El taller se apaga alrededor. El ruido se vuelve lejano, como si estuviera bajo el agua. El mundo se reduce a esa voz y a la alarma que resuena en mi interior. —¿Qué quieres? —pregunto, mi voz baja, casi un susurro, intentando no alertar a nadie. —Ofrecerte algo —responde—. Dinero extra. Una solución. Cierro los ojos un segundo, sintiendo el peso de la tentación y el terror. —No me interesa. —Claro que sí —dice, riéndose, una risa seca, sin alegría, como si mi negativa fuera una broma—. Lo necesitas. Silencio. Un silencio cargado de implicaciones. —No es nada grande —continúa, su tono volviéndose más grave, más directo—. Algo mínimo. Algo que no te costará mucho. Solo… un favor. Me da una dirección. A seis cuadras del taller. Un sedán gris oscuro, discreto, interior de piel. No gri

