vigésimo primer cumpleaños, la Corte de Apelaciones del Quinto Circuito revocó mi condena, me absolvieron de todos los cargos y pusieron en marcha la orden de libertad. Retiraron todos los cargos misteriosamente. Yo sabía mejor que nadie que todo aquello era una estupidez, pero lo aceptaría con tal de salir de este infierno. Me desperté por la mañana con los papeles reposando junto a mi cabeza. Me habían absuelto de todos los cargos. Y, como en efecto dominó, todo comenzó a tener sentido de nuevo. Los fiscales habían presentado una moción para retirar los cargos gracias al testimonio del psiquiatra que decía que yo había mostrado una gran mejora debido al tratamiento. Extrañamente, no podía recordar haber hablado con el buen médico. Luego, por extraño y peculiar que pareciera, la Junta de Indultos y Libertad Condicional de Luisiana revocó los cargos, alegando que yo ya no representaba un peligro, ni para los demás, ni para mí misma. Me pareció increíble cómo, convenientemente, habían tomado esta decisión años más tarde. Estaba más claro que el agua que tanto la Junta como yo sabíamos que todo había sido una farsa. Me habían tendido una trampa. Yo no era más que mera masilla en sus viles manos y no había nada que pudiera haber hecho para detenerlos. Ni siquiera un ángel tenía ese tipo de poder. Si los Illuminati querían ir por ti, te enterraban en lo más profundo de la tierra, donde no hay no vuelta atrás hasta que cambian de parecer. La orden tenía la sartén por el mango. Si te querían muerto, estabas perdido. Jugaban a ser Dios, porque lo eran. Cierto día, bien temprano por la mañana, las puertas del reformatorio se abrieron. Una brisa fresca me alborotó el cabello y atisbé el sol asomándose sobre el horizonte. No había olfateado el aire fresco, ni visto la luz del sol en tres largos años. Inhalé el aire fresco y saboreé el dulce sabor a miel. Los suaves rayos de sol calmaron mi pálido rostro, mientras la libertad acariciaba mis labios secos y agrietados. Entonces, la realidad me golpeó como un tren a mil por hora; no tenía ni idea de a dónde ir. No tenía a nadie a quién llamar. Estaba sola y desamparada. Pero no me importaba porque era libre. Me abrí camino lentamente, un paso tras otro, hacia la puerta de salida. Moverme me resultaba difícil y doloroso. Cada una de las articulaciones de mi cuerpo gritaba en agonía. No recordaba la última vez que había salido a dar un paseo. Durante mi estancia en Haven, no se me había permitido salir de mi celda. Además, teniendo en cuenta la dosis diaria de drogas que me habían administrado, no me había apetecido nada socializar y mucho menos estar sentada o incluso de pie sin ayuda. Sospechaba que el personal médico había querido que permaneciera incapacitada. Seguramente temían no poder retenerme. Al fin y al cabo, me consideraban un peligro para la sociedad y para mí misma. Por lo que me habían tenido encerrada en la oscuridad, olvidada y alejada del resto del mundo. Era como si me estuvieran escondiendo. No me sorprendí cuando empecé a tener alucinaciones, ya que me habían convertido prácticamente en una farmacia andante. Había pasado la mayor parte del tiempo en un estado de confusión. Discernir entre la realidad y el delirio se había vuelto de lo más complicado. El doctor Phil Good se había asegurado de que así fuera. No obstante, no me había resultado difícil vivir así, sin pensamientos, ni deseos, dado que por dentro ya estaba muerta. Incluso me había odiado a mí misma por no tener las agallas suficientes como para dejar de respirar. Aunque había querido estirar la pata, había algo en mi interior que me obligaba a seguir con vida o, al menos, a respirar. Había estado atrapada en ese carrusel demente, un tiovivo de locura del que pensaba que nunca podría bajarme. Y sabía quién había sido el responsable de mi desafortunado destino. No tenían que leerme la mano para saberlo, y tampoco hacía falta ser un genio para averiguarlo. Esto era obra de los Illuminati. ¿Acaso todo había sido una farsa? ¿Sería posible que Aidan, gracias a sus traicioneros encantos, me hubiera hecho creer en una mentira… que yo era un ángel genéticamente modificado? ¿O, sería posible que me lo hubiera imaginado y que, como mi madre, estuviera loca? Me hizo gracia lo absurdo de la situación. Ya no importaba. No. Puede que estuviera loca como mi madre, pero ni un lunático podría haber fabulado tal historia. La triste verdad era que yo era una chica crédula que se había enamorado de un chico que me había gastado una broma de muy mal gusto a mi costa. Había caído directa en su trampa y, por eso, odiaba a Aidan Bane DuPont. Pero me odiaba a mí misma aún más. En cierto modo, mi rabia hacia él me había mantenido con vida. Aunque, en mi caso, respirar no había igualado tener una vida. Conforme avanzaba hacia la salida, divisé una figura esbelta observándome. El resplandor del sol era tan cegador que solo pude distinguir una silueta. No fue hasta que pude enfocar la mirada que mi mente borrosa comenzó a abrirse como pequeñas gotas de agua ante una flor seca y, poco a poco, su rostro se hizo visible. Cuando fijé la mirada sobre la figura alta y de tez oscura que se encontraba de pie junto a la puerta de salida, me paralicé y estuve a punto de caerme de rodillas. Al principio, pensé que mi mente me estaba jugando una mala pasada, pero no, era real. Pensaba que lo había perdido todo… —Niña, ¡cómo me alegro de verte! —Jeffery extendió sus brazos de color caramelo. Me detuve por un segundo, disfrutando de esta visión dulce. —Jeffery, ¿eres tú de verdad? —fue todo lo que fui capaz de decir. —Pues claro que soy yo —sonrió ampliamente. Dejé caer mi pequeña mochila y corrí hasta encontrarme entre los brazos de Jeffery, donde me derretí contra su cálido pecho. Apretó sus brazos alrededor de mis hombros y me estrechó con fuerza. Sentí las lágrimas correr por mis mejillas. —¡No me puedo creer que estés aquí! Pensaba que todo el mundo me había abandonado tras el juicio. Al fin y al cabo, yo era una supuesta asesina en serie y un peligro para la sociedad. —Ay, cari, yo nunca te abandonaría. ¿Cómo estás? —las arrugas que se formaron en la frente de Jeffery reflejaban su preocupación. —Ahora estoy mejor —dije entre lágrimas mientras me secaba las mejillas con el dorso de la mano. —¡Chica, estás esquelética! —Jeffery dio un paso atrás y me miró de arriba abajo. —Digamos que aquí escatiman en comida. —Verte así me rompe el corazón, cari. —Pensé que… —se me quebró la voz—, te habías olvidado de mí —respiré profundamente, protegiendo la poca cordura que me quedaba. —Bonita, Dom y yo hemos estado tratando de ayudarte desde el día en que te metieron en este puto antro. Hasta contratamos al mejor abogado que nos pudimos permitir. —¿De verdad? No tenía ni idea —una oleada de asombro recorrió mi frágil cuerpo. —Fue una pesadilla. A Dom y a mí nos negaron venir a visitarte. De hecho, nos prohibieron la entrada a las instalaciones. —¿Por qué? —pregunté, el asombro reflejándose en mi pálido rostro. —Eso fue algo que intentamos averiguar. Pero nuestro abogado no pudo llegar a ninguna parte con esos granujas. —Me tendieron una trampa, Jeff —dije en un susurro. No quería que el personal del hospital me escuchara—. Yo no he matado a nadie —me lamí los labios secos. Esas palabras no habían acariciado mis labios desde el día en que Aidan y Sally me habían drogado. —Cari, sé que eres inocente. Y, aparentemente, tienes un hada madrina. Alguien ha tenido que mover los hilos para que te absuelvan. —¿Qué? Me dijeron que me liberaban por buen comportamiento. —Ay, chica, tú te lo crees todo. A ningún asesino en serie lo liberan por buen comportamiento. Cari, dime, ¿te han asignado un supervisor de libertad condicional? —Creo que no. —¡Pues claro que no! Porque saben que eres inocente, —Jeffery esbozó una sonrisa de suficiencia. —Supongo que no estoy al día. Tras haber estado inactiva durante tanto tiempo, mi cerebro estaba teniendo dificultades para procesar todo esto. —No te preocupes, tú te vienes a casa con Dom y conmigo —Jeffery me dio una palmadita en la espalda. —Ay, no quiero molestar —sacudí la cabeza en señal de protesta. Aunque no tenía un hogar al que volver, cargar a mis amigos con mis problemas era una responsabilidad que no podía aceptar. Si los Illuminati tenían poder suficiente como para encarcelarme por crímenes que no había cometido, quién sabe si irían por una segunda ronda. Lo que significaba que cualquier persona con la que me relacionara también podría convertirse en un objetivo. No podía dejar que algo así le sucediera a Jeffery y a Dom. —Cari, ya te he dicho que tú eres de la familia. Arrugué la nariz. —Jeff, puede que eso no sea una buena idea —di un paso hacia atrás, negando con la cabeza—. El diablo me sigue, vaya donde vaya. Jeff puso los ojos en blanco. —No seas tonta y cierra el pico. Tú te vienes a vivir con Dom y conmigo —Jeffery colocó los brazos en jarras con esa actitud de diva que solo él podía conseguir—. Yo nunca digo nada que no quiera decir. Así que, venga. Tu casa es nuestra casa. No, en serio. No es broma. Es tu casa. La has pagado tú. —¿Qué? —¿Te acuerdas de la llave que me diste? Me quedé mirándolo con cara de tonta. —En fin, cari, ¡que eres rica! Billonaria multiplicado por un billón. El señor Aidan se aseguró de que pudieras apoderarte del mundo. —Espera… ¿Tengo dinero? —mis palabras sonaron como un eco. —Ajá, ¡y eso es quedarse corto! Ahora, venga. Nos vamos a casa que tengo hambre y la cena se estará enfriando. —A casa… ¿Dónde vivimos? —traté de abrirme paso a través de las telarañas que envolvían mi cerebro. —¡En Nueva Orleans! ¿Dónde si no? Jeffery cogió mi mochila mientras yo me colgaba de su brazo.
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